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  • Las vías del terror: una obra para vivir con miedo la historia del tren en Gualeguaychú

    Gualeguaychu » Municip. de Gualeguaychu

    Fecha: 26/02/2026 12:19

    Las vías del terror: una obra para vivir con miedo la historia del tren en Gualeguaychú La experiencia convocó a varios contingentes de no más de 15 personas, cuyos integrantes recorrieron y conocieron las instalaciones gracias a las historias trágicas de las almas en pena que habitan por siempre entre los vagones y las vías del tren. Este miércoles por la noche tuvo lugar en el Museo Ferroviario la obra Las vías del terror, una experiencia teatral inmersiva que hace que el espectador no sólo recorra la vida del tren en Gualeguaychú, sino que también experimente las historias más perturbadoras, terroríficas e inconclusas que han marcado a fuego el día a día de este medio de transporte, que ha traído vida a la ciudad, pero también muerte y desgracia para algunos protagonistas. La obra, que tiene 30 minutos de duración y recorre las instalaciones más importantes del Museo Ferroviario, comienza en el hall principal de la Casa Rosada, donde el alma en pena del sereno de la estación oficia como una especie de Virgilio que guía al contingente a lo largo del recorrido. Si bien el sereno comienza enumerando y describiendo los beneficios que el ferrocarril trajo a la ciudad, enseguida su tono se desvía y rumbea a esas historias de desgracias, muertes y suicidios; historias que también mellaron a sangre y fuego la vida del tren. La parada inmediata lleva al vagón comedor, una de las piezas principales del museo. Allí, un camarero y una cocinera realizan las labores propias de su oficio mediante las formas y herramientas típicas de un pasado que ya no volverá. En un tono que denota tensión entre ambos, se describe con sutileza cómo era la vida cotidiana en ese centro de reunión por excelencia del tren. Sin embargo, los reproches entre ambos dejan en claro que entre ambas almas en pena existe una traición, un desplante, una herida unidireccional que no puede cicatrizar. Entre reproches y justificaciones, la escena deriva en una tragedia que sucede ante los ojos del contingente de 15 personas, cupo limitado para que todos vivan esa experiencia a carne viva y a flor de piel; porque más que espectadores, todos los presentes son testigos de desgracias del pasado que vuelven a vivir de manera espectral. Consumada la desgracia, el sereno de la estación lleva al contingente a la salida del vagón comedor, donde todos pueden ver de qué manera funcionaba esa cocina que alimentaba y agasajaba a los viajeros de épocas de antaño que cada vez parecen más remotas. La siguiente parada se realiza en las vías, más específicamente delante de la Locomotora 81, donde un cartel que reza que el ferrocarril no se hace responsable en caso de accidentes anticipa con disimulo la acción. En ese tramo, se ve a un joven caído en la miseria, en la locura y en la desesperación que decide utilizar al tren como arma final de su sufrimiento. Inmediatamente, una mujer encuentra el sangriento desenlace, y mientras niega una realidad que la perseguirá más allá de la muerte, se muestra incapaz de aceptar que ese despojo humano que ahora es un alma en pena es la carne de su carne. En todo momento, Las vías del terror hace uso de la música incidental para marcar el ritmo de la obra y es una de las encargadas de generar los jumpscares (sustos repentinos). Además, el uso de las herramientas sonoras típicas de la vida del ferroviario, como las campanas, los silbatos o los ruidos de las ruedas del tren sumerge a los presentes en un pasado que se niega a morir. La parada final es en el Coche 666, la última joya del museo, un vagón camarote que las clases altas y acaudaladas utilizaban de manera ostentosa para su propia comodidad y privacidad. Allí conocemos el pasado de dos amantes de la alta alcurnia caídos en la desgracia. Sin sus amados bienes materiales, el sentido de la vida deja de existir, y sus miserias quedan reflejadas en el hecho de que es más importante la plata perdida que el amor que supuestamente existe entre los dos. Una vez más, el contingente puede conocer todos los espacios banales y lujosos del Coche 666, mientras la pareja de espectros queda condenada a vivir por toda la eternidad su trágico y sangriento final. De esta manera, el recorrido llega a su final, y es el mismísimo director del Museo Ferroviario, Dardo Campoamor, el que saluda a todos los presentes y agradece la predisposición. A modo de despedida, pide a todos que le presenten el boleto que les entregó en la entrada, y como se hacía antaño, marca el boleto para que nadie vuelva a subir. Una acción que en sí misma encierra una metáfora final: todos, pero absolutamente todos, tenemos el boleto picado. Sobre Las vías del terror Con dramaturgia y dirección de Belén Barreto, la obra nos sumerge y obliga a ser testigos directos de cómo la antigua estación de trenes de Gualeguaychú vuelve a cobrar vida o algo parecido. El público no solo recorre un espacio histórico, sino que atraviesa relatos oscuros que parecen haber quedado atrapados entre andenes, vagones y rieles. Historias de esperas eternas, amores envenenados, destinos truncos y pasajeros que jamás descendieron. Guiados por un sereno tan enigmático como inquietante, cada paso acerca a los visitantes a un viaje donde el pasado susurra, los espectros acechan y el tren quizá nunca se haya ido del todo. Porque hay viajes que terminan. Y otros que recién comienzan.

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