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» Clarin
Fecha: 28/02/2026 13:40
El 20 de julio de 2020, mientras medio país discutía cómo festejar el Día del Amigo en pandemia, Gustavo Scian agarró el celular y vio en Instagram un video de un matrimonio en Estados Unidos que había convertido un colectivo en casa rodante. ¿Esto existe? Yo quiero hacer esto, pensó y se lo contó a su pareja, Johanna Galguera. No tenían la más mínima idea de lo que era la vida en motorhome. Pero en ese instante, algo empezó a moverse dentro de ellos. Creo que es lindo ceder al sueño del otro. Si llevamos 35 años haciendo un tipo de vida; ¿Por qué no probar algo diferente?, explica la mujer. Gustavo Scian (36) y Johanna Galguera (39) son profesores particulares, dan clases online y, desde hace más de tres años, recorren el país con sus dos perros, Edimburgo y Pitufina; y tres gatos, Adolfa Aurelia, Mandalay e Indiana. Todos los días la familia se sube a "El Bicho", el motorhome que construyeron con sus propias manos. Todo comenzó hace diecisiete años en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) de Avellaneda. Estudiábamos Ingeniería Química y nos llevábamos muy mal. Me regaló dos chocolates, me hizo reír y acá estamos, cuenta Johanna. Gustavo se recibió de ingeniero, mientras que Johanna llegó hasta el último año de la carrera. Hoy dan clases online de matemáticas, física, química, álgebra. Todo lo que a nadie le gusta, dicen entre risas. En 2012 se mudaron juntos a Quilmes. Trabajo estable, deporte, rutina aceitada. Pero algo no les cerraba. No nos gustaba vivir ahí, dice Gustavo. Creo que lo que no nos gusta es la rutina. No nos iba mal, teníamos un buen trabajo, hacíamos deporte. Pero nos faltaba vida, sorpresa, adrenalina, confiesa Johanna. Ambos sentían lo mismo, pero fue Gustavo, quien dio el primer paso. Yo no quiero vivir en Quilmes toda mi vida cómo mi papá, le dijo a su pareja. La pareja soñó con irse a vivir al interior, pensaron en San Luis, pero las dudas sobre el trabajo los frenaron. Hasta que llegó la pandemia y el algoritmo hizo lo suyo. Al tercer día de ver el video sobre el motorhome, ya tenía diseñado el sistema solar del colectivo. Johanna lo conoce, sabe que Gustavo suele tener miles de estas ideas. Es una persona que tiene un montón de ideas raras, muchas se concretan, otras no. Yo lo dejo que viva feliz en su nube. Yo veía que estaba en la compu y miraba colectivos. Así todos los días. Lo miro y digo: Esto va en serio. Sin embargo, no era una ocurrencia pasajera. Gustavo ya estaba calculando paneles, baterías, consumo energético. Johanna también empezó a investigar: Puse esos videos de diez minutos desde cero hasta la conversión y empecé a sentir una energía y dije que lindo construir tu casa, tus muebles. Ahí entendí lo que vio él. Las condiciones de ella fueron claras: él manejaba y limpiaba el baño. Él dijo que sí y acá estamos, cuenta. Compraron el colectivo por $ 2.200 dólares y, como no les alcanzaba la plata para materiales y mano de obra, hicieron todo ellos. Electricidad, carpintería, aislamiento, pintura. Tardaron dos años y medio en terminar el motorhome. Lo único que no hicimos fueron las cortinas, que me las regaló mi mamá, se ríe Gustavo. Y agrega: No tenemos detrás una familia que nos mantenga. Yo estudié ingeniería, ella también. Nos rompemos el lomo. Durante esos dos años no hubo fines de semana libres. Terminábamos de trabajar y a las 23 estábamos dándole una mano de barniz, dice Johanna. Fueron jornadas interminables, aprendieron a soldar, cortar hierro, madera, todo a pulmón para construir su casa. Otra vida es posible, pero lleva tiempo Cuando terminaron, subieron a las mascotas y se fueron al campo de un amigo en Chascomús. Tanto ellos como sus animalitos necesitaban adaptarse a la nueva vida arriba del motorhome. Salir de la zona de confort fue otra historia porque todo bien en el campo de nuestro amigo, pero, ¿Qué pasa cuando tengamos que dormir en la calle? ¿A dónde voy? Fue muy duro, explica Johanna. Decidieron empezar por Córdoba, un lugar que conocían y donde se sentían cómodos. Al principio, dormíamos en las estaciones de servicio. Pasó una semana y le dije a Gustavo: ¿Esta es nuestra vida ahora? ¿Dormir en las YPF?, confiesa. Y agrega: Tenes ese pensamiento de ciudad que alguien va a venir a