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  • Crianza: la importancia de enseñar a los chicos a frustrarse y las claves para acompañar sin sobreproteger

    » La Nacion

    Fecha: 01/03/2026 10:11

    El padre de Johann Wolfgang von Goethe decidió abandonar su título de consejero imperial para dedicarse a la educación de sus hijos, con el afán de no perder ni un minuto. Tal vez por eso su famoso hijo consideró que el carácter se forma en las tormentas, no en los días soleados. Una cita que vuelve a cobrar sentido en una escena doméstica que se repite a diario: un chico que se aburre y un adulto que corre a resolver; un adolescente que se frustra y una familia que se esfuerza por evitar el enojo. En la crianza contemporánea, la incomodidad infantil se transformó en un tabú, algo que debe eliminarse antes de que moleste, antes de que duela, antes de que haga ruido. La cultura del bienestar inmediato hizo su parte. Pantallas que entretienen al instante, apps que prometen respuestas sin demora, adultos hiperdisponibles que anticipan cada tropiezo, lágrima o discusión. Según un estudio de la Universidad de Michigan sobre estilos parentales y regulación emocional, el 62 % de los padres reconoce intervenir de manera rápida para evitar que sus hijos la pasen mal, incluso cuando se trata de situaciones cotidianas como perder en un juego o esperar un turno. El problema aparece cuando esa lógica de protección permanente empieza a moldear expectativas irreales: que el mundo se adapte siempre, que el deseo no encuentre obstáculos, que el error sea una anomalía. Muchas veces confundimos amor con sobreprotección y, al hacerlo, evitamos que los chicos desarrollen mecanismos básicos de regulación emocional explica la psicóloga Silvia Álava Sordo. La tolerancia a la frustración no surge por generación espontánea; se entrena como cualquier músculo psicológico, con exposición progresiva y acompañada. Evitarla de manera sistemática no fortalece, debilita. El giro generacional ayuda a entender el fenómeno. Padres y madres atravesados por discursos de crianza respetuosa, muchas veces mal entendida, sienten culpa frente al aburrimiento, la espera o el conflicto de sus hijos. Buscamos que sean felices a toda costa, sin frustrarse, sin esforzarse, sin sufrir, y terminamos criando chicos con bajísima tolerancia a la frustración y altísima insatisfacción, añade la psicóloga Maritchú Seitún, especializada en acompañamiento familiar. Los datos empiezan a mostrar las consecuencias. Una investigación de la Universidad Complutense de Madrid sobre adolescentes y manejo emocional señala que quienes crecieron con escasas oportunidades de enfrentar la frustración presentan un 45 % más de riesgo de desarrollar síntomas de ansiedad ante situaciones de límite o fracaso. La frustración, lejos de ser un obstáculo del desarrollo, aparece así como un insumo evolutivo, una experiencia necesaria para aprender a esperar, a negociar, a perseverar. La licenciada Mariana de Anquin, especialista en crianza y educación emocional, aporta una mirada que desplaza el foco: El problema no es la frustración de los niños, es nuestra reacción frente a ella. Rescatar demasiado rápido o exigir silencio emocional son dos caras de la misma dificultad adulta para tolerar el malestar infantil. Entre esos extremos, explica, existe una tercera vía: acompañar sin anular, sostener sin rescatar, permitir que la emoción se procese con un adulto disponible. En tiempos donde el confort se volvió un valor supremo, la incomodidad parece una falla del sistema. Sin embargo, la evidencia muestra lo contrario: evitar la frustración reblandece. Enseñar a perder, a aburrirse y a no tener la razón predispone a enfrentar lo que suceda, porque en ese territorio incómodo se construyen habilidades que ningún atajo tecnológico puede reemplazar. El costo invisible Juan M., 42 años, separado, papá de dos nenas de 8 y 14, creyó durante mucho tiempo que protegerlas era evitarles cualquier problema. Resolvía tareas, apuraba soluciones, llenaba los silencios con