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    Parana » AnalisisDigital

    Fecha: 03/03/2026 17:48

    Petróleo en Siria. Un vehículo del Ejército estadounidense patrulla un yacimiento de petróleo en el noreste de Siria. Álvaro García Linera El capitalismo europeo en 5 siglos desplegó múltiples variantes de colonialismo, cada cual más cruel que la otra, tanto en América, África como en Asia. Por su parte, EEUU, en solo dos siglos, ha concentrado todas ellas y las ha complejizado en su cualidad expoliadora. Aplicó los clásicos moldes europeos de colonialismo de exterminio y de colonialismo de asentamiento durante el siglo XIX, en la mayoría de las tierras de propiedad indígena de Norteamérica. Reivindicó el destino manifiesto de una América anglosajona para invadir y apoderarse de 2 millones de km² mexicanos, en lo que hoy corresponden a los estados de California, Utah, Texas, Colorado, Kansas, etc. Pero, a diferencia de sus predecesores, EEUU empleó estos tipos de ocupación espacial como modos de construcción de la unidad territorial del Estado; no como expansión extraterritorial de su dominio. La usurpación de tierras mexicanas, fueron absorbidas como parte de un Estado continental. En tanto que el sometimiento de otras sociedades y países del globo, pese a las 11 guerras declaradas y cerca de 400 invasiones ejecutadas, no han desembocado en colonialismos de asentamiento permanente. Es que, a diferencia de España, Holanda o Reino Unido, el dominio estadounidense tuvo una dimensión geopolítica de pretensión universal. Por ello, prefirió perfeccionar los mecanismos de sujeción colonial fundados en la muda coacción económica, que se aplican por la fuerza global de su poderío tecnológico, comercial, financiero o, finalmente, militar. Es lo que se ha venido a llamar el neocolonialismo. En este caso, la extracción de recursos y la explotación laboral no requieren de ampulosas burocracias ni ejércitos extranjeros. Las jerárquicas relaciones del intercambio desigual (Emanuelle, 1973), la deuda externa (Toussaint, 2018), fuga de capitales, (Roberts, 2021) crean una trama de sujeción que viabilizan la transferencia de materias primas, dinero, trabajo, conocimiento y subordinación moral hacia la potencia imperial. El neocolonialismo supone un Estado con soberanía fragmentada y unas instituciones locales que mantienen cohesionada a la sociedad. Pero la extracción de las riquezas hacia el extranjero, y la propia influencia sobre la vida política, se la realiza con la aquiescencia de la burocracia política nativa. Como lo han mostrado Nievas y Sodano entre 1970 y 2022, el equivalente al 1-2% del PIB anual de EEUU y de los países más ricos, provienen de transferencias netas desde los países pobres (Wid.World, 2024) Pero ahora, los tiempos están cambiando. EEUU está siendo desplazado del dominio mundial que disfrutó los últimos 30 años, teniéndose que replegar cada vez más a su área de influencia primordial. Los datos son elocuentes. China que en 1980 generaba el 2,3% del PIB mundial, medido en paridad de poder adquisitivo (PPP), hoy lo hace del 19,8%; en tanto que EEUU de alcanzar el 21%, hoy llega al 14,5% (FMI, X, 2025). Por su parte, Rusia ha podido mostrar con la invasión a Ucrania que tiene la musculatura militar y económica para erigirse otra vez como la principal potencia euroasiática. En tanto que la UE, a raíz de la reciente amenaza de anexión de Groenlandia, le ha mostrado a EEUU que también puede infringirle daño económico, como, por ejemplo, mediante la venta de los bonos del tesoro norteamericano que posee (2 billones de dólares). En un mundo así fragmentado por la competencia de potencias e imperios, las formas coloniales también se están transformando. Las invasiones y bombardeos estadounidenses en cualquier lugar del mundo no van a desaparecer, pero serán cada vez más cortos en el tiempo, devastadores en su eficacia técnica, y sin ocupaciones militares prolongadas. El arma preferida para la subordinación de los Estados ahora serán las guerras arancelarias, bloqueos y chantajes económicos. Es decir, un