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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 03/03/2026 01:09
Frecuentemente, hacia el final del año, cuando varias actividades hacen una pausa y estamos en época de balances, uno de los aspectos tratados es el cansancio, y en particular un término que se ha popularizado para caracterizarlo y es el burnout . Allí sugerimos algunas consignas para hacer algo con esa sensación e insistimos en que el factor central como en la mayoría de los temas, es la prevención. En estos días comienza el año escolar, y es oportuno pensar en estrategias para prevenir el burnout parental antes de que aparezca, en lugar de abordarlo cuando ya se manifiesta. Los efectos del burnout en niños en edad escolar y como prevenirlo los hemos visto en un artículo previo de Infobae, los otros participes son los padres. Luego del periodo de receso, vuelve a empezar una época que es vivida por los padres en muchos casos con estrés e incluso con ansiedad expectante. La repetición de la escena ya conocida a veces es lo que más angustia: listas de útiles, uniformes, cambios de consignas etc., todo a último momento, horarios que se vuelven a complicar, chicos y adultos tensos, es decir reorganizar, de nuevo, la logística de otro año que arranca como una prueba de resistencia. El problema es que, cuando esto se naturaliza, muchas familias interpretan que lo que está pasando es solo cansancio normal, cuando a veces ya empezó otra cosa: un desequilibrio persistente entre demandas y recursos en el rol parental. El cuadro de desgaste parental ha merecido atención particular desde hace tiempo, a tal punto que viene siendo tratado por estudios al menos desde los años ´80. Qué es el burnout parental El burnout parental no suele aparecer de golpe, sino como una suma de pequeñas sobrecargas constantes y sostenidas: exigencias súbitas, falta de descanso, presión por hacer todo bien, etc. El sistema de alerta se conecta y pasamos al modo supervivencia o quizás a un estadio más elevado si ya estábamos en él. (En modo supervivencia: cuáles son las consecuencias de estar en un estado de alerta constante). La vuelta a clases no debería pensarse como una transición solo para los hijos, sino también una transición, casi una readaptación para los padres, aun cuando sea ya conocida. Algunas familias comienzan al año escolar como el comienzo de una travesía por el desierto de la cual no hay escapatoria, cuando en realidad quizás con otra programación, una estrategia de prevención, adjudicación clara de roles y controlar las expectativas, por ejemplo, la travesía puede ser más placentera. Un error común: querer compensar la incertidumbre con perfección Algunas ideas pueden ayudar si se las instala desde el comienzo: prevenir burnout no es hacer más cosas. Tampoco significa pensar que todo puede ser resuelto o solucionado, ni que se podrá evitar la incertidumbre; o que todo dependa de la energía mental de una sola persona que crea poder controlar todas las variables para compensar lo imprevisible. Porque esa lógica, lejos de prevenir el estrés, lo multiplica, y el resultado suele ser el contrario: más tensión, frustración, irritabilidad, y hasta más culpa. La evidencia sobre burnout parental muestra que el mismo se genera por una combinación de factores: variables personales como la ansiedad, el perfeccionismo o la baja tolerancia al error, factores interpersonales como el clima de la pareja o el manejo de la coparentalidad y factores de la organización cotidiana y el apoyo social. La revisión sistemática más reciente sobre burnout parental muestra que estos son los factores que más se repiten. Respecto a las expectativas muy altas es útil no medirse por la búsqueda de la excelencia, sino por adaptación. Por ejemplo, no evaluarse si se logra que en la primera semana de clases todo salió impecable, sino con un criterio más elástico por ejemplo la familia logró adaptarse sin crisis. La idea es no intentar compensar haciendo más, sino focalizarse en reducir el desgaste prematuro del sistema: es una maratón que dura varios meses, y lo principal es en los primeros kilómetros adaptarse, no lesionarse y si es posible disfrutar. La Academia Americana de Pediatría a través de Healthy Children recomienda algo muy concreto: anticipar el inicio escolar con rutinas de sueño, visitas previas a la escuela o aula, ensayo de recorridos y práctica de las nuevas dinámicas que en algunos casos pueden cambiar mucho de un año a otro. Son medidas simples, pero bajan la incertidumbre y evitan estrés innecesario. Toda la idea es que el sistema familiar no arranque en modo crisis y ya casi previamente quemado. Los chicos perciben el clima emocional de los adultos Otro aspecto central para enfocar el tema es que la ansiedad escolar afecta a toda la familia y al igual que muchas variables del funcionamiento emocional está sujeto al contagio, en particular por parte de los adultos hacia los niños. La guía de Child Mind Institute sobre ansiedad de