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  • Tenía 33 años, fue a la guerra en sus vacaciones y lo mataron con más de 50 balazos

    » TN

    Fecha: 26/02/2026 07:09

    Octubre de 1970. En el sinuoso y destrozado camino que lleva a Phnom Penh, un pueblo camboyano, un auto contra un árbol a una decena de metros de la ruta. La trompa arruinada, las puertas abiertas. No hay nadie adentro. Tampoco rastros de sangre. Las ruedas no tienen pinchaduras y el chasis, ningún orificio de bala. Unos metros más allá dos cuerpos entre los pastos altos. Habían sido acribillados. Desde muy cerca. Tenían más de 50 balazos cada uno. Los habían emboscado. Uno era el periodista Frank Frosch. El otro, Kyoichi Sawada, fotógrafo. Tenía 33 años y se había convertido en los ojos de la Guerra de Vietnam, sus fotos mostraban el horror como pocas. ¿Por qué lo mataron de esa manera? ¿Les quisieron robar? ¿Los confundieron con alguien? A 56 años de su asesinato, el misterio persiste pero son muchos los que creen que se trató de un ajuste de cuentas, una represalia porque sus fotos no gustaban, molestaban, revelaban la verdad, denunciaban. Tanto que se volvió insoportable. Y algún superior expuesto por alguna de sus fotos ordenó asesinarlo, aprovechando el ruido de la guerra para que el crimen quedara impune. Leé también: De carpinteros y plomeros a asesinos en masa: el dilema del Batallón 101 en la Alemania nazi Tres años antes había ido de vacaciones a la guerra. Así fue. Kyoichi Sawada estaba por cumplir 30 años y trabajaba como fotógrafo en la sede de Tokio de Associated Press International (API), una agencia de noticias. Pidió que lo enviaran a cubrir la guerra de Vietnam que en 1965 era el conflicto más caliente del planeta (lo seguiría siendo por unos cuantos años más). Sus jefes no cumplieron con su deseo. Argumentaron que Vietnam no era un conflicto en el que Japón estuviera involucrado y que eso no generaba el interés suficiente como para que se justificara el gasto de mandarlo allá. Se conformarían con lo que llegaba por el teletipo. Sawada aceptó con obediencia nipona. Cuando seis meses después llegaron sus vacaciones, viajó a Vietnam por su cuenta. La guerra estaba en uno de sus muchos momentos álgidos. Mejor para él. Se internó en los pastizales, en los ríos marrones y peligrosos, bajo el viento enredado por los helicópteros, en las aldeas humeantes, en las trincheras plagadas de cadáveres. Registró la guerra ya no de cerca sino desde adentro. Y lo que mostró no fueron los grandes movimientos de tropas, los armamentos sofisticados o los generales orondos. Su ojo logró radiografiar el drama humano. ¿De qué está hecho un corresponsal de guerra? Alguien que pasea entre los tiros, al que las bombas ya no lo despiertan de noche, uno que cruza fronteras si nada más que una mochila y su esperanza de encontrar una buena historia, una gran foto que atrape el drama. Los directores de redacción de los diarios y de las revistas de antes descubrían de inmediato quien tenía pasta para meterse entre tanques, ráfagas de ametralladoras, escasez, toques de queda y muerte. Mucha muerte. Personas con algo de temerarios y, al mismo tiempo, con una impasibilidad en medio del riesgo de la que carecen el resto de los mortales (y de paso ellos gracias a su oficio son más propensos a convertirse en mortales, en la otra acepción del término). Son, por lo general, personas adictas: a la adrenalina y a contar historias, a develar lo que suele estar oculto o, peor aún, lo que los otros no quieren ver. La decisión de viajar hacia las zonas calientes no surge de una deliberación interna. Un corresponsal es llevado por una pulsión, una fuerza invisible, un viento irresistible que lo empuja hacia la guerra. El fotógrafo de guerra, además, no tiene lugar para lo apócrifo o la impostura. No puede mentir que recorrió una trinchera, que sufrió un bombardeo. El registro en imágenes no