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» La Nacion
Fecha: 28/02/2026 03:00
Hay días que no comemos. Cómo hacen las familias más pobres de las zonas rurales para sobrevivir durante el verano sin comedor escolar Por Micaela Urdinez / Enviada especial 28 de febrero de 2026 Todo es difícil aquí en el Impenetrable. No nos alcanza. Los que dicen que salen a cazar conejos son los que dicen la verdad. Nosotros usamos mucho a ese animalito. Diego Armando Mercado CHACO.- Es una tarde de finales de febrero en el paraje Sol de Mayo en el Impenetrable Chaqueño. Alrededor de las tres, Mateo Serrano, de 8 años, vuelve con aire triunfante a su casa. En una mano el aire comprimido, en la otra el cadáver colgando de una paloma con las plumas desordenadas, que seguramente sea la cena. Las vacaciones se hacen largas para mí porque es un gasto, un presupuesto. Ya cuando van al colegio los chicos estoy más tranquila porque tienen la comida ahí y eso es una ventaja, dice Susana Paz, su mamá, que también sale a cazar lo que encuentra para alimentar a su familia. Desde mediados de diciembre que termina el ciclo escolar hasta que retoman las clases en marzo, las familias de bajos recursos de todo el país tienen un quiebre en su economía ya frágil: todos los hijos dejan de recibir el desayuno y el almuerzo en la escuela (o alguno de los dos) y empiezan a pasar hambre. Entran en modo supervivencia porque hay que aguantar el verano. En las zonas rurales, esa realidad es incluso más dramática y salen a cazar conejos, pájaros, corzuelas y otros bichos del monte. Comen, con suerte, una vez al día. Bajan la calidad de lo que ingieren. Los niños entran en cuadros de riesgo de bajo peso o profundizan su desnutrición. Las comunidades, en la mayoría de los casos, hacen una sola comida al día, no disponen de heladera, no tienen cocina. Si hacen una changuita, cobran la asignación o una pensión, les alcanza como mucho para diez o doce días. El resto del mes, aguantan. Comen agua con arroz, agua con polenta, agua con fideos o con harina, una cebolla si tienen. Los días que cobran, si pueden compran carne. Frutas, leche y huevo solo una vez al mes, explica Johana Schmidt, licenciada en Nutrición e integrante del Programa de Seguimiento Nutricional de la Provincia de Chaco. Según el Observatorio de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, el 57,9% de los niños cuyos padres son trabajadores marginales reciben alimentación gratuita escolar. Se estima que son alrededor de 2,2 millones de chicos, chicas y adolescentes de hasta 17 años que durante tres meses quedan en manos de que sus familias puedan encontrarle la vuelta. LA NACION recorrió durante una semana distintos parajes del Impenetrable chaqueño para ver cómo hacen para sobrevivir esta época crítica en la que el calor se torna insoportable y la comida escasea. El verano es sin dudas duro porque la actividad económica se resiente. Para la gente que vive de changas, enero es el mes en el que se para todo y eso genera mayor dificultad para las familias. Sin embargo, con la cantidad de recursos que se destinan de los programas nacionales y provinciales, no debería haber ninguna persona sin posibilidad de alimentarse. Seguramente hay población con situaciones vulnerables que están atendidas, o doblemente atendidas por Nación y por provincia, y otras que están fuera de esa cobertura dice Diego Gutiérrez, el ministro de Desarrollo Humano de Chaco, que asumió en diciembre pasado. En la provincia, 1730 escuelas tienen comedores escolares en los que se brinda el servicio de refrigerio y de almuerzo. Si bien el gobierno no está implementando ninguna iniciativa específica para reforzar estos meses difíciles, Gutiérrez señala que hay muchos programas que siguen funcionando durante todo el año como el Programa Ñachec que entrega módulos alimentarios a unas 160.000 familias, las 193.000 tarjetas Alimentar, los 1769 merenderos comunitarios y la entrega de los 5900 módulos alimentarios diferenciales a las familias con niños con problemas nutricionales por parte de la Unidad Provincial de Seguimiento