golpearte, robarte, cosas raras, explica Gustavo. La primera noche la pasaron con dos amigos en Despeñaderos, un pueblo de Córdoba. Cerraron todas las ventanas, la puerta con llave, mientras que los otros viajeros dejaron las ventanas abiertas. Empezás a ver que hay otra vida posible, pero no fue fácil, llevó tiempo, explican. El mes de prueba se convirtió en siete meses. De a poco, empezaron a vivir otra vida, una más a fin a sus deseos. No sabíamos si nos íbamos a adaptar, nos daba miedo. Pero al final ninguno quería volver. Vendimos todo, sin tener nada que nos ate. Si volvemos a un lugar es por gustó, no por obligación, eso para mí es la libertad, dice Johanna. Gustavo, Johanna y sus mascotas recorrieron casi todas las provincias. Solo les falta Formosa y La Pampa. Hemos recorridos la mayoría, no por completo, porque vamos a necesitar mucho tiempo para recorrer todo lo que nos gusta, cuentan. También estuvieron en Florianópolis, Brasil. Hoy están en Puerto Almanza, cerca de Ushuaia. Lo máximo que se quedan en un lugar es un mes, ya sea porque conectan con otros viajeros, les gustó el lugar o se cansan de la ruta. Estamos muy curiosos, dice Gustavo. Estamos en ese momento en el que necesitamos ver el mundo y nuestra premisa es movernos, agrega Johanna. La pareja ya sabe cuando tiene que guardar todo y emigrar a otro destino: ¿Cuándo nos movemos? Cuándo ya sabés que son las 17 y va a pasar caminando la señora, o aquel hombre va a hacer las compras. Cuándo ya te sentís cómodo. La pareja confiesa que pierde la emoción del viaje y necesita volver a la ruta y preguntarse: ¿Para dónde vamos?. "Nunca pasé tanto miedo en mi vida" En el Manzano Histórico, Mendoza, Gustavo y Johanna vivieron una de las experiencias más intensas de su vida. Nos acercamos a los gendarmes y le preguntamos por el Zonda. Nos dijeron; Si viene el Zonda no pasa nada, sopla un poquito. Esa noche nunca pasé tanto miedo en mi vida, confiesa Johanna. Primero un silencio absoluto. Después, un sonido grave que descendía de las alturas. Buuuuu. Lo escuchabas bajar de la montaña. Cuando pegaba nos teníamos que agarrar la mano abajo de la cama porque nos sacudía, dice. Esa noche, las ráfagas superaron los 140 kilómetros por hora. No durmieron en toda la noche, tenían miedo que su casa rodante no resistiera al Zonda. Empezás a delirar cualquier cosa, confiesa Johanna. La noche pasó y cuando despertaron, todo estaba cubierto de tierra. Unas ojeras terribles. Encima miro por la ventana y le digo a Gustavo que me parece que viene la nieve. Él me decía que era niebla, recuerda ella. Planeaban escapar cuando el viento aflojara, pero empezó a nevar. Y en vez de irse, bailaron bajo la nieve y siguieron viaje. Siempre disfrutamos el camino. Nos gusta hacer ruta unos 150 kilómetros por día, llegar a un lindo lugar y por dos o tres días no manejamos, dice Gustavo. También para cuidar a la manada que va con el cinturón de seguridad, agrega Johanna. Su lugar favorito, por ahora, es Lago Margarita, en Tolhuin. Era el paraíso, un silencio. Parecía que estabas dentro de una foto, dice Johanna. En redes reciben muchos mensajes. Me dicen; A mi me gustaría pero No hay peros, conocemos gente con este estilo de vida, con hijos, sin hijos, de diferentes países y rangos de edades inimaginables, explica Gustavo. Y agrega: Cuándo sea grande y alguien me pregunte sobre algo copado de mi vida. No quería decirles que hace 30 años doy clases en Quilmes. Quiero contar algo real, rico, una experiencia. Hoy, tanto Johanna como Gustavo no se ven estáticos en un lugar. Son felices en su motorhome, con sus mascotas, entre las clases online y los distintos paisajes. Estamos viviendo una vida más en sintonía con lo que nos gusta. En un momento trabajábamos de 9 a 17 y después cursábamos hasta las 23. Eso no es vida. Acá hay un equilibrio entre el trabajo y el disfrute, explica Johanna. Tuvieron momentos difíciles, como cuando se quedaron sin ahorros y frenaron la obra de su casa rodante por dos meses. La pareja dudó en muchas ocasiones, pero siguió adelante. Si estás leyendo esta nota y te pica el bichito, si lo querés hacer ahora es el momento porque ¿si no es ahora, cuándo?. Una vez que salís a la ruta todos los viajeros nos ayudamos", cierra Gustavo. AA Sobre la firma Newsletter Clarín
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