lo deja mentir. Tampoco puede ejercer su oficio, su misión -hay algo litúrgico en su entrega-. desde la distancia. Es imprescindible que esté bien cerca, jugándose la vida con cada foto. Las fotos muestran lo que los demás medios no pueden. La verdad. Eso que siempre se vuelve tan elusivo, tan frustrante y a veces tan insoportable. Mucho más en una guerra. No hay artificio posible, ni edición, ni frases dichas a medias. Un soldado corriendo a campo traviesa, con el terror instalado en sus ojos, mientras a pocos metros de él, entre el pasto alto, hay otro al que le acaban de acertar un disparo, los brazos extendidos, la boca abierta y los ojos vacíos. Un soldado cargando a una anciana vietnamita, casi raquítica, para apurar la evacuación de una aldea. Otros dos apuntando con sus armas parapetados detrás de una ventana de una vivienda derruida. Las fotos más icónicas de Kyoichi Sawada en Vietnam Una madre, o tal vez una abuela, con un chico en brazos que no tiene más de cuatro años. Su boca está deshecha; le falta un pedazo y la sangre ya seca se amontona cerca de la barbilla. En otra, decenas de chicos y chicas rodean a una anciana. Los gestos de todos reflejan tensión, tienen los brazos levantados y las manos cruzadas en la nuca. Fueron detenidos. Fuera de campo está el peligro: hay soldados que los apuntan. O la del soldado y la mujer detenida contra una pared en lo que había sido una ciudad. Ese muro parece que es lo único que ha quedado en pie. El piso debe ser de tierra pero sólo es una suposición, no se ve. Todo está cubierto de escombros. La mujer los pisa descalza. Una de sus fotos más estremecedoras se llama Flee to Safety (Escape a la seguridad). Una mujer y sus hijos atraviesan el río. Están en el medio del agua. Ella lleva un bebé en brazos: es el único que su cara no denota terror. La madre mira hacia el horizonte, busca la orilla, calcula lo que falta para que todos estén a salvo. A su lado dos nenes. El más chiquito está al borde del llanto pero sigue caminando. El hermano mayor detrás de él como custodiando el paso del resto tiene la frente arrugada por la preocupación y el dolor. Al lado de ellos hay una quinta persona. ¿Es una mujer? ¿Es la hija de esa madre que está escapando con sus hijos? Debe ser una nena prematuramente avejentada por el pánico, por la guerra, por la barbarie. La historia detrás de la foto que fue galardonada en 1965, una de las miles que Sawada sacó en sus vacaciones: los soldados norteamericanos ingresaron a la aldea de Quy Nhon y ordenaron la evacuación inmediata de mujeres, niños y ancianos. Habían recibido un ataque reciente desde allí que había producido varias bajas. Buscaban la revancha y sabían que en la aldea se escondían varios combatientes que utilizaban a las mujeres y niños casi como escudos humanos. Iban a bombardear e incendiar el lugar. Así lograrían que sus enemigos salieran de sus guaridas o los matarían. Esa familia a la que el río cubre hasta sus hombros no mira para atrás. Está dejando su casa y, seguramente, muchos afectos. Pero tienen que irse, escaparse. La más célebre de sus imágenes, por la que ganó el premio anual de World Press Photo, el segundo consecutivo para él, y el Premio Pulitzer de fotografía. Fines de febrero de 1966. Un vehículo blindado con dos soldados encima. Uno tiene sus manos en una ametralladora; pero no está alerta ni amenazante; lleva una gorra de tela, campera sin mangas y bigotes y unas patillas curvas que le llegan hasta la mitad de las mejillas. El otro, en un costado, sentado con las piernas cruzadas, usa una de sus manos como pantalla para poder encender un cigarrillo. De la parte de atrás del vehículo salen dos sogas que atan los tobillos de un hombre. Un miembro del Vietcong. Lo arrastran boca abajo por la arena. Ya está muerto. O eso preferimos creer. A los del blindado, sus enemigos, no le importa demasiado. Un día más de trabajo. ¿Murió en ese