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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 06/03/2026 08:29
En una imagen capturada por una cámara sumergida a 500 metros de profundidad, científicos documentaron la presencia de un tiburón dormilón en aguas antárticas, un lugar donde hasta hace poco se creía poco habitual hallar a estos grandes depredadores. La escena se desarrolló cerca de las islas Shetland del Sur, en un entorno donde las temperaturas del agua apenas superan el punto de congelación. El equipo del Centro de Investigación Oceánica Profunda Minderoo-UWA detectó a este tiburón gracias a una cámara instalada para monitorear la biodiversidad marina. Alan Jamieson, profesor de la Universidad de Australia Occidental y director del centro, recordó el asombro del grupo: Todos nos quedamos perplejos, pensando: No creo que haya tiburones en la Antártida, explicó a National Geographic. Hasta ese momento, los registros de tiburones en la región se limitaban a aguas del Ártico y el Pacífico Norte, pero nunca tan al sur. El ejemplar, de entre dos y tres metros de longitud, pertenece al grupo de los tiburones dormilones, conocidos por su metabolismo extremadamente lento y su capacidad para vivir en ambientes hostiles. Supervivencia al límite: los secretos bioquímicos del tiburón dormilón La capacidad de los tiburones dormilones para soportar condiciones extremas se debe a una serie de adaptaciones únicas. Estos animales crecen menos de un centímetro al año y rara vez superan los cuatro kilómetros por hora de velocidad. Su bajo consumo energético les permite sobrevivir en entornos fríos y con escasez de alimento. Ese metabolismo reducido tiene ventajas claras. Al consumir muy poca energía, estos tiburones pueden sobrevivir en entornos donde el alimento es escaso y las temperaturas son extremadamente bajas. La ciencia ha descubierto que sus tejidos contienen altas concentraciones de urea y N-óxido de trimetilamina (TMAO). La urea ayuda a mantener el equilibrio osmótico con el agua marina, aunque puede desestabilizar las proteínas del organismo. En ese punto, el TMAO actúa como estabilizador y permite que las proteínas funcionen a temperaturas cercanas al punto de congelación. Aunque todos los tiburones tienen TMAO en su organismo, los tiburones dormilones tienen mucho más que la mayoría, explicó el investigador Dave Ebert. Longevidad y adaptación: una vida de siglos bajo el hielo Otro aspecto sorprendente es la longevidad de estos animales. Estudios genéticos recientes han identificado duplicaciones en genes relacionados con la reparación del ADN y la protección contra el estrés oxidativo, un mecanismo que podría explicar por qué algunos tiburones de Groenlandia parientes del ejemplar hallado viven más de 400 años. Como la mayoría de los tiburones dormilones, este individuo puede haber estado vivo durante la era de Bellingshausen y James Clark Ross en el siglo XIX. La cámara que permitió el hallazgo operaba en una zona donde una corriente de agua relativamente cálida fluye sobre el fondo marino. En este canal, la temperatura llegó a 1,27, lo que podría haber facilitado la presencia del tiburón en aguas tan australes. ¿Un caso aislado o la punta del iceberg? El responsable de la investigación, Alan Jamieson, no oculta su incertidumbre: Hay diferentes tipos de rareza en el mundo, y este tipo es absolutamente astronómico, expresó. El propio Jamieson confesó que, en 25 años de carrera, solo había visto cuatro tiburones dormilones y nunca en la Antártida. El hallazgo plantea interrogantes sobre la presencia de una posible población estable en el área. Lo difícil es saber cuántos tiburones viven en aguas antárticas, señaló Jamieson. Los científicos creen que la cámara pudo captar al tiburón porque se encontraba en una zona de agua ligeramente más cálida, lo que sugiere la existencia de corredores que permiten a estos animales explorar regiones más australes. De momento, no existen datos suficientes para determinar si se trata de una aparición aislada o del indicio de una comunidad poco conocida. Como concluyó el propio Jamieson: El descubrimiento de un tiburón dormilón en aguas antárticas sugiere que realmente no hay ningún lugar en el océano donde los tiburones no puedan sobrevivir.
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