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  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario, parte 3

    » Clarin

    Fecha: 06/03/2026 09:41

    El caso de la figurita falsificada Resumen del episodio anterior: No hay alumnos ni maestros sospechosos de falsificar la figurita difícil, el cuate Verdú, el cuatro de Sportivo Sucursales. Ragú y sus allegados deciden buscar la fuente de la figurita difícil en general. El hogar argentino atravesaba un momento crítico. Los niños regresaban del colegio desganados, merendaban inapetentes, se desconcentraban en la tarea, cambiaban de canal sin detenerse en alguna serie en particular. Una tierra de paz y promisión naufragaba en la inanidad por la súbita interrupción del juego e intercambio de figuritas. El aburrimiento y la desazón no sólo copaban los patios en recreo. También las aulas, las salas de profesores y la dirección. Los padres se marchaban por la mañana preocupados a la oficina y las amas de casa no reparaban con la suficiente atención en las milanesas del mediodía. Franco María Massari debió entregarle a Ragú Taburete, a Tomás el telépata y a Lin Pía, su carta más preciada: El Alto Comisionado para la Figurita Difícil. Este comité determinaba desde tiempos inmemoriales cuál sería la figurita difícil de cada año y colección. El mismo Alto Comisionado, con sus mismos integrantes, sentenciaba en las de brillantina, Campanita, Los autos locos o las clásicas de fútbol. El Alto Comisionado se conformaba con dos ancianos hermanos griegos, llegados al país en 1930. Hablaban el español con acento y murmuraban incomprensiblemente en la jerga de Platón. Antonio Clavele, jurisconsulto de temas caseros, volátiles o de playa. La que se conocía como La Niña Secreta, en edad escolar, cerraba el cónclave. Se reunían una vez por año, a comienzos de marzo, horas previas al arranque del ciclo lectivo. Las imprentas de las marcas de figuritas aguardaban la orden con las fauces de sus máquinas expectantes. Permitieron el acceso de Ragú Taburete, un mediodía, al Salón de Mando del Alto Comisionado para la Figurita Difícil, en la casilla del calesitero de Villa del Parque. Lo que por fuera parecía un cuchitril, al ingresar el Alto Comisionado adquiría las comodidades de un hotel de conferencias internacionales. El señor de la sortija cobraba un estipendio por ceder la casucha, sin enterarse del usufructo específico. Faltaba la Niña Secreta. Estaba en el colegio, como correspondía. Recordemos que Ragú se ausentaba con causa gracias al ardid de exhibir piojos en su cabello en la enfermería escolar, a los que luego ultimó con la loción china proporcionada por Lin Pía, la hija del dueño del cotillón Hong Kong. -La figurita difícil no es una decisión exclusivamente meditada -comenzó Sócrates, uno de los dos hermanos Kiosko, entre farfullando y reflexionando-. -También incluye la razón, claro -lo secundó Platón Kiosko-. Pero hay algo de azar, de casualidad adrede. Ragú Taburete, rapado y callado, tomaba nota. -Lo que quieren decir -acotó Antonio Clavele, jurisconsulto de temas menores-. Es que procuramos que haya cierta imprecisión en la decisión de la figurita difícil. Aunque no lo dejamos sólo al voleo. Debe ser un personaje memorable, pero no exageradamente significativo. La figurita difícil no podría ser el crack del momento, ni el protagonista de la película, ni la más bonita ni el más gracioso. Pero algo en su rostro, en su actuar, en su apellido, debe encontrar imperceptiblemente un lugar preferente en la memoria del alumnado. -¿No será que lo recordamos por ser la figurita más difícil? -Esa conclusión -replicó Platón Kiosko-, mi estimado joven, es una presunción que nos subestima. Los presentes, y la niña ausente, porfiamos en elegir el exacto intermedio entre el olvido y la eternidad. -Más no se puede aclarar -cerró el cónclave Antonio Clavele-. Pero Platón Kiosko se permitió un epílogo cuando ya se habían puesto de pie: -Le hemos revelado un secreto mitológico. La única recompensa a la que aspiramos es que usted reponga el orden del universo: que vuelva a haber una figurita difícil en la civilización occidental. De eso depende. Ragú Taburete abandonó la nuevamente pequeña estructura de cemento y chapa con el ánimo percudido. Le habían descargado sobre sus hombros infantiles una responsabilidad pesada como una bolsa de cal. El calesitero regresó a tomar mate, ocioso en su puesto: en pleno turno escolar el piberío no asistía. El caballo, el auto de Pierre Nodoyuna, el cisne y la marsopa, del extraño material de la fauna de la calesita, inmóviles, cobraban un aire ominoso. Repentinamente pensó si acaso al convertirse en figurita difícil el personaje que fuera no sentiría el impacto en su ser. Quería consultar el caso inmediatamente con sus allegados, Tomás y Lin Pía. No hizo falta que asistiera corriendo a la salida del colegio, para cuyas faltas contaba con licencia médica. Le envió un mensaje telepático a Tomás, que en ese mismo instante conferenciaba con Lin Pía. -Dice Lin que es ella la Niña Secreta del Alto Comisionado -reveló Tomás-. No puede mantener el anonimato cuando el cotillón de su padre está al punto de la quiebra por la falta de venta de figuritas y la carencia de alegría en general, que pone en riesgo mortal el dispendio de papel picado, de espuma y de chascos, entre otros enseres de la jarana. (Continuará) Sobre la firma Newsletter Clarín

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