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  • María Luisa Guerra: la gualeguaychuense prodigio que conquistó la escena musical europea

    Gualeguaychu » El Dia

    Fecha: 28/02/2026 23:13

    Conocida como La Flor del Plata, llegó a ser una de las mejores concertistas del mundo a finales del siglo XIX. Con un don innato para la música, dejó su Gualeguaychú natal para formarse con los grandes maestros de Europa y despertar la ferviente admiración del público ilustrado cada vez que tocaba el piano. Gualeguaychú es cuna de artistas. Siempre lo fue. Desde los grandes escritores que le dieron su fama de ciudad de los poetas hasta los cientos de músicos, bailarines y carroceros que dan vida cada verano al Carnaval del País. Ejemplos hay muchos; innumerables. Pero existe una historia, quizá no tan conocida, que destaca por el contexto en que transcurrió y por su protagonista: la de María Luisa Guerra. Una niña prodigio que a finales del siglo XIX deslumbró al público europeo con sus dotes de pianista y llegó a ser nombrada Baronesa por la Corona Española. La Flor del Plata, como le llamaron en España, nació en Gualeguaychú el 8 de junio de 1869 en el seno de una familia acomodada de la ciudad. Hija de Francisco Guerra y de Bárbara Cortínez, creció en una casa ubicada en la esquina de 25 de Mayo y Rocamora, donde tiempo más tarde existiría el Bazar Alemán de los hermanos Crespo. Según se reseña en el libro Mujeres de Gualeguaychú, desde temprana edad manifestó una marcada inclinación por la música y notables condiciones para el piano. Tal es así que sus tíos, Leopoldo Guerra y Fátima Zunino, la llevaron a Rosario, Santa Fe, con apenas seis años para impulsar su formación artística. Allí estudió con el maestro Narciso Fontanals y, dado su evidente talento, fue llevada con 10 años a Europa para continuar sus estudios y su prometedora carrera musical. Antes de partir, María Luisa ofreció un concierto de despedida en el Club Recreo Argentino, donde despertó gran admiración. Una imagen que se repetiría en las incontables salas y teatros que le aguardaban al otro lado del océano. Las más leídas Ya en el Viejo Continente, se convirtió en discípula del maestro Luca Fumagalli, en Milán. Allí profundizó sus estudios, perfeccionó su técnica y desarrolló plenamente sus dotes de intérprete. Continuó su camino bajo la tutela del máximo concertista español Carlos Vidiella y de Melchor Rodríguez de Alcántara en Barcelona, para luego seguir con Valentín Arín en la Escuela Nacional de Música de Madrid. En sus conciertos de Barcelona y París, el público quedaba deslumbrado por su ejecución artística y su corta edad. Tal es así que la Asociación Musical Barcelonesa la hizo socia honoraria, y el Ateneo de Barcelona le regaló una medalla de oro como homenaje a su genio y mérito indiscutible. Pero su verdadera consagración llegaría entre 1890 y 1895, a lo largo de seis conciertos que dio en el Ateneo de Madrid, el cual la nombró socia de mérito, un hecho sin precedentes en la historia de la entidad. Y es que el Ateneo de Madrid se encontraba en una época en la que abrazó la modernidad y dio espacio a que la mujer ocupase un rol de concertista profesional. A su vez, daba un lugar preponderante al público femenino que, según la prensa de aquel entonces, llegaba incluso a desbordar la capacidad del propio salón durante las veladas. El periódico El Nuevo Progreso recoge la noticia de una de las actuaciones de María Luisa en abril de 1890 y destaca que el entusiasmo del público fue indescriptible, y la ovación de las más entusiastas que el Ateneo ha presenciado, mientras que El Liberal -cinco años más tarde- señala que la musa del Ateneo, como llaman algunos socios de esta casa a la célebre pianista argentina, tiene el privilegio de atraer a los salones de aquella corporación mayor auditorio que todas las eminencias políticas y literarias que allí suelen dar sesiones y conferencias. En medio, en 1893, la revista madrileña Blanco y Negro, publicaba que la inspirada pianista (...) ha obtenido recientemente en el