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Parana » Pagina Politica
Fecha: 02/03/2026 22:59
Por Emilia Elizar* Cuando se pierde el vínculo emocional, se acaba perdiendo el vínculo político. Antoni Gutiérrez Rubí Mientras el peronismo insiste en una narrativa distributiva para seducir a los sectores que históricamente representó, una buena parte de los sectores populares, disconforme con las promesas incumplidas responde a otro interés político, el que articula una narrativa moral: el castigo a los privilegiados. Pero estos privilegiados no responden a la lógica vertical que estructuraba el peronismo clásico: trabajadores contra élites, sino que horada el propio campo popular, estableciendo una rivalidad horizontal: trabajadores protegidos vs. trabajadores precarizados, informales, sin marcos legales ni organizativos. Identidad y representación. El peronismo construyó su identidad histórica como el movimiento político que incorporó a los excluidos del orden liberal y conservador argentino. No fue simplemente un movimiento cuya columna vertebral se estructuró en los trabajadores: fue la experiencia política que otorgó ciudadanía material y reconocimiento simbólico a quienes habían quedado fuera del sistema. Su narrativa fundacional no se organizó sólo en torno a la distribución del ingreso, sino en torno a la dignificación, convirtiendo al trabajador en sujeto político. En ese camino, como destaca el historiador Mariano Ben Plotkin, el peronismo logró articular una identidad capaz de organizar emociones, memorias y pertenencias. Otros autores como Samuel Amaral o Daniel James coinciden en que el peronismo no se explica solo por su origen, sino por su densidad identitaria. La experiencia peronista permitió a los trabajadores no solo acceder a derechos económicos, sino también a una inédita ciudadanía social y política: reconocimiento, visibilidad, pertenencia, identidad común. Durante décadas, esa identidad estructuró en gran parte la representación popular en Argentina. Sin embargo, la pregunta que hoy se impone es incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre cuando los nuevos excluidos antes que sentirse explotados por las elites, se sienten desplazados por quienes estaban incluidos en el modelo anterior? En la actualidad, la estructura social que posibilitó la identidad original del peronismo la clase trabajadora industrial, relativamente homogénea, con empleo formal y fuerte presencia sindical se ha fragmentado. El mapa social argentino se transformó profundamente. La centralidad del trabajador industrial estable cedió ante un mundo del trabajo fragmentado, precarizado, informal. Jóvenes sin inserción estable, cuentapropistas de subsistencia, trabajadores de plataformas, monotributistas intermitentes, sectores populares sin representación sindical efectiva. Este nuevo universo social no encaja fácilmente en la matriz clásica de la identidad peronista. En ese contexto, se podría decir que el peronismo dejó de ser percibido por amplios sectores como el partido de los excluidos, para quedar más cerca de ser el representante de los incluidos protegidos: empleados públicos estables, trabajadores sindicalizados. Este desplazamiento en el plano de la percepción, abre una fisura profunda. Si el peronismo fue históricamente el articulador del pueblo trabajador, hoy parte de ese pueblo no se reconoce en esa representación. De allí que de modo provocador podríamos englobar a estos sectores, como los excluidos de la inclusión peronista. No se trata de sectores excluidos del sistema en abstracto. Se trata de quienes se perciben fuera del modelo que, paradójicamente, nació para incluir. Y cuando esa percepción se consolida, podríamos decir que el principio organizador de la identidad política se transforma. Aquí aparece un fenómeno central del actual momento político: el apoyo de sectores precarizados a La Libertad Avanza. Y frente a ello se ha instalado una lectura: la de sujetos que votan contra sus propios intereses, dado que muchas de las medidas impulsadas afectan negativamente sus condiciones materiales. Sin embargo, esa lectura presupone que el interés es exclusivamente económico y que la racionalidad política se organiza en torno a la mejora distributiva. La realidad sugiere algo más complejo. En determinados sectores populares, el costo personal no invalida el apoyo. La coherencia programática es secundaria. La narrativa moral pesa más que la racionalidad económica. Mientras el peronismo tradicional estructuró una narrativa distributiva: derechos, salario, paritarias, Estado protector; Milei y La Libertad Avanza estructuran una narrativa moral: privilegio vs. mérito, casta vs. ciudadanos, injusticia sistémica, corrupción estructural. El eje ya no es ¿cómo mejoro mi situación?, sino ¿quiénes han sido privilegiados y deben dejar de serlo?. Podríamos pensar entonces que parte de la representación no se organiza por inclusión, sino que más bien se reorganiza por castigo. La retórica anticasta funciona como significante moral que articula malestares dispersos. No importa tanto si cada medida concreta reduce efectivamente privilegios estructurales; lo central es la dirección simbólica del conflicto. La política se reconfigura como escena de reparación moral: quienes se perciben relegados encuentran en el castigo a los protegidos una forma de restitución de dignidad. Esta lógica implica una mutación profunda respecto del peronismo clásico. La identidad popular ya no se estructura exclusivamente en la solidaridad vertical pueblo versus élites sino que incorpora una dimensión horizontal: trabajadores contra trabajadores, precarizados contra protegidos, informales contra empleados estables. Allí donde antes la inclusión ampliaba el campo de lo popular, hoy la percepción de privilegio fragmenta ese campo. No se trata de un apoyo contra sus intereses, no se trata de irracionalidad. Tampoco de falsa conciencia. Se trata de una redefinición de lo que se considera injusto, así como de lo que se entiende por privilegio o por dignidad. Si la injusticia ya no es solo la concentración del ingreso sino la desigualdad dentro del propio universo popular, entonces la ampliación de derechos deja de ser el principio ordenador del interés político y puede volverse prioritario desmontar lo que se percibe como privilegios ajenos, aún a costa de asumir pérdidas propias. En ese marco, el peronismo enfrenta un dilema identitario. El desafío no es meramente electoral, es hegemónico. Quienes se perciben excluidos de la inclusión peronista son quienes sienten/vivencian haber quedado afuera de un modelo que prometía representarlos. Frente a ello, y sin alternativas que expongan otros caminos posibles, puede que la lógica del castigo siga teniendo potencia organizadora. La cuestión de fondo no es solo por qué sectores populares sostienen su apoyo a una fuerza que impulsa medidas adversas a sus condiciones materiales. La cuestión es más profunda: qué tipo de identidad política logra ofrecer sentido y reconocimiento en el escenario actual. Estos desplazamientos no siempre se traducen en identidades políticas estables ni en formas claras de representación, pero implican transformaciones en el vínculo de la sociedad con la política. En este contexto, la pregunta por la representación se vuelve inseparable de la pregunta por el proyecto político. El interrogante: ¿a quién es capaz de representar hoy el peronismo? sigue abierto. Pero no puede responderse sin un esfuerzo intelectual y político capaz de reimaginar su identidad más allá de su matriz histórica. *Maestranda en Análisis Político. Comunicadora social especializada en Comunicación Política. Integrante de la Asociación Argentina de Consultores Políticos (ASACOP). Fuente: Página Política
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