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» TN
Fecha: 28/02/2026 06:11
Hay historias de emprendedores que nacen en garajes, otras que empiezan con grandes inversiones y planes de negocio cuidadosamente diseñados, y después está la de José Huguet, de 24 años, que empezó en silencio, sin capital, sin manual y sin siquiera saber usar Excel, mientras intentaba salir de uno de los momentos más difíciles de su vida. En ese tiempo no había emprendimiento, marca, clientes, ni planes de expansión, era solamente un adolescente intentando entender qué hacer con su vida mientras encontraba un único refugio posible en el deporte. El básquet fue lo que me reflotó de esa situación, recuerda en diálogo con TN, y esa frase funciona como una llave para entender todo lo que vino después. Leé también: Trabajó 10 años en el INDEC, renunció sin avisarle a nadie y creó un emprendimiento que le cambió la vida La idea apareció casi por accidente cuando quiso comprarse un calzado que no conseguía en ningún lado. No había, nadie traía las zapatillas, y empezamos a escuchar en el club que todos estaban en la misma, cuenta. Lo que para muchos era una dificultad de mercado, para él fue una pregunta inevitable: si nadie las trae, ¿por qué no hacerlo nosotros?". El clic que cambió todo Tenía 16 años y estaba en una especie de crisis existencial de la adolescencia. Llegaron incluso a diagnosticarme depresión, explica. Y lo dice sin dramatismo, como quien mira hacia atrás y reconoce un paisaje que ya no habita pero que fue determinante. La depresión no llegó de golpe, sino de manera progresiva, casi imperceptible, como una suma de pequeñas cosas no dichas, de conflictos entre amistades, romances, problemáticas adolescentes, de emociones guardadas y de noches cada vez más largas. Dormía dos o tres horas durante meses, no hablaba con nadie, lo tapaba todo, lo empujaba abajo de la alfombra, contó. Pero un día, en su Rosario natal, ocurrió algo que él todavía describe como un quiebre emocional más que como una decisión racional: Tuve un clic en el que dije: Nadie me va a venir a rescatar acá, tengo que salir yo. Su primer modelo comercial fue, en realidad, un acuerdo improvisado con un vendedor que ya tenía stock y no lograba moverlo. Le dije: Yo publico tu catálogo y vemos si se vende algo. No tenía plata, no tenía nada que perder. Simplemente intentar. Durante casi un mes subió contenido todos los días a Instagram mediante su cuenta Hoop Shoes -que hoy cuenta con 164 mil seguidores- en una época en la que todavía no existían los reels ni la lógica actual de los algoritmos en las redes sociales. Con la constancia casi obsesiva de quien necesita que algo funcione, Josi, como lo llaman sus amigos, vendió su primer par. Ganó 30 dólares. Aprender haciendo, equivocarse rápido El crecimiento no fue inmediato ni ordenado, sino una sucesión de pequeñas pruebas que se retroalimentaban. Vendió tres pares el segundo mes, veinte al cuarto, leyó su primer libro de ventas, buscó tutoriales en YouTube y empezó a aplicar todo el mismo día que lo aprendía. Era adictivo, aprendía algo y lo aplicaba, veía resultado y quería aprender más, explicó. Sin formación empresarial, sin pasar por la universidad y con una educación secundaria orientada a humanidades, el aprendizaje fue completamente autodidacta. No sabía ni usar un Excel, pero tenía el negocio andando y necesitaba entenderlo, entonces aprendía porque lo necesitaba y porque sentía que eso podía crecer, reconoció. Primero vendió productos de otros, después comenzó a importar a pedido desde Estados Unidos, más tarde convirtió la casa de sus padres en depósito improvisado, hasta que su mamá puso un límite doméstico inolvidable. Un día me dijo: Tengo pelotas de básquet en la cocina, ¿qué hacemos?. Ese fue el primer indicio de que aquello ya no era un experimento adolescente. El crecimiento que se volvió comunidad El salto llegó con la pandemia, aunque no de la manera tradicional. Mientras el deporte se detenía, las canchas se vaciaban y las ventas desaparecían, él decidió hacer algo que no generaba ingresos