tipo de poder económico duro propio de los tiempos de hegemonías competitivas; diferente del poder económico blando (deuda, intercambio desigual..) que fueron los predilectos de la ya extinta fase de la exclusiva hegemonía norteamericana. Y, ya al interior del área de influencia estadounidense, la forma colonial atravesara dos modificaciones sustanciales. La primera. Asistiremos recurrentemente hechos de fuerza dirigidos a ampliar el espacio territorial de Estados Unidos. Las declaraciones de Trump deseando retomar el control del canal de Panamá; de convertir a Canadá en el 51 estado de EEUU o de asumir la propiedad de Groenlandia, habla de una manifiesta voluntad estatal de ampliar el territorio soberano de los EEUU entre sus vecinos. La segunda. Se reflotará la figura de los Protectorados para mantener el control económico y político de países poseedores de materias primas estratégicas (petróleo, tierras raras, litio, cobre, etc.) para la industria norteamericana. Un Protectorado es un Estado formalmente independiente que ha cedido importantes resortes de su soberanía a un Estado más fuerte (el Protector). El Estado sometido mantiene el conjunto de su legislación y sus instituciones que permiten la cohesión política-cultural de la población en el territorio. Eso es parte de la autoridad social local que el Protector no tiene capacidad de reemplazar. Pero el mando de las relaciones exteriores, de sus principales actividades productivas (extractivas) y financieras, están bajo tutela de la potencia extranjera. En Ocasiones esta forma de gobierno indirecto (Lugard, 1905), o compartido, puede darse con pequeñas, pero efectivas, ocupaciones militares y burocráticas. en otros casos basta la amenaza de intervención armada. Protectorados fueron Marruecos, de Francia y España, entre 1912 a 1956; Egipto, de Gran Bretaña, entre 1982-1922. En Latinoamérica, EEUU ejerció el protectorado en Nicaragua (1912-1933), en República Dominicana (1916-1924) y, entre otros, en Cuba entre los años 1903-1934. Es sintomático que al mismo momento que EEUU este pretendiendo resucitar versiones renovadas de protectorados, para controlar el petróleo y los flujos de divisas en Venezuela: o sobre Groenlandia, para apoderarse de sus minerales y las rutas de comercio polar Ártico, el presidente Donald Trump haya rebautizado la Doctrina Monroe (que sentenciaba a las potencias europeas con un América para los americanos) con el nombre de Doctrina Donroe. Bajo ese paraguas legal y moral, los distintos gobiernos que tuvo EEUU en sus primeros 150 años, cuadruplicaron la territorialidad estatal inicial y erigieron numerosos protectorados sobre varios países latinoamericanos. Para América Latina, es una reconfiguración sustancial de las condiciones de posibilidad de la soberanía política y de la propia democracia, que serán diferentes a las que prevalecieron en los últimos 40 años. Pero también es una dramática confesión: la de la contracción imperial. EEUU abdica de dirigir al mundo, como lo logro desde 1989. Ahora controlara su área de influencia continental con la aplicación de agresivas formas coloniales de facto. Buscará contener y atenuar las redes comerciales que tiene China y, luego, se vinculara con el resto del mundo bajo relaciones de competencia hostil o sumisión, según la fuerza que los otros países logren desplegar. Hemos entrado a un mundo geofragmentado, no solo por el retraimiento de las cadenas de valor a cálculos de seguridad nacional y rivalidad estratégicas; o por la proliferación de guerras arancelarias. Sino también, por la lenta implosión del hegemón norteamericano que, de superpotencia global, pasa al sitial de furiosa potencia regional. Y, para el resto de los países que quieran antagonizar contra este destino de subyugación, lo que tienen por delante, es una renovada agenda de soberanía nacional, industrialismo regional y anticolonialismo. (*) Esta columna de Opinión de Álvaro García Linera fue publicada en el diario Página/12 y en simultáneo con Diario Red de España.

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