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  • Una mirada desde la alcantarilla. Todo lo que atestiguan los árboles

    Parana » Ahora

    Fecha: 06/03/2026 12:43

    Solíamos llenar las siestas de cosas, las manos en la mesa, los papeles extendidos como alas en el centro. Tomábamos las tijeras de acero, brillantes con las que mamá descosía ruedos y prolongaba el uso de pantalones. Nunca supe más que enhebrar agujas y que ver caer muerta la hebra entre sus labios como si un pájaro despuntara el cantero de lombrices. Las manos de mamá buscaban el botón correcto para la hendidura en la lengua del puño, escarbaba con sus uñas entre alfileres con perlas de colores. Observé su devoción por arreglarlo todo pero no heredé el don. Mamá cosía las rodillas rotas, emparchaba los agujeros de los puños. Vuelve todos los días el zigzag de su mano, sus talones abiertos como bocas de sapos que bailaban con la Singer en movimiento. Las máquinas que mi madre usaba transformaban las cosas. Una hoja en blanco por su Olivetti salía llena de signos. Un trozo de pulpa por la trituradora que prendía la mesa y mordía el borde salía convertida en viruta roja de carne fresca. Eso después serían pequeñas albóndigas parejas repartidas en nuestros platos. Un nido de tallarines como un puño con sus huevos. Los trapos viejos tenían chances: serían repasadores, lustradores para el piso encerado, les diríamos patines y nos moveríamos por la casa como en una pista hecha de hielo hirviendo. Mi casa con su sonido compacto de vajilla contra la madera, de puerta implosionando lento. El bostezo de un cocodrilo detrás de los muros que separaban las habitaciones. La risa inagotable de mi hermana y el canto nuevo del jilguero. Mi casa con el rebote de la pared. La llama azul del calefón Orbis y la temperatura de los días como una huella para el ojo de Dios. La casa. Su salida al patio desde el lavadero directa hacia los árboles. Otra vez las manos de mamá contra la tierra. Así, hija, se quita la maleza, desde la raíz. La tierra muerta alimentada a restos de cáscaras blancas y rulos naranjas, una lluvia de yerba cubierta de moho entre los ladrillos. El suspiro de los grumos deshaciéndose en su palma. El ahogo auxiliado de las piedras que florecían contra la superficie. Mamá milagrosa, pescaba escombros con la planta del pie. La hilera de ropa limpia. Todas las camisetas blancas de mis hermanos como esas figuras de papel que recortaba con sus tijeras de costura. Ahora quietas, un presente suspendido de imágenes con olor a jabón de pan. Blancas. Detrás mi madre con su espalda breve. Los baldes a sus tobillos como antes nosotros, picando el pasto a su paso. Pollitos persiguiendo a la gallina. El cacareo de sus cuidados. Mi madre. Todas las cosas que transformó en palabras. El mundo inagotable que observaron los árboles.

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