Nutricional. Pasar la emergencia Al conocer la crítica situación que atraviesan las familias con niños durante el verano, distintas organizaciones sociales implementan merenderos y comedores en las comunidades más vulnerables. A la izquierda, Eladia Esteban sirve arroz con leche y pan a los chicos de Lote 58, en las cercanías de Miraflores Sin mercadería Tiene una remera que en su pecho dice Mateo y debajo tiene un dibujo de superhéroes, pero se llama Vili Esteban. Se la dieron, cuenta Sandra Quiroga, su mamá, en el paraje Lote 58, en la zona de Miraflores. Juega con sus primos sobre un colchón sucio que está en el piso y se pone a enhebrar una tanza en un palito de madera. ¿Cuántos años tiene? No me acuerdo dice Sandra y mira al piso. Ella, su marido y Vili viven en un rancho minúsculo de palos y nylon pegado al de su hermana. Se ve una cama afuera, una olla apoyada en el techo y no mucho más. No tenemos mercadería, dice Sandra. Hace media hora, Mateo asistió al merendero que organiza la ONG Puentes del Alma en su comunidad. Le dieron arroz con leche en una taza que comió con una cuchara y un poco de pan. Esto comenzó hace un par de años y lo llevamos adelante durante varios veranos en los que dimos almuerzo. Arrancó porque durante todo el año íbamos evaluando que los chicos no tuvieran bajo peso y cuando regresaban al inicio escolar, estaban bajos de peso. Entonces arrancamos con el comedor de verano. Eso se nos hizo cada vez más difícil y optamos por hacer una merienda que se dio el año pasado y este último verano, contó Patricia Bonadeo, integrante de la organización Puentes del Alma, que trabaja apoyando a escuelas de pueblos originarios en Chaco y Santiago del Estero. Las cocinas de las familias son muy precarias y siempre están afuera de la casa, ubicadas bajo una galería. Como no tienen gas, cocinan con leña (que sacan del monte) en una olla a la que le ponen lo que hay. La mayoría no tiene heladera ni freezer y por eso comen lo del día. Las que tienen la suerte de tener algún animal como cabras o vacas, están obligadas a venderlo o lo carnean y lo comparten con el resto de las familias para que no se eche a perder. Cocinar con lo que se tiene Siempre se hace con leña que sacan del monte, al aire libre (o bajo un techo) en el que ponen una olla a hervir y tiran lo que les queda: fideos, arroz, polenta, quizás algo de cebolla y si tuvieron suerte, la carne de lo que hayan cazado en el día Siempre se hace con leña que sacan del monte, al aire libre (o bajo un techo) en el que ponen una olla a hervir y tiran lo que les queda: fideos, arroz, polenta, quizás algo de cebolla y si tuvieron suerte, la carne de lo que hayan cazado en el día Sobrevivir a mate cocido "Hay días que comemos y días que no, dice Margarita Lescano del Paraje Graciela, en la zona de Taco Pozo y se quiebra. No puedo hablar, dice y las lágrimas se le confunden con el sudor de soportar 48 grados. Todos los días, Margarita se enfrenta con la angustia de darle de comer a sus seis hijos y ya casi no le queda mercadería de las donaciones que le dejó La Chata Solidaria a fines de diciembre. Hoy almorzamos milanesa de conejo, cuenta sentada en una silla con Morena, su hija menor de 3 años, sentada en sus piernas. A la noche, ¿tienen algo para comer? No, más que nada mate cocido y pan. Nosotros conociendo esta situación y para tratar de mitigarla, en diciembre llevamos la mayor cantidad de alimentos posibles a las escuelas que atendemos y les decimos a los directores que se los den a las familias. Claramente es insuficiente porque la necesidad es muy grande y la situación es dramática. Sabemos que los chicos durante el verano pierden mucho peso que después cuesta mucho recuperar, explica Jerónimo Chemes, fundador de La Chata Solidaria. Las familias esperan a cobrar la Asignación Universal por Hijo o las pensiones a principio de mes y hacen una compra grande en el pueblo con lo mínimo indispensable: harina, arroz, fideos, aceite, yerba, mate cocido, azúcar y leche. Si alcanza, algo de huevos y carne. Eso lo tienen que racionar durante todo el mes. El problema para los que