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» Clarin
Fecha: 06/03/2026 07:36
Voy a confesar algo que puede ganarme el desprecio e incomprensión de toda mi generación: no miro series. En cualquier charla de adultos, con una copa en la mano, llega un momento en el que sale el tema: ¿Ya vieron la última temporada de los adolescentes que pelean contra zombies en un laboratorio de anfetaminas?. Ahí yo me callo, me hago discretamente a un lado, y trato de pasar desapercibida para que no me descubran. Pero tarde o temprano algún alma bienintencionada intenta incluirme y termino por admitir que no sólo no vi la última temporada, sino ninguna de las anteriores. Me perdí cuando los infectados propagaron el virus, cuando los dragones atacaron a la reina, cuando el narco se compró su primer avión Me perdí todo. Lo que pasa es que no tengo tiempo, trato de explicarles. Pero mi excusa suena poco creíble en esta sociedad acelerada, donde todo el mundo tiene tres laburos, duerme menos de seis horas y aún así no se privan de un solo estreno de Netflix. Entonces, ¿cómo córcholis funciona el tiempo, que a veces se estira como mozzarella derretida y otras se escurre como agua por la rejilla? Si buscamos definiciones, el tiempo es una magnitud física que permite medir la duración de los acontecimientos. Para Einstein era una dimensión de las cosas tan real como alto, ancho o espesor. Si tratamos de aplicarlo a nuestra vida, el tiempo, al fin y al cabo, es lo único que tenemos, nuestra verdadera y única moneda de cambio, aquello que más protegemos y al mismo tiempo más desperdiciamos. Entenderlo a fondo y vivirlo plenamente se le dejo a los monjes tibetanos, pero hacerlo rendir es un arte que todo laburante promedio debe manejar con exquisita pericia. Si un tercio del día -mínimo- es para el trabajo y otro tercio -máximo- es para el sueño, nos queda un tercio más para dedicar a aquello que de verdad queremos: el ocio, los hobbies, los afectos, ¿A alguien le alcanza? Yo trabajo turno tarde y tengo las mañanas libres. Pero por algún motivo, nunca tengo una mañana completa. O tengo cita con el dentista, o una montaña de trastos para lavar, o un plomero que me clava tres horas, o un descuento en el super que me obliga a hacer las compras de toda la semana hoy. Cuando quiero darme cuenta, ya se me hizo tarde y no hice eso que quería hacer cuando tuviera tiempo. No llamé a esa compañera de la primaria a la que no veo hace años, no hice la clasificación profunda de ropa que ya no uso para regalar, no preparé y congelé comida para todo el mes, y por supuesto que no me senté a ver una serie. De vuelta en esa charla, con una copa en la mano, cuando mis amigos están hablando de lo que pasó en la cacería de vampiros, trato de explicar lo que me pasa, pero nadie me cree. Otra chica de mi edad cuenta que se clavó las doce temporadas, trabaja, estudia y tiene tres hijos. No sé cuál será su secreto para estirar el tiempo, pero la vida de estos maratoneros seriales ¡merece su propia serie! Sobre la firma Newsletter Clarín
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