26/02/2026 20:09
26/02/2026 20:09
26/02/2026 20:08
26/02/2026 20:07
26/02/2026 20:07
26/02/2026 20:07
26/02/2026 20:07
26/02/2026 20:05
26/02/2026 20:05
26/02/2026 20:05
Concordia » Diario Junio
Fecha: 26/02/2026 18:20
Argentinos: lo peor no pasó, está por pasar El pueblo es consciente de que nada será lo mismo. Pareciera que han guardado para siempre aquellas ideas de igualdad, de solidaridad, de fraternidad, guardando las sonrisas y los abrazos. Ahora se vive el sálvese quien pueda, menos para los que tenían todo y van por más. Despierten, no es una pesadilla, es la realidad. Las imágenes atroces de Javier Milei y su séquito, sus penosas performances en perfecta armonía con su ignorancia cruel, nos ocupan el tiempo y la furia contenida. Quizá no debería ser solo eso. Sabemos de hace tiempo que Milei no es la causa, sino un síntoma de lo que nos pasa como sociedad. Milei también nos pasa. Él reproduce lo que nos pasa. Es una comparsa y un disimulo. Sabemos que Javo fue construido por otro poder que tiene un nombre tan difuso que parece no designar a nadie. El responsable de este engendro, quien lo encontró, lo mimó, produjo y lo instaló, es el sistema que lo concibió: un sistema difuso que no se agota en los nombres que, paso a paso, lo construyeron. Quienes lo votaron una y otra vez, y lo seguirán votando, no son los desengañados de ayer. Vienen de la noche de los tiempos, de los pusilánimes, ignorantes y ambiciosos que siempre estuvieron entre nosotros. Son los representantes de los que en la Década Infame aceptaban el fraude para que no ganara la chusma; los lectores de Gente con Chiche Gelblung apostando a la dictadura; los autohipnotizados por Bernardo Neustadt y Marcelo Tinelli; los que se encogieron de hombros mientras se ametrallaba a sus compatriotas en la Plaza o se los arrojaba vivos desde los aviones de la muerte; los que festejaban las gracias del Rey de Anillaco y reverenciaban la sacrosanta Convertibilidad. ¿Es que acaso no los conocen? Si son los que escupen tu voto y esconden la mano. Pero ellos, con haberlo puesto en el trono, no son los dueños de Milei y mucho menos sus mandantes. No está allí para hacer su voluntad, sino la voluntad de otros: la voluntad del sistema. Son aquellos que han puesto allí a Milei para que baile y se babee hasta las náuseas, mientras ellos gobiernan y reducen el gobierno a su antojo y medida. Hubo un tiempo en que los poderosos tuvieron que hacer la manga ancha. Su manera de ejercer el poder tenía un talón de Aquiles: la legitimación por los votos. Esa democracia fingida, en los hechos un esquema restringido de plutocracia, poco a poco fue horadada y disputada por las masas. Había un credo laico que decía: Con la democracia se come, se educa, se cura, que también lo dice de otra manera la Constitución. La tensión entre un modelo y otro nos llevó el siglo XX: gobiernos populares, dictaduras y un largo etcétera. Pero hoy, aquí, en esta parte de Occidente con olor a patio trasero que habitamos, esa manga ancha ya no es necesaria, ya no oculta ni promete. Ahora, y no solo acá, habitamos el simulacro de la democracia: un escenario y espectáculo degradado donde bailan bajo las luces seres rotos, aplaudidos por millones, mientras tras bambalinas se cuecen las desgracias que habremos de tragar. La razón del sistema está en otra parte: en la acumulación obscena de la riqueza en los paraísos fiscales por más de US$ 400 mil millones fugados al exterior, mientras que en el otro lado del muro un manto de miseria cubre a gran parte de la población. Es que una es condición y consecuencia de la otra, y viceversa. Y ya no se puede ni se quiere disimular. Para seguirle el hilo basta ver el desmantelamiento del sistema del derecho que han emprendido, la colonización clasista del sistema de justicia que empezó con Mauricio Macri y el lawfare como garantía de impunidad, y la demolición de leyes que regulaban mínimamente la convivencia social. Solo podemos auscultar el júbilo apenas disimulado de los ricos, cada vez más ricos y más desvergonzados. Que todo esto se haga con la anuencia o la indiferencia de la mayoría de la población, sin que aparezca ni por asomo ese sujeto político llamado ciudadano, debería alertarnos. Allí tenemos de resultado una clase política tan corta de miras que legisla los clavos de su ataúd; una corporación judicial que asume sin maquillaje su condición de gendarme de los poderosos; una prensa adicta al escándalo y la corruptela. Esto es lo que nos moldea. ¿Y cuál es el escenario que nos espera? Quizá tenga razón Milei: vamos a una sociedad de castas. Los poderosos, cada vez menos, cada vez más invisibles y aislados. Y una comparsa plebeya devorando las migajas que se ganan, haciendo de gestores y gendarmes. Y el resto, cada vez más numeroso y prescindible, donde la existencia se define agónicamente como no caer en la indigencia. En la que pertenecer a la casta aceptable siempre es un pase provisorio, pagadero día a día, con el abismo de la pobreza abriéndose a los pies. Pero cuidado. Este experimento no es el huevo de la serpiente. Es una serpiente que está presta a devorarnos en forma absoluta como país, y no nos damos cuenta. ¿Qué respuesta podemos dar? ¿Fingir demencia o indiferencia total, yo ya viví? ¿Suplicar un lugar que nos niegan, repetir viejas canciones con aire nostálgico? No, no parecen las mejores estrategias. Apostar a que cada dos años vayan y voten diferente, como lo vinieron haciendo, parece un exceso de esperanza. Tampoco parecería conveniente esperar que otros se hagan cargo de sus muertos vivos y se lleven al nuestro. No pensaba, a esta altura de nuestras vidas, llegar a tiempos tan extremos de pobreza de pensamiento crítico mínimo de esta sociedad anestesiada que sufre de un pacifismo burgués, que es una ideología inconsciente que busca mantener el status de las clases dominantes bajo la fachada de una esperanza de futuro, que es como nuestra propia sombra que nunca nos alcanzará. El pacifismo burgués perpetúa el ciclo de dominación y desigualdad, defendiendo aunque no se den cuenta los intereses de las clases poderosas. La palabra de moda es la resiliencia, que es un pacifismo mal entendido, que encubre la sumisión bajo un disfraz de virtud y la resignación vestida de fortaleza. La resistencia activa sí vale. Como diría Juan Bautista Alberdi antes de morir: Si lo ves al futuro, decile que no venga.
Ver noticia original