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» La Nacion
Fecha: 04/03/2026 16:34
La dinastía persa que lideró el país hasta 1979 intentó occidentalizar la región y dar más libertades a la sociedad, pero el pueblo empobrecido y el despilfarro de sus gobernantes impactaron directamente en las protestas que terminaron con el gobierno - 12 minutos de lectura' Hace 47 años caía en Irán un régimen monárquico ambivalente. Por un lado, había impulsado la occidentalización del país: buscaba modernizarse a partir de la ampliación de derechos y libertades. Por el otro, en el contexto de esa política más alejada del ideal musulmán, no escondía la fastuosidad del sistema, su extrema riqueza. Mientras la economía se iba a pique, y el pueblo lo sentía, la dinastía al mando mostraba el despilfarro, organizaba eventos suntuosos. El último sha, Mohammad Reza Pahlaví dejó al descubierto el abismo que separaba al poder de los ciudadanos. Destinó su fortuna a los lujos: oro, piedras preciosas, propiedades alrededor del mundo. Fiestas, regalos opulentos, todo mientras los iraníes sufrían los estragos de una inflación que, sobre todo en la década del 70, se aceleraba. El régimen, que gobernó durante casi 40 años, empezó a tambalear. La llegada del último sha Mohammad Reza Pahlaví llegó al poder en 1941, tras la abdicación forzada de su padre, Reza Shah, un militar prácticamente analfabeto, como coinciden historiadores, que en 1921 organizó un golpe de Estado contra el monarca Ahmad Shah. Contaba con el apoyo británico, que buscaba acercarse a la región por sus materias primas, especialmente, el petróleo. Con la llegada de Reza Shah se inauguraba la dinastía Pahlaví. Pero el apoyo que recibía de Gran Bretaña empezó a flaquear cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, el sha expresó su simpatía por Hitler. El Reino Unido y la Unión Soviética lo presionaron para que dejara el poder: el gobernante estaba considerando romper la neutralidad y unirse al Eje junto al dictador. Winston Churchill, primer ministro británico de aquel momento, le habría dicho a Franklin Roosevelt en la Conferencia de Teherán, en 1943: Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos, según cita el Hampton Institute. Entonces, el poder pasó a manos de su hijo. Era 1941. Reza Pahlaví tenía solo 22. Había mucho en juego: la guerra seguía, él era muy joven y no contaba con apoyo político en Irán. Además, aunque los británicos lo aceptaron como sucesor, también lo consideraban una figura débil. Por eso, él mismo se comprometió a reinar como monarca constitucional y no como soberano absoluto. No hubo una coronación propiamente dicha. El evento se postergó 26 años. Y cuando finalmente se concretó, resultó una de las celebraciones más fastuosas en la historia del país. Pero el derroche no sorprendió a nadie: antes de todo, de su coronación y de su llegada al poder, lo mismo había pasado con sus tres casamientos. Especialmente el tercero, con Farah Diba, una estudiante de arquitectura casi 20 años menor que él. Diamantes e hilos de plata El 21 de diciembre de 1959, en el Salón de los Espejos del Palacio Golestán de Teherán, se casaron el último sha de Persia y Farah Diba, en una ceremonia que circuló en las principales portadas del mundo. La joven princesa lució un impresionante vestido de Yves Saint Laurent [diseñado para Dior] con la tiara de diamantes Noor-ol-Ain. Aquel enlace convirtió a Farah Diba en objeto de gran curiosidad más allá de las fronteras de su nación, recibiendo la atención de la prensa mundial y pasando a ser conocida como la reina joven de Irán, rememora El Confidencial. Los detalles de ese vestido no pasaron desapercibidos: bordados con hilo de plata, hilo azul en la cola que, según contó la misma Farah Diba más tarde, pretendía que la ayudara a concebir un hijo varón que heredara el trono: Yo sabía que las costureras habían cosido en azul uno de los dobladillos para que las hadas buenas dieran por fin al rey aquel hijo varón que esperaba, contó en su libro Memorias. La tiara Noor-ol-Ain, que se traduce literalmente a Ojo de Luz, es una de las joyas iraníes más famosas: el segundo diamante rosado más grande del mundo, con un peso de 60 quilates. Lo rodeaban otras 324 piedras preciosas o, dicho de otra forma, dos kilos de diamantes de diferentes colores. Esta etapa, y hasta el final de la dinastía, fue quizás la de mayor opulencia. La Corte recibía a mandatarios de todo el mundo, usaban vajillas de oro y ofrecían los regalos más suntuosos. Farah aprovechaba para