distracciones. Un día, agotado por cuestiones laborales, ante un conflicto no tuvo las fuerzas de intervenir como hacía siempre. Su hija menor lloró por un problema mínimo. No podía afrontarlo y él tampoco. La pequeña lo sorprendió: en ausencia de él, atravesó el enojo, buscó sola y lo resolvió. Ese episodio le mostró que, al intentar ahorrarles malestar, les estaba quitando la oportunidad de descubrir que podían tolerarlo. La escena es cotidiana y casi invisible: un niño se frustra frente a un juego que no le sale, un adulto se apresura a intervenir, cambia las reglas, propone otra actividad, ofrece una pantalla. El gesto parece amoroso, incluso empático, pero en esa microdecisión se juega algo más profundo. Cada vez que se borra la experiencia de la frustración, se anula también la posibilidad de aprender a atravesarla. Según una investigación de la Universidad de Minnesota sobre desarrollo socioemocional, los niños que cuentan con oportunidades regulares para enfrentar pequeños fracasos acompañados por adultos muestran, en la adolescencia, un 37% más de capacidad para regular emociones intensas que aquellos criados en entornos de protección constante. La resiliencia no se enseña evitando la dificultad aporta la psicóloga Ann Masten, autora principal del estudio, se construye atravesándola con apoyo. En contraste, el modelo de crianza hiperprotectora se apoya en una buena intención que termina produciendo un efecto paradojal. Un relevamiento del Centro de Estudios sobre Infancia de la Universidad de Oxford reveló que el 58% de los padres admite intervenir de inmediato cuando sus hijos se frustran, aun en situaciones menores. Para la psicóloga infantil Sarah Thompson, responsable del informe, ese reflejo responde más al malestar adulto que al del niño: No toleramos ver sufrir a nuestros hijos porque nos conecta con nuestras propias frustraciones no resueltas. En este contexto, la decepción se vuelve algo que hay que erradicar en lugar de comprender. Sin embargo, desde la neurociencia afectiva se sabe que los circuitos cerebrales que permiten tolerar la demora y procesar la desilusión se fortalecen precisamente cuando se ejercitan. Un estudio de la Universidad de Toronto mostró que los chicos que aprenden a esperar y a perder desarrollan un 42% más de activación en áreas prefrontales vinculadas a la toma de decisiones y la regulación emocional. Su autor, el neuropsicólogo Michael Anderson, lo sintetiza: El cerebro necesita entrenarse en la incomodidad para aprender a elegir mejor. Cuando evitamos que los chicos se frustren sigue Álava Sordo, les quitamos la oportunidad de aprender a convivir con emociones desagradables que son necesarias para su salud mental". La cultura del bienestar permanente instala una fantasía peligrosa: la idea de que sentir malestar es un error y no una parte inevitable de la vida. Educar en la frustración no significa endurecer ni desentenderse, sino acompañar sin anestesiar. Implica sostener el enojo sin resolverlo de inmediato, escuchar la queja sin correr a taparla, permitir que el tiempo haga su trabajo. Como adulto enseño a manejar la ansiedad y la agresividad a través de un límite o una norma; acompaño activamente ese tiempo, sin resolver, sino llevando de la mano en la actitud, señala la psicóloga Rocío Ramos Paul. En ese espacio, que al principio incomoda más a los adultos que a los chicos, se gesta una competencia invisible pero decisiva: la capacidad de no derrumbarse frente a lo que no sale como se espera. Porque la vida, tarde o temprano, se encarga de frustrar. La pregunta no es si eso va a ocurrir, sino con qué herramientas emocionales van a encontrarse cuando suceda. Una herramienta poderosa Martina C, mamá de tres chicos de 3, 9 y 11 años, solía intervenir ante la mínima señal de un contratiempo: Quería evitar la escalada de dificultades cuenta. Si uno se desmadra, cae el resto por contagio. Cuando el mayor se enojaba con la tarea escolar, ella se sentaba a hacerla con él; si la de 9 perdía en un juego, cambiaba las reglas; si el más chico lloraba