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Parana » Analisis Litoral
Fecha: 06/03/2026 12:38
La presencia del dirigente piquetero Luis DElía en la embajada de la Irán para rendir homenaje al líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, generó indignación y repudio en distintos sectores de la sociedad argentina. El episodio no es menor. Ocurre en un país que todavía reclama justicia por los atentados terroristas contra la AMIA en 1994 que dejó 85 muertos y contra la Embajada de Israel en Argentina en 1992, ataques que la Justicia argentina atribuyó a la estructura operativa de Hezbollah con respaldo del régimen iraní. En ese contexto, la escena de un dirigente político argentino rindiendo homenaje a la máxima autoridad de ese régimen resulta, para muchos, una provocación inaceptable y una afrenta directa a la memoria de las víctimas del terrorismo internacional. La sombra de Nisman El gesto también vuelve a poner sobre la mesa uno de los capítulos más oscuros de la política argentina: la muerte del fiscal Alberto Nisman, quien investigaba el atentado a la AMIA y había denunciado un presunto encubrimiento político del rol de Irán en el ataque. La denuncia de Nisman presentada días antes de aparecer muerto en enero de 2015 apuntaba a un entramado de decisiones políticas y diplomáticas que, según el fiscal, buscaban favorecer los intereses de Teherán en Argentina. A más de una década de su muerte, el caso sigue siendo un símbolo de las deudas institucionales del país en materia de verdad y justicia. Un llamado de atención al Estado argentino Más allá de la polémica política, el episodio plantea una cuestión de fondo: ¿puede un dirigente argentino rendir homenaje a la máxima autoridad de un régimen señalado por la Justicia nacional como responsable intelectual del mayor atentado terrorista ocurrido en el país? Para muchos sectores, el hecho amerita al menos un llamado de atención institucional por parte del gobierno nacional y de la Cancillería. No se trata de censurar opiniones, sino de dejar en claro que la Argentina mantiene una posición firme frente al terrorismo internacional y en defensa de la memoria de las víctimas. En un país donde todavía se exige justicia por la AMIA y por la muerte de Nisman, gestos de este tipo no deberían pasar inadvertidos. Más que una provocación aislada, representan una señal política que interpela directamente a las instituciones del Estado argentino.
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