lucir trajes de firmas francesas, en general de seda o tafetán. Afuera de los salones, mientras tanto, se iba gestando la revolución de los ayatollahs, que contaba con el apoyo de gran parte del pueblo. Hubo varias razones, entre ellas, que la mayoría no tenía acceso a las bondades económicas del petróleo, y los capitales volaban a los bancos suizos. A la vez, renegaban de un gobierno pro occidental, aliado a los Estados Unidos. A la par, se expresaban cada vez más contra la creciente corrupción de los poderosos. Una coronación de lujo La propaganda iraní trataba de mostrar al gobernante como una persona austera y dedicada a la religión: decían que se levantaba al alba para meditar antes del desayuno que, a veces, remarcaban, era su única comida en todo el día. Pero la realidad de Mohammad Reza Pahlaví distaba mucho de ese retrato de sobriedad. Desde que llegó al poder, el sha hizo todo lo posible por mostrar el esplendor del imperio Persa, se rodeó de lujos y se exhibió con ellos en actos como su ceremonia de coronación imperial en 1967 o la fiesta que dio en las ruinas de Persépolis de 1971 para celebrar los 2500 años de la monarquía persa. El dinero empezó a ingresar al país a raudales sobre todo a partir de 1963, cuando se impulsaron las primeras reformas, conocidas como Revolución Blanca, que se extenderían hasta el final del reinado, un conjunto de políticas que buscaban convertir a Irán en un país desarrollado en infraestructura, industria y armamento. Nacionalización del petróleo, redistribución de tierras y voto femenino fueron tres de sus pilares. Puntos que, por otro lado, lo enfrentarían a los sectores más tradicionales y de valores islámicos. Además, el gobierno no logró reemplazar en el campo a la figura del terrateniente: la explotación agrícola empezó a caer y los trabajadores rurales, a migrar hacia las ciudades. Los sectores de la clase media se beneficiaban en las ciudades, pero en las zonas no urbanas continuaba la pobreza y la postergación. En medio de ese contexto, justo en 1967, Reza se proclamó sha an sha, rey de reyes, es decir, emperador. Su esposa, emperatriz. El evento mostró, una vez más, el contraste entre ricos y pobres. Se organizó en el Palacio de Golestán, en Teherán, el mismo complejo donde se habían celebrado coronaciones de dinastías persas desde el siglo XIX. El Salón del Trono fue preparado con un despliegue de alfombras imperiales, uniformes bordados en oro y joyas históricas de la corona iraní. Ella lució una corona con 1449 diamantes, 36 esmeraldas, 36 rubíes y 105 perlas. Él, uniforme militar de gala y la Corona Pahlaví, una pieza creada en 1926 con más de 3000 piedras preciosas. Cumplió su papel: besó el Corán, elevó la corona y se la colocó él mismo sobre la cabeza. Después fue el turno de su esposa. Pero la mayor muestra de despilfarro y suntuosidad llegaría pocos años después. El festival del diablo Entre el 12 y el 16 de octubre de 1971, la familia real iraní organizó la celebración por los 2500 años del nacimiento del Imperio Persa. Fue el festival del diablo, según el ayatolá Jomeini, quien lideraba, desde el exilio, la oposición. El Mundo recuerda: Mientras gran parte del pueblo pasaba hambre, el Sha puso de manifiesto su omnipotente poder cuando [...] tiró la casa por la ventana para celebrar los 2500 años de la fundación de Persépolis, la antigua capital del imperio persa. Maxims, el mejor restaurante del mundo en aquella época, cerró su sede de París durante dos semanas para servir a un único cliente, Muhammad Reza Pahlavi, el Sha de Persia, rey de Reyes, Luz de los Arios y Sombra del Todopoderoso. El Libro Guinness de los Records aún cataloga la cena de gala del 14 de octubre como la más larga y cara de la historia moderna, con cinco horas de duración y una inversión que, según los expertos, osciló entre los 90 y los 180 millones de euros. Para esto, levantaron una ciudad de jaimas [tiendas de campañas tradicionales] persas, fuentes, jardines y castillos de fuegos artificiales. Hubo 600 invitados entre reyes, príncipes, jeques, sultanes, jefes de Estado y gobernantes. Desfiles, bailes, música. Elizabeth Arden, empresaria pionera en la industria de la belleza, desarrolló una línea de cosméticos especial llamada Farah para que los invitados se llevaran como souvenir. Baccarat, la casa francesa de cristalería de lujo, creó piezas exclusivas para la ocasión. La tienda de moda francesa Lanvin diseñó los uniformes del personal de servicio. El fiestón fue, a su manera, detonante del declive de esa dinastía. Como