viven a muchos kilómetros es que tienen que pagar un flete de entre $100.000 y $200.000 porque no tienen movilidad y les queda poco dinero para comprar. Todo es difícil aquí en el Impenetrable. Yo trabajo de jornalero en el campo, hago postes o manejo a los animales. Se puede vivir apenas con eso. No nos alcanza. Los que dicen que salen a cazar conejos son los que dicen la verdad. Nosotros usamos mucho a ese animalito, dice Diego Armando Mercado, su marido. Más niños con bajo peso Son las 10 de la mañana y Tamara Canducho (23) intenta darle la teta a su hija Tamara de casi 3 años que tiene riesgo de bajo peso y riesgo de baja talla. Está sentada afuera de su casita de adobe y techo de chapa en el paraje Qom de Río Colorado, en la zona de Juan José Castelli. Allí vive con sus padres, su hija y su pareja. Prueba con un lado, después del otro. Se rinde. Su mamá le alcanza una mamadera y ella camina hasta un tinglado para ponerle un poco de leche en polvo y agua. La mezcla en el aire. Intenta dársela a su hija pero ella juega y apenas toma. Media hora más tarde, va con su hija a la atención nutricional que está haciendo Monte Adentro en el salón comunitario. Hace unas semanas en el último control que le hicieron pesaba 10,6 kilos y ahora está en 9,8. Bajó un poco de peso, le explica Schmidt, la nutricionista que le hace un montón de preguntas y le entrega un bolsón con alimentos y leche. En Castelli y en los parajes hay muchísimos casos de bajo peso, baja talla y riesgo de bajo peso. Más de 200 y debe haber más porque muchas veces no se accede a todos. Y en lo que es la zona, hay bastantes casos de tuberculosis. Los chicos en su casa comen con suerte una vez al día. Ahí les faltan todos los nutrientes, principalmente las proteínas que están en la carne, en los huevos, y en la leche y es para que los chicos crezcan, para el desarrollo de la masa muscular y de todos los órganos del cuerpo, agrega Schmidt. Juano Chalbaud es el fundador de Monte Adentro, una ONG que trabaja para el desarrollo integral de las comunidades del monte chaqueño. A fin de año pasado, empezó a recorrer los distintos parajes para detectar cuáles eran los que estaban en situación más delicada para conseguir alimentos durante el verano. Con mucho esfuerzo, decidieron abrir Escuelas de Verano que, además de actividades educativas, deportivas y culturales, por primera vez ofrecieron almuerzo en 12 comunidades Qom, Wichí y criollas. Río Colorado es una de ellas. Es una realidad que nos toca muy profundamente y nos mueve a actuar con urgencia. Siento que esto es algo histórico de la región del Impenetrable porque hay muchas comunidades que hace muchos años, una y otra vez, vienen sufriendo la escasez de alimentos necesarios para poder cubrir los nutrientes básicos para la infancia pero también para los adultos, explica Chalbaud. Durante el verano, las lluvias y el calor hacen que sea más difícil para los hombres llevar adelante los trabajos pesados y las changas. Por ende, los ingresos familiares se reducen y el acceso a los alimentos también. El impacto más dramático es en los niños. Hace poco visitamos una comunidad en la que durante el año teníamos un solo caso de bajo peso de niños menores de 6 años y ahora encontramos cinco. Es un montón. A veces también el tema de la falta de agua, profundiza las situaciones de bajo peso, agrega Chalbaud. En cuanto termina la atención nutricional en Río Colorado, las mujeres de la comunidad avisan que la comida que estuvieron preparando desde la mañana está lista. Cada una de las personas va hasta su casa a buscar un plato para que les sirvan pollo con zanahoria y tomate. Tamara, que está en brazos de su mamá, sonríe y con sus pequeños dedos se lleva una alita a la boca. Cómo ayudar: Pata Pila: donando al alias gracias.pata.pila.mp Puentes del Alma: donando al alias puentes.del.alma Monte Adentro: donando al alias monte.adentro.chaco La Chata Solidaria: donando al alias lachatasolidaria Créditos - Diseño Andrea Platon Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados
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