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Concordia » Lanotadigital
Fecha: 07/03/2026 01:04
El fútbol no es solamente un deporte: es un dispositivo de representación política y cultural. En América Latina, la cancha funciona como espacio de condensación simbólica donde se cruzan nación, mercado y memoria. Los ídolos deportivos no circulan únicamente como atletas, sino como figuras públicas que traducen conflictos históricos en imágenes globales. En sus trayectorias se inscriben narrativas sobre poder, reconocimiento y pertenencia. Cada generación proyecta en ellos expectativas distintas. El resultado no es neutro: el fútbol organiza imaginarios colectivos y produce sentidos que exceden ampliamente el marcador final. Maradona encarnó la figura del desborde. Su estilo, su narrativa pública y su biografía lo colocaron en el centro de una tensión permanente con el orden establecido. Fue símbolo popular, referente identitario, emblema de rebeldía. Pero también fue parte del espectáculo global, amplificado por los medios, integrado en la economía de la celebridad. La contradicción fue constitutiva: ruptura y mercado al mismo tiempo. En su caso, el genio no se separó del sistema, sino que lo interpeló desde dentro, introduciendo fisuras en la lógica previsible del juego y del mundo. Messi representa otra modalidad histórica. No menos extraordinaria, pero diferente en su relación con el orden global del fútbol. Su trayectoria se define por la constancia, la acumulación de títulos y la excelencia sostenida. Es el más ganador. Su figura encarna la eficacia dentro del sistema contemporáneo, donde el deporte está profundamente articulado con marcas, circuitos financieros y plataformas mediáticas. Sin embargo, su imagen no es unívoca. Escenas públicas vinculadas a la memoria y a los derechos humanos muestran que incluso el ícono global puede ser leído como puente simbólico hacia otras narrativas colectivas. La hipótesis puede formularse con claridad progresiva. Un genio no solo gana: transforma. Cambia las reglas mientras juega. Introduce una variación en la estructura del campo. Desplaza límites. En esa operación, el juego deja de ser mera repetición y se vuelve invención. Maradona fue leído como esa figura de ruptura, capaz de alterar la gramática del espectáculo y de convertir el partido en acontecimiento político. Messi, en cambio, simboliza la perfección dentro del marco existente, la optimización del rendimiento en un ecosistema global altamente profesionalizado. Leídas en clave geopolítica, ambas trayectorias revelan modos distintos de relación con el orden mundial contemporáneo. El fútbol funciona como escenario donde se expresan tensiones entre mercado, Estado y espectáculo. De la épica del desborde a la eficiencia del éxito acumulado, se dibujan formas contrastantes de inscripción simbólica. No se trata de oponer moralmente a los protagonistas, sino de comprender sus funciones históricas. Uno desordena; el otro consolida. En esa diferencia se juega una lectura del presente. Messi no es un genio, es el mejor: el más ganador. Maradona, como todo genio, vino a romper esquemas. J. Noriega foto. UNO
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