inmediatos pero sí construía identidad. Vender no voy a vender, pero pensé que al generar contenido podía entretener a la gente que estaba encerrada, precisó. Hizo vivos, desafíos, sorteos, videos, habló con su audiencia como si fueran compañeros de equipo y no clientes. Cuando el básquet volvió, esa comunidad ya existía: La gente volvió a jugar y vino en oleada a comprarme a mí porque ya habíamos generado un vínculo. Ese nexo terminó transformándose en una estructura real, con equipo de trabajo, logística, producción textil propia y un local que dejó de ser solamente un punto de venta, para convertirse en un espacio cultural. Leé también: Cartoneaba con su marido para sobrevivir, pudo comprarse una máquina de coser y hoy se convirtió en diseñadora Hoy son más de diez personas trabajando en el proyecto, incluido su propio padre, a quien sumó cuando la empresa necesitó ordenarse y profesionalizarse. Lo contraté a mi viejo, es mi mano derecha, él me ayudó a estructurar todo lo que yo había hecho medio a los tumbos, cuenta con orgullo. Volver siempre al origen En el camino probó otras ideas, lanzó marcas que no estaban directamente relacionadas con el básquet y hasta logró que funcionaran, pero algo no terminaba de cerrar: Me di cuenta de que me estaba alejando de mi núcleo, de lo que yo era. Tomó entonces una decisión difícil pero coherente: vender su parte de Hoopers Brand y volver a enfocarse completamente en el universo que lo había sacado adelante. Hoy no solo vende indumentaria gracias a Goat Brand, sino que produce ropa especializada, genera contenido, impulsa torneos y está desarrollando un espacio con media cancha integrada dentro del local, además de una cancha completa en otro predio pensada para alquiler, competencia amateur y desarrollo cultural del deporte en Rosario. La idea no es solamente comercial, sino casi una misión personal. Quiero seguir impulsando el básquet y darle cosas al deporte en sí, resumió. En ese recorrido, incluso logró colaboraciones de indumentaria con figuras de la Generación Dorada como Facundo Campazzo y Andrés Nocioni, e incluso jugar en un torneo amateur contra el cantante de trap, Duki. Experiencias que menciona con naturalidad, como si fueran parte lógica de un camino que, visto desde afuera, parece vertiginoso. Lo que quedó de aquel adolescente A pesar del crecimiento, los viajes y los proyectos en expansión, Josi insiste en que la mayor transformación no fue económica, sino personal. No me arrepiento de nada, porque todo lo que hice y se dio me trajo hasta acá, explicó con una convicción serena, lejos del discurso motivacional prefabricado. De aquella etapa oscura conserva una enseñanza que hoy funciona como brújula: entender que todo es transitorio. Si estás en el mejor momento de tu vida, disfrutalo, pero mantenete humilde porque mañana puede cambiar; y si estás mal, también va a pasar. Esa idea de no sobrerreaccionar ni al éxito ni a la crisis se volvió su forma de tomar decisiones, especialmente en un país atravesado por inestabilidad constante: Hubo un montón de momentos malos, económicos, personales, de todo, pero entendí que son ciclos. Una oportunidad más Cuando mira hacia atrás, el punto de inflexión no fue la primera venta ni el primer local, sino un instante mucho más íntimo, casi invisible, que ocurrió cuando tenía 16 años. Me di una oportunidad más, sostiene. Esa oportunidad fue hablar después de mucho tiempo de silencio, empezar terapia, volver a entrenar, animarse a probar algo sin garantías y sostenerlo incluso cuando parecía insignificante. Lo que vino después la tienda, el equipo, las marcas, la cancha en construcción fue consecuencia de haber tomado aquella decisión inicial, la más difícil de todas, la de seguir. Y quizá por eso su historia no se explica en números ni en metros cuadrados de depósito, sino en algo menos medible pero más profundo: convertir una búsqueda personal en un proyecto colectivo donde, como le gusta repetir, soy un jugador de básquet que le vende a otros jugadores de básquet.
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