por esperar, aparecía una pantalla como anestesia exprés. Todo parecía funcionar bajo un altísimo costo de su propio estrés, pero, en algún momento, notó que los estallidos eran cada vez más intensos. Un día decidió probar otra cosa, quedarse cerca sin resolver, nombrar lo que pasaba y sostener la incomodidad. El cambio fue lento pero visible. Menos gritos, más intentos, más pedidos de ayuda sin desesperación, cuenta. La experiencia de Martina refleja un giro silencioso que atraviesa a muchas familias. El aburrimiento comenzó a ser visto como un enemigo, algo que había que erradicar con actividades, pantallas o estímulos constantes. Sin embargo, en la crianza contemporánea empieza a revelarse como una herramienta poderosa, una especie de gimnasio emocional donde los chicos aprenden a tolerar el vacío, a gestionar la espera y a descubrir recursos propios. Un estudio de la Universidad de East Anglia sobre creatividad y regulación emocional mostró que los niños que atraviesan momentos de aburrimiento no intervenido desarrollan un 33% más de capacidad para generar soluciones espontáneas frente a situaciones frustrantes. La psicóloga Sandi Mann, autora principal de la investigación, asegura que el aburrimiento no es una falla del sistema, es un espacio fértil donde la mente aprende a moverse sin muletas externas. En la vida cotidiana, la intención es evitar el malestar, pero el mensaje implícito es otro: no estás preparado para sostener este estado; alguien más debe resolverlo por vos. Ese reflejo es comprensible, pero costoso indica Álava Sordo. Cuando intervenimos demasiado rápido para evitar emociones desagradables, les impedimos aprender a convivir con ellas y a desarrollar estrategias para regularlas. Desde la neurociencia se sabe que la capacidad de tolerar la inactividad está directamente vinculada al desarrollo del autocontrol. Una investigación de la Universidad de Yale sobre funciones ejecutivas en la infancia reveló que los niños que cuentan con espacios de tiempo no estructurados presentan un 29% más de flexibilidad cognitiva y una mejor regulación de impulsos. La mente necesita momentos de baja estimulación para reorganizarse y fortalecer sus sistemas de autorregulación, afirma el neurocientífico Bruce McEwen, responsable de la investigación Seitún suele decir que el aburrimiento cumple una función pedagógica silenciosa. Cuando un chico se aburre y no lo rescatamos de inmediato cuenta, aprende algo fundamental, que puede estar consigo mismo sin depender todo el tiempo de otro. Esa experiencia, tan simple como poderosa, sienta las bases de la autonomía emocional, una de las competencias más frágiles en una época de gratificación inmediata. Desde la educación emocional, de Anquin aporta una clave complementaria: La frustración no se elimina, se aprende a atravesar con un adulto disponible. Quedarse cerca sin resolver permite que la incomodidad se transforme en aprendizaje y no en soledad emocional. Los datos acompañan esta intuición clínica. Un informe del Instituto Max Planck de Desarrollo Humano en Berlín mostró que los niños expuestos a tiempos de ocio no dirigido presentan un 41% más de tolerancia a la frustración en la adolescencia, especialmente frente a situaciones de espera, pérdida o error. Su director, el psicólogo Peter Gollwitzer, explica: La capacidad de sostener estados incómodos se construye en esos momentos en los que no pasa nada y, sin embargo, pasa todo. Revalorizar el aburrimiento implica confiar en que cada niño puede atravesar ese vacío sin que sea peligroso, en que de esa incomodidad surgirán recursos inesperados. En un mundo que corre para tapar cada silencio, dejar que el aburrimiento exista se vuelve un gesto contracultural y educativo. Sin anestesia Renata R es mamá de dos chicos de 12 y 16 años y vive un conflicto permanente con su expareja. Mientras ella intenta sostener límites, espera y consecuencias, el papá responde rápido, interviene para evitar enojos y recurre sistemáticamente a las pantallas como chupete de adolescentes. La tensión estalló