se contó, el ayatolá Jomeiní aprovechó la situación para impulsar a la oposición: la velada evidenció que las tradiciones de la familia real eran contrarias a las musulmanas, y eso agrandó el odio de grupos extremistas religiosos. Entre los invitados se destacaron los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía de España, Raniero y Grace de Mónaco, el rey Constantino de Grecia, el príncipe Felipe de Edimburgo y la princesa Ana, entre muchos más. Además estuvo el periodista Jaime Peñafiel, quien recordó sobre el banquete: Era la expresión del lujo absoluto, pero también del refinamiento completo. Fue el mayor de los banquetes del siglo y es muy posible que uno similar nunca sea organizado otra vez. Revolución de 1979 La situación, la brecha entre unos y otros, fue un in crescendo. La juventud iraní se organizaba en grupos guerrilleros clandestinos para luchar contra el régimen. La violencia escaló: atacaron estaciones de policía, pusieron bombas en las dependencias estadounidenses, británicas e israelíes, asesinaron a oficiales de la seguridad iraní y al personal militar estadounidense. Ya no era solo una cuestión de ricos y pobres: la inflación empezó a acelerarse cada vez más. A principio de los 70 el precio del petróleo se disparó. Entraba mucha plata al país. Parte iba a las fiestas de la monarquía, pero otra parte, a la expansión del aparato estatal. Por consiguiente, creció también el gasto público, mientras el poder adquisitivo se estancaba. Eso por un lado. Por el otro, el régimen implementó una fuerte represión a los partidos opositores. Había censura, vigilancia, acoso. Las detenciones ilegales y la tortura eran moneda corriente. Miles de jóvenes tomaron las calles, sobre todo a partir de 1978. Los grupos tradicionales y las clases trabajadoras se unieron a las protestas masivas contra la situación económica, pero también contra los excesos del régimen. Los enfrentamientos se extendieron por más de un año y por todo Irán. El gobierno respondió atacando. El 8 de septiembre de 1978, por ejemplo, se declaró la ley marcial en Teherán y otras 11 ciudades. Los soldados de Pahlaví dispararon a los 20.000 manifestantes en la plaza Jaleh. La cifra oficial de muertos fue de entre 84 y 122 personas, aunque se estima que en realidad, en lo que se denominó Viernes negro, hubo muchos más fallecidos. Las protestas y enfrentamientos facilitaron la entrada de Jomeini. El nuevo líder no tardó en instaurar una república teocrática donde hacía y deshacía a su antojo. El triunfo de la Revolución Islámica del ayatolá forzó el exilio de la familia imperial el 16 de enero de 1979 y, por ende, el fin de las libertades, sobre todo, para las mujeres. El hijo mayor ya se había exiliado en 1978 en Estados Unidos. Los herederos Según BBC, las multitudinarias manifestaciones lograron derrocar el régimen del proclamado Rey de reyes, pero ahora, 45 años después, muchos jóvenes cuestionan a los actuales líderes iraníes, la revolución y a quienes la apoyaron. Y continúa: Pero más de cuatro décadas después de la revolución que puso fin al gobierno de los Pahlaví, la República Islámica se ha enfrentado a un nuevo problema, ya que algunos manifestantes han entonado cánticos a favor de la monarquía y los reyes depuestos. Reza Shah, bendita sea tu alma e Irán sin rey no está bien, son algunos de los cánticos que se han entonado. En los últimos meses, el hijo del derrocado sha, también llamado Reza Pahlaví, volvió al foco de atención, todavía desde el exilio en Washington. El mayor apoyo lo obtiene de jóvenes que no vivieron la era del sha y crecieron bajo restricciones sociales, crisis económica y sanciones internacionales. Pahlaví reforzó su presencia mediante redes sociales y medios en farsi, como Iran International, que amplificaron sus llamados a la protesta. También en las redes sociales, esa juventud se expresó contra el régimen del sucesor de Jomeini, Ali Khamenei, o Jamenei, con mujeres liderando protestas a través de videos en donde se las ve encender cigarrillos, una práctica vedada para ellas en público, con fotos del líder prendidas fuego. El líder murió en un ataque israelí el sábado, a los 86 años, tras 36 años de gobierno. El nombre de Mojtaba Jamenei, su hijo, sigue circulando como posible candidato para reemplazarlo, algo que se criticó en el pasado por considerar que podría crear una versión teocrática de la antigua monarquía hereditaria de Irán. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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