Ateneo de Madrid uno de los triunfos más entusiastas, unánimes y valiosos de su brillante carrera artística. Maestros ilustres en el arte de Euterpe, profesores no fáciles de entusiasmar, público, en fin, perito, autorizado y escogido como pocos, tributó a la Srta. Guerra (...) una ovación delirante y entusiasta, arrancada a pulso por las raras dotes de esta artista, seguía. Y completaba: Las obras más difíciles de Thalberg, Raff, Chopin, Liszt y Heller, son dominadas de todo en todo por la bella y muy simpática ejecutante, en tales términos, que, según opinión autorizada, desde Rubinstein no se ha oído en Madrid nada parecido. Por aquel entonces, María Luisa tenía 23 años. Se dice que era profundamente tímida, y que antes de comenzar a tocar se conmovía hasta un estado nervioso, casi enfermizo, que desaparecía en el instante en que apoyaba los dedos sobre el piano y desplegaba su prodigioso talento interpretativo. También se la describe con un aspecto frágil, de delicada silueta, brazos delgados y manos trémulas, de ojos grandes, oscuros y cabellos renegridos. En 1895 viajó a Gualeguaychú y ofreció en el mes de noviembre dos conciertos en el Teatro 1° de Mayo, un recinto para 700 personas que estaba ubicado en la actual calle Urquiza, entre Mitre y 3 de febrero, frente a la plaza. Los recitales estuvieron organizados por las damas de la Sociedad de la Caridad: uno de ellos a beneficio de la Comisión Pro Monumento al presbítero Luis N. Palma; y el otro destinado a las obras que realizaban para sostener un colegio y hogar de huérfanos y ancianos. Para la ocasión, encargaron traer desde Rosario un piano de cola, se enviaron invitaciones al Gobernador de Entre Ríos y a destacadas personalidades, se contrató la orquesta del maestro Batlle y se programó alternar la música con recitados de poemas y canciones. Fue un éxito: se vendieron en su totalidad las entradas generales y los derechos a palcos, cazuelas y lunetas de ambas funciones. El piano fue destinado como premio para una rifa que realizaron un mes después. Días más tarde, el 17 de noviembre, María Luisa partió hacia Buenos Aires desde el Puerto de Gualeguaychú a bordo del vapor Oriente G. Eran las cuatro de la tarde de un domingo primaveral. Dejaba atrás a su ciudad querida, cuyo amor y reconocimiento seguramente le significaban más que cualquier otro honor recibido lejos de casa. Según se reseña en la edición Nº 21 de Cuadernos de Gualeguaychú, estuvo unida a su pueblo natal por la asidua correspondencia que mantenía con sus familiares y cedió tierras para que se trazara el camino al Cementerio. Esto último se relaciona con otra de sus cualidades, el uso generoso que dio a su inmensa fortuna: tanto la que heredó, ya que sus padres fallecieron cuando era adolescente, como la que amasó con su propio talento. Tanto por su fama y admiración, como por su elevada posición económica y social, mantuvo relación con las élites europeas de la época. Al punto tal que el rey de España Alfonso XIII la distinguió con el título nobiliario de Baronesa, en reconocimiento a su técnica y a su sensibilidad artística. María Luisa se estableció en San Sebastián, en la costa norte de España, donde tenía una finca a la que llamó Villa Argentina. Allí descansaba de sus giras artísticas y vivió hasta el final de sus días cuando falleció en 1949, a la edad de 80 años. En su honor, la ciudad española la homenajeó con una calle. Lo mismo hizo Gualeguaychú, pero recién en 1973, cuando nombró Guerra a la continuación de la calle Brasil, que va desde Urquiza hasta la Costanera. A este y al otro lado del Atlántico, La Flor del Plata dejó una huella singular. Protagonista de la escena musical europea hace más de un siglo, trajo orgullo a la ciudad que la vio crecer y convertirse en una joven digna de admiración; y fue un ejemplo más de las grandes mujeres gualeguaychuenses que con su vida y obra marcaron el rumbo para que otras puedan ocupar espacios históricamente vedados y desarrollen con plenitud su talento y vocación.

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