cuando el mayor abandonó un torneo porque no quería seguir perdiendo y el padre lo retiró de inmediato; Renata insistía en que quedarse también era aprender. Frente a los chicos, las posturas opuestas se volvieron visibles. En medio de la discusión adulta, sin querer, los hijos aprendían que siempre había una salida para esquivar la incomodidad. Nunca antes fue tan fácil calmar una emoción incómoda con un gesto mínimo. Un clic alcanza para distraer, entretener, anestesiar. En la infancia y la adolescencia, esa disponibilidad permanente de estímulo cambió la relación con la espera y con el esfuerzo y, sobre todo, con lo que no sale como se espera. El verdadero desafío es enseñar a tolerar que no siempre todo es inmediato, ni posible. Una investigación de la Universidad de California en San Diego analizó el impacto del uso intensivo de pantallas en niños de entre 6 y 12 años y encontró que quienes pasaban más de cuatro horas diarias frente a dispositivos presentaban un 37 % más de dificultades para sostener tareas que requerían paciencia y autorregulación emocional. El neurocientífico Adam Gazzaley, autor principal del estudio, afirma que la sobreestimulación digital entrena al cerebro para la recompensa instantánea y debilita los circuitos que permiten tolerar la demora. La frustración, en este contexto, se vuelve un estado cada vez menos practicado. No porque haya menos motivos para sentirla, sino porque se la evita con rapidez. El problema no es la tecnología en sí, sino la ausencia de espacios donde aprender a atravesar emociones sin anestesia. Reentrenar la espera se vuelve entonces una tarea urgente. No desde la prohibición rígida, sino desde la creación de espacios donde el tiempo no esté colonizado por pantallas. Momentos de juego libre, de conversación sin interrupciones, de actividades que impliquen proceso y no solo resultado. Esa permanencia incómoda forja algo más grande que la paciencia; construye la capacidad de confiar en que no todo malestar necesita una salida inmediata. 10 claves para entrenar la frustración en los niños 1. Permitir sentir la frustración Te tengo que permitir que sientas, por un lado, esa frustración, y luego te daré técnicas para que puedas regularla, asegura Álava Sordo que debe explicarse a los más chicos. 2. Reconocer el valor evolutivo del dolor La tolerancia a la frustración no se enseña por decreto, se construye en el día a día, y empieza en cosas chiquitas, afirma de Anquin. 3. No intervenir antes de tiempo Cuando los adultos actúan demasiado rápido para evitar emociones desagradables, les estamos impidiendo cosas que son superimportantes para su correcta salud mental, sugiere Álava Sordo. 4. Acompañar sin neutralizar Primero validamos la emoción, luego describimos el problema y, si hace falta, desmenuzamos la tarea en pequeños pasos, modelando cómo hacerlo y haciéndolo con él, enumera de Anquin. 5. Establecer límites claros con consecuencias Si pongo un límite y tiene consecuencias ante su traspaso, te hago responsable de tu comportamiento, propone Ramos Paul. 6. Crear oportunidades de frustración cotidianas La vida diaria nos da infinidad de oportunidades de acompañar a nuestros hijos a esperar, a adaptarse, a tolerar el dolor de lo que no pueden o no deben, indica Seitún. 7. Enseñar herramientas de autorregulación Como adulto enseño a manejar la ansiedad y la agresividad a través de un límite o una norma, dice Ramos Paúl. 8. Respetar el proceso y no apresurar el resultado Aprender que se pueden atravesar emociones incómodas sin perder el vínculo, fortalecer la confianza interna y la capacidad de afrontamiento lleva tiempo, indica de Anquin. 9. Diferenciar acompañar de rescatar No es la frustración lo que desborda a los chicos, sino la soledad para atravesarla, continúa de Anquin. 10. Practicar la paciencia y la exposición progresiva La frustración se entrena como se entrena un idioma: con exposición progresiva y acompañada, concluye Seitún. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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