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  • La segunda mejor fachada. La mansión porteña que perteneció a la familia Anchorena, fue rescatada del olvido y recuperó su esplendor

    » La Nacion

    Fecha: 06/03/2026 07:41

    La Mansión Mihura, una joya porteña de principios de siglo XX, fue comprada y recuperada por Recoleta Grand Hotel - 6 minutos de lectura' Árboles, plazas y tránsito se mezclan en la avenida Las Heras. La caracteriza también una combinación de arquitectura señorial, edificios históricos y construcciones más recientes. Entre Callao y Rodríguez Peña, rodeada hoy por torres y construcciones altas, pasa casi desapercibida una de las fachadas más lindas de principios del XX. Una placa junto a la puerta un portal de doble hoja de madera y, en el frontis triangular, la figura de Ceres, diosa romana de la agricultura recuerda que, de hecho, la propiedad recibió en 1922 el segundo premio a la mejor fachada de Buenos Aires. El primero se habría declarado desierto... La casa es conocida como Mansión Mihura. Fue diseñada por el destacado arquitecto e ingeniero civil Eduardo Lanús, quien también participó como director en otros proyectos, como el Palacio Errázuriz actual Museo Nacional de Arte Decorativo y el Palacio Bosch, que linda con el Ecoparque, ambos diseñados por el francés René Sergent. La construcción fue encargada por Francisco Mihura, hermano de Emilio Mihura, quien se desempeñó como ministro de Agricultura y Ganadería durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear. La obra se completó hacia 1922, en un período en el que sectores de la elite porteña impulsaban residencias urbanas inspiradas en modelos europeos. El edificio incorporaba elementos poco frecuentes para una vivienda particular de la época. Según registros actuales de quienes trabajaron en su restauración, contaba con ascensor, escaleras de mármol y una variedad de materiales de alta calidad. Los registros disponibles sobre la vida cotidiana de la familia en la casa son escasos y, hasta ahora, no se conocen demasiados detalles de ese período inicial. El paso de los Anchorena Sí se sabe que, hacia la década de 1940, tras la muerte de Francisco Mihura, la propiedad fue vendida. La mansión pasó entonces a manos de integrantes de la familia Anchorena, una de las más tradicionales de Buenos Aires. Existen distintas versiones sobre quién de ese grupo familiar la habitó. Algunas referencias la vinculan con Florinda Chita Fernández de Anchorena, quien se convirtió en condesa tras casarse con el aristócrata francés George Gustave Boniface de Castellane Gould. Sin embargo, no hay datos que confirmen que haya residido en esta casa. De hecho, la familia de Chita había viajado a Europa cuando ella era muy chica, con la intención de quedarse una temporada en París mientras construían la casa sobre la avenida Alvear, hoy sede de la Nunciatura Apostólica. La encargaron a la distancia, desde su residencia temporal en París. Compraron los muebles y los adornos allá. Tenían la intención de volver, pero el viaje se fue retrasando por distintos eventos, así que finalmente decidieron quedarse en Francia. Sus hijos, entre los que se cuenta Florinda, habrían vuelto al país en distintas circunstancias, pero siempre brevemente. No dormían ni en el que hoy se conoce como palacio Fernández Anchorena, ni en la mansión Mihura, sino en el hotel Plaza. Según contaron a este medio descendientes de la familia Anchorena, esa luego propiedad perteneció a otra rama, los Molina Anchorena. Según esos testimonios, en los últimos años la vivienda estuvo habitada por tías de esa familia. Tras su fallecimiento, se puso en venta. Deterioro y venta Con el paso de los años, la casa fue perdiendo mantenimiento. Algunas partes de la estructura comenzaron a deteriorarse y varios ambientes quedaron cerrados durante largos períodos. Vivía alguien de la familia con movilidad reducida, en una habitación muy separada del resto de la casa, porque el resto estaba muy deteriorado, cuenta Mauricio Secco, actual gerente general del complejo hotelero que hoy ocupa el lugar. Una de las paredes principales tenía una grieta que se veía del otro lado. Ese grupo hotelero es el Recoleta Grand, que compró el inmueble, lo remodeló y lo anexó al edificio ya existente, justo al lado de la antigua mansión Mihura. De hecho, como puede verse en fotos, antes de los arreglos la fachada se descascaraba y estaba sucia, las ventanas, cerradas, el polvo y la humedad se acumulaban. Había perdido completamente el esplendor de aquella época. Restauración, literatura y fantasmas La restauración implicó un trabajo amplio, tanto en el interior como en el exterior del edificio. El objetivo fue recuperar la mayor cantidad posible de elementos originales y adaptar la casa a nuevos usos. La obra requería rescatar el espíritu de la casa y mantener, en lo posible, su esencia de aquella. Recoleta Grand encargó la obra al mismo equipo que trabajó en la Confitería del Molino. Como la propiedad cuenta con protección patrimonial grado cuatro, debieron cumplir ciertas pautas de conservación. Todo lo que se pudo recuperar se recuperó, explica Secco. Los listones de pinotea, por ejemplo, se retiraron, se numeraron y luego se volvieron a colocar en el mismo lugar. Durante los trabajos se encontraron algunos espacios prácticamente intactos, como la biblioteca de los antiguos propietarios. Los libros fueron donados posteriormente a distintas instituciones. En el primer piso se crearon nuevos salones que hoy funcionan como bares. Sus nombres El club de la serpiente, La Maga y Rayuela remiten a la obra de Julio Cortázar. Según una versión que circula entre quienes participaron de la remodelación, durante la limpieza de la casa habría aparecido un cuaderno con anotaciones atribuidas al escritor. No existen documentos ni registros que lo confirmen. También circularon otras historias. Una de ellas sostiene que, cada vez que movían un retrato de Francisco Mihura encontrado en la casa, algo pasaba: fallas eléctricas y problemas técnicos. Por las dudas, decidieron dejar el cuadro en un lugar fijo dentro de la propiedad. Son anécdotas transmitidas entre quienes trabajaron en estos espacios, que aseguran que hoy seguiría en la mansión, escondido en algún sitio, y que Mihura debe estar feliz, porque no hubo más desperfectos. Hay mucho de la casa que se mantiene igual y mucho que no. Lo que se recuperó se tuvo que reamar como un lego. Algunos pisos de roble original, la boiserie de los salones, rejas que se imitaron para mantener el estilo. Debajo de alfombras de la escalera, desgastadas, el mármol intacto que prefirieron dejar al descubierto. Molduras de yeso en los techos, algunas impolutas, otras, destrozadas. Hicieron un molde con el que copiaron a la perfección esos diseños. Donde antes había un jardín interior, por ejemplo, venido a menos como toda la mansión, se construyó un patio cubierto con ventanales altos, piso damero y mesas. Allí funciona el restaurante Atrium. Así, entre restauraciones y adaptaciones, la casona mantiene parte de su estructura y de su estilo original, mientras se integra a la vida actual del barrio. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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