vuelta a clases, sugiere que antes de intentar calmar al hijo, es el adulto el que debe autoevaluar su propia respuesta emocional, o incluso solicitar ayuda. Los chicos detectan si los padres están nerviosos, y ese estado emocional puede amplificar la ansiedad del inicio. Más que explicar o buscar calmar con palabras , puede serlo con el ejemplo. Esto cambia por completo el foco de la prevención. En lugar de preguntarse únicamente ¿mi hijo está nervioso?, conviene sumar otra pregunta: ¿cómo estamos llegando nosotros a esta semana?. Si los adultos llegan agotados, discutiendo logística a último momento, durmiendo mal y sobrecargados de compromisos, la escuela se transforma rápidamente en un amplificador del malestar doméstico. También la guía sugiere reducir, o simplificar las rutinas y compromisos en esta etapa, validar las preocupaciones del niño y hacer ensayos y pruebas sobre las rutinas para familiarizarse con la nueva etapa y sus demandas. Prevenir burnout también es repartir la carga Al igual que en organizaciones laborales donde se origina el concepto de burnout (Freudenberger 1974, Maslach 1976 y ss.) la capacidad de distribuir eficazmente la carga de esa estructura (trabajo, escuela, etc.) es proporcional a su resultado. La vuelta a clases no solo trae tareas visibles y evidentes sino otras menos visibles y quizás más desgastantes: recordar horarios, citas, anticipar, coordinar, resolver y proporcionar sostén emocional. Compartir esto de manera explícita puede implicar incluso la diagramación de planes concretos y claros para todos y no alguien que lo hace y es ayudada/o quién se ocupa de qué y quién cubre imprevistos. La revisión de la literatura muestra asociaciones entre burnout parental y variables como la satisfacción marital, o conflictos familiares. Esta misma revisión encuentra una relación quizás evidente entre conflictos parentales y mayor burnout, mientras que el acuerdo en el estilo de crianza se asocia con menor burnout en particular de los niños. Pedir ayuda temprano no es fracasar como padre o madre Detectar tempranamente la necesidad de ayuda y pedirla, no significa fracaso, carencias de algún tipo o no poder con la crianza, sino todo lo contrario. El apoyo social es un factor protector. Ese apoyo puede ser muy concreto y acotado: coordinar traslados, compartir una salida escolar, delegar una compra, pedir cobertura en un día crítico, hablar con la escuela si un hijo necesita una transición más cuidada. Child Mind, por ejemplo, recomienda en caso de crisis de pareja anticipar la necesidad de apoyos en la institución cuando cursa por un periodo de conflictos, en lugar de que estos se hagan evidentes en el niño y sea la escuela que deba solicitar la asistencia de los padres. En cuanto a la detención temprana, Roskam y colegas han trabajado sobre escalas de evaluación y criterios conceptualizados en cuatro dimensiones que sirven como mapa clínico: agotamiento en el rol parental, contraste con el yo parental previo, sensación de estar harto del rol y distanciamiento emocional de los hijos. (Parental Burnout Assessment). Estos criterios entran en las mismas características que encontramos en el burnout clásico, en la cual la pérdida de sentido y rol, sumado al agotamiento es central. Al igual que estos casos no se trata de patologizar cualquier cansancio sino ver cuándo este empieza a convertirse en desconexión, irritabilidad crónica, trato mecánico, culpa persistente, etc. Aquí es cuando ya la ayuda no debe ser solo social sino seguramente profesional. En relación a esto la buena noticia es que la estadística muestra que la intervención a tiempo es eficaz. Un metaanálisis reciente encontró que distintas intervenciones, como las de tipo cognitivo-conductuales predominantemente, mindfulness, terapias de aceptación, educativas y centradas en balance de recursos, entre ellas, lograron reducciones estadísticamente significativas. Un par de conclusiones prácticas son que el burnout parental no es un destino inevitable del buen padre o la buena madre que se sacrifica en silencio. Es un riesgo prevenible si se detecta temprano y se corrigen las condiciones que lo alimentan, y que los beneficiarios son aquellos a los que queremos: nuestros hijos. Otra vez: no es hacer más, esforzarse más sino otro curso de acción y especialmente de pensamiento. Por otro lado, que la vuelta a clases no exige familias perfectas; o certámenes de estoicismo parental, sino familias que puedan regularse, pedir ayuda y organizarse sin destruirse en el intento. La crianza continúa quizás más de lo que pensamos. (Las cinco etapas del crecimiento neuronal y una duda: ¿hasta qué edad se extiende la adolescencia?). Prevenir el burnout parental no empieza cuando ya no damos más, cuando es clínico. Empieza ahora, cuando todavía hay margen para hacer algo simple y decisivo: bajar la exigencia imposible y cuidar el sistema que cuida. * El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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