traslado? ¿Lo llevan al lugar en el que será enterrado? ¿Es un paseo triunfal? ¿Una manera de aleccionar a los pobladores vietnamitas de esa aldea? Las preguntas se amontonan pero la imagen conmociona. La naturalidad del horror. Llegaron los premios, el prestigio, el reconocimiento de sus jefes que comenzaron a permitirle dirigirse a los destinos que él señalaba. Entre esos reconocimientos hubo un ascenso. Lo nombraron editor fotográfica de API. Un gran error. No servía para el trabajo de oficina. Sentía que cada día detrás del escritorio se moría un poco. Él quería, necesitaba, estar en el campo de batalla. Otra vez Vietnam. Apenas llegó, regresó al pequeño pueblito donde sacó la foto de la familia escapando, para buscar a las personas que habían oficiado de involuntarios modelos. Tuvo que rastrearlos hasta poblaciones vecinas, la aldea de Quy Nhon estaba destruida y casi nadie vivía allí. Cuando los encontró se enteró de que los chicos pertenecían a dos familias distintas. Distribuyó entre ellos lo que había cobrado por el Word Press Photo. Desde aquellas primeras fotos bélicas del siglo XIX, las fotos de los campos de batalla arrasados o de los soldados magullados pero posando de la Guerra Civil norteamericana, hubo una evolución. Otra guerra civil, la española, más de medio siglo después dio otra imagen icónica: La muerte de un Miliciano de Robert Capa, posada o no (todavía hoy persiste la polémica), se convirtió en una leyenda, ese hombre flameando por las balas. La Segunda Guerra dio muchas imágenes paradigmáticas: el desembarco de Normandía, la bandera de Iwo Jima, la cabeza suelta del alemán que se detonó en Berlín al final de la guerra, el paisaje desolador de la playa de Tarawa en el Pacífico. Esta última muestra bien algunas de las características de las imágenes de esa contienda, al menos de las que circulaban entre los Aliados. Al fondo delimitando el horizonte, una larga fila de palmeras. El agua cristalina moja la arena. Alrededor, en ese paisaje paradisíaco, todo es muerte y desolación. Sembrados por la arena, decenas de cadáveres. Apenas algunos de los tres mil norteamericanos y cinco mil japoneses que murieron en esos tres días que le costó a las tropas norteamericanas desembarcar en esa playa, considerada crucial en la lucha por el Pacífico. Los cadáveres son todos de norteamericanos, caídos en el intento por tomar el lugar. Alrededor pertrechos de guerra, proyectiles, armas sin dueño, cascos sobre la arena. Los cuerpos están amontonados. La mayoría boca abajo. La foto carece de algo: caras. No hay ninguna. No se ve ninguna cara. No se puede identificar a nadie en esa foto. Y en ninguna otra foto fotografía publicada durante la Segunda Guerra por orden del Departamento de Estado. Pero en Vietnam esa prohibición, ese veto, no rige. La televisión compite con informes diarios, los cronistas de guerra cuentan las miserias de las tropas perdidas en la selva asiática. Y los fotógrafos muestran el drama. Se puede contar la guerra de Vietnam a través de algunas grandes imágenes. Como el color ya había entrado, como las grandes revistas habían dejado atrás el blanco y negro, la sangre ya no era una mancha grisácea. Está la del jefe de policía Nguyen Ngoc Loan disparando en la sien de un enemigo delante de los periodistas, la de los chicos corriendo por la ruta luego de un ataque aéreo con Napalm: los chicos lloran, están descalzos y una chica de nueve años corre desnuda mientras grita desolada. En la tercera la muerte también está fuera de campo. Es de la masacre de My Lai cuando soldados norteamericanos ingresaron en esa aldea vietnamita arrasando con todo lo que encontraron a su paso. Fusilaron a más de 200 hombres, quemaron sus casas y violaron a las mujeres. La foto de la que hablamos es la de una mujer grande, apoyada contra la entrada de una choza. Otra la abraza por detrás. Llora con desconsuelo y bronca. Como llora alguien que acaba