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  • Clases que empiezan con paro: una historia que se repite y una educación que no puede esperar

    Gualeguay » Debate Pregon

    Fecha: 02/03/2026 11:30

    Clases que empiezan con paro: una historia que se repite y una educación que no puede esperar El inicio de cada ciclo lectivo en la Argentina parece atrapado en un círculo que se repite año tras año. Paros docentes, negociaciones contrarreloj, gobiernos defendiendo sus posiciones y gremios reclamando por salarios que la inflación va erosionando mes a mes. En ese escenario, los que terminan pagando el costo más alto son los chicos y la educación pública. Cada comienzo de clases se transforma en un escenario de tensión. Los gobiernos de turno sostienen sus políticas y limitaciones presupuestarias; los docentes, por su parte, reclaman lo que consideran justo frente a una pérdida sostenida del poder adquisitivo. En medio de esa disputa, el calendario escolar se ve afectado y la continuidad pedagógica se resiente. La normativa nacional establece un mínimo obligatorio de 190 días de clases al año en todo el país. Ese número, fijado por el Consejo Federal de Educación, busca garantizar una base de calidad educativa y tiempo pedagógico suficiente. Sin embargo, en la práctica, no siempre se logra cumplir. Paros, jornadas institucionales, problemas edilicios, condiciones climáticas y otras situaciones hacen que, en muchos ciclos lectivos, la cantidad efectiva de días de clase quede por debajo de lo establecido. El resultado es una educación que pierde continuidad y previsibilidad. Y esa pérdida impacta directamente en los estudiantes, especialmente en los sectores más vulnerables. La realidad muestra que cada vez son más los niños y adolescentes que abandonan la escuela por razones que muchas veces exceden lo educativo: condiciones económicas familiares, necesidad de trabajar, falta de recursos o dificultades para sostener la escolaridad. En algunos casos, incluso, la baja matrícula obliga a cerrar aulas o reorganizar cursos por la escasa cantidad de alumnos. En otros, las escuelas cumplen además un rol social esencial: brindar desayuno o merienda a chicos que, muchas veces, encuentran en la institución educativa un espacio de contención que va más allá del aprendizaje formal. En este contexto, es imprescindible destacar el compromiso cotidiano de los docentes. Más allá de las discusiones salariales o gremiales, su vocación se sostiene en condiciones que muchas veces distan de ser ideales. No son pocos los que deben recorrer largas distancias para llegar a sus escuelas, compartiendo gastos de traslado o dependiendo de la solidaridad de vecinos para poder cumplir con su tarea. En reiteradas ocasiones se observa en los accesos a la ciudad a docentes haciendo dedo, esperando un transporte que les permita llegar a horario. Otros se organizan entre colegas para compartir vehículos y costos. Son escenas habituales que reflejan una realidad silenciosa: la de educadores que, pese a las dificultades, sostienen el sistema educativo con esfuerzo y convicción. Esta editorial no busca poner en juicio el compromiso docente ni el derecho a reclamar condiciones dignas. Tampoco desconoce las responsabilidades del Estado en garantizar una educación de calidad. Se trata, más bien, de señalar que la educación pública orgullo histórico de nuestro país no puede seguir atrapada en un conflicto permanente que termina debilitándola. El desafío es romper con esta lógica repetida. Lograr acuerdos sostenibles, previsibles y duraderos que permitan iniciar cada ciclo lectivo con normalidad y garantizar el cumplimiento de los días de clase. Porque cuando la educación se interrumpe, el impacto no es inmediato pero sí profundo y persistente. La educación pública necesita ser defendida por todos: gobiernos, docentes, familias y comunidad. No como una consigna, sino como una política concreta y sostenida en el tiempo. Porque detrás de cada día sin clases hay oportunidades que se pierden, y detrás de cada aula abierta hay futuro.

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