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» Clarin
Fecha: 27/02/2026 06:57
Lo que más admiro de la política argentina en estos tiempos es la coherencia: la correspondencia entre palabras y hechos, ideales y modelos. ¡Nunca antes había visto tanta fidelidad a los principios! ¿O no? Tomemos, por ejemplo, a la oposición peronista. Contra la reforma laboral ha desatado el infierno, su repertorio más incendiario: es «esclavista». Insensible al ridículo, ajeno a la decencia, alguien evocó «los campos de concentración», otros la «pueblada», incluso «el helicóptero». ¿Por qué sorprenderse de que estalle la violencia? Si hay «esclavitud», ¡es lo mínimo! Las palabras son piedras, deben manejarse con responsabilidad. Nos guste o no, la reforma es legítima. Es para hacer leyes similares que la mayoría de los argentinos votaron a Milei. Sorprenderse es cosa de sordos o hipócritas. La idea es que un mercado laboral más flexible y menos protegido facilite el crecimiento económico, cree empleo y reduzca la informalidad. ¿Funcionará? Hay que ver: ojalá bastara con una ley para cambiar mentalidades y comportamientos arraigados, para generar el espíritu emprendedor y la ética del trabajo que tanto escasean. Pero no es una idea descabellada, ni una primicia mundial. Es normal que no le guste a los sindicatos, al peronismo y a muchos otros. Tienen todo el derecho a protestar, a proponerse, si obtienen el consenso para hacerlo, de cambiarla o cancelarla. Pero no lo tienen de amenazar con violencia y oponer el veto de su plaza, la voz de una parte, al voto del Parlamento, la voz de todos. Ni a calificarla de «inconstitucional»: eso, en todo caso, lo dirá la Corte. ¿Cuándo aprenderán el abecé de la democracia? ¿Cuándo comprenderán que no son los amos de ningún «pueblo», los monopolistas de ningún «ser nacional»? Basado en la fe antes que en la razón, en la convicción antes que en la responsabilidad, el peronismo no se pregunta por qué provoca tanto rechazo y pierde elecciones. No: canta la marcha peronista y llama a la Resistencia, invoca clases obreras ya extintas y desconoce los trabajadores existentes. Su calendario está detenido en el 17 de octubre: los mitos lo clavan al pasado, el dogma a la conservación. De ahí las grotescas incoherencias. Y con las incoherencias, la falta de credibilidad. ¿Está seguro de que le conviene apelar a Perón? ¿Sabe que Perón dijo todo y el contrario de todo, que fue el primero en atacar al monstruo que él mismo había creado, el Estado sindical? ¡Basta de ausentismo, tronó en 1955, más productividad! El bienestar requiere que se produzca riqueza. ¿Un medio «esclavista»? De Perón desciende también Menem, y de Menem, Milei. Medio esclavista menos que Fidel Castro, que fue esclavista en toda la extensión de la palabra, no en sentido metafórico: su régimen eliminó la libertad sindical y prohibió el derecho a la huelga. Sin embargo, precisamente en La Habana se le ocurrió postrarse mientras denunciaba la «esclavitud» en Buenos Aires el más peronista de los peronistas, Juan Grabois. Si no fuera patético, sería cómico. Resultado: si esta es la oposición, Milei duerme tranquilo; si esta es la «izquierda», tiene la «derecha» que se merece. Y viceversa. Sí, porque Milei tampoco destaca por su coherencia. ¿Quién recuerda su toma de posesión como presidente? ¿Su pomposo compromiso de alinear a Argentina con Occidente, sus anatemas contra las autocracias, su ardiente abrazo a Zelensky? Dos años después, no hay duda: todo eran mentiras. Muchos habrán sonreído divertidos al verlo cantar el karaoke abrazado a Víktor Orbán. Pero al día siguiente, el primer ministro húngaro vetó las ayudas de la Unión Europea a Kiev. La enésima bofetada a Occidente, el enésimo regalo a Putin, una afrenta a su amiga Meloni. No se trata de alianzas improvisadas: Argentina ya se había abstenido en las Naciones Unidas en la resolución que instaba a Rusia a retirarse de Ucrania. Una media traición. Milei no tiene reparos en decirlo: mi política exterior es la de Estados Unidos. O mejor dicho, de Trump. Como si Trump fuera eterno. ¿Es prudente?¿Es previsor? Preguntas inútiles: Argentina se ha subido entusiasta a su Board of Peace, un commonwealth trumpiano en cuyos estatutos no hay rastro de democracia ni derechos humanos, donde el gran ausente es, precisamente, Occidente. ¿Milei no conoce la geografía y no sabe dónde se encuentra? ¿Tiene lagunas en historia y no sabe lo que significa? Así que, tras dejar de lado la nefasta alianza kirchnerista con Cuba y Venezuela, Argentina se sienta ahora junto a Bielorrusia y Turquía, al Vietnam comunista y a la Arabia islamista, a regímenes confesionales o autoritarios, nada más alejado de los ideales libertarios. Mientras que en patria se abreva de intelectuales islamófobos, en el extranjero Milei va del brazo con Indonesia y Uzbekistán, Egipto y Qatar. Vende como bálsamo libertario la sumisión a Trump, cuando los libertarios norteamericanos denuncian el abuso trumpista del poder estatal. En fin: un cambalache, más cinismo que pragmatismo, más oportunismo que realismo. Algunos dirán que he descubierto el agua caliente, que en política lo que cuenta es la conveniencia, no la coherencia, el resultado, no la intención. Que Maquiavelo, en definitiva, goza como siempre de excelente salud. Es verdad. Pero solo hasta cierto punto. Porque la política es más compleja de lo que parece; también se compone de bienes invisibles que, si se descuidan o se maltratan, tarde o temprano pasan factura: coherencia, credibilidad, confianza, reputación. Decir una cosa y hacer otra, doblegar los principios a las conveniencias, creerse más vivos que los demás, puede dar éxitos transitorios. Pero produce daños permanentes. Loris Zanatta es profesor de Historia de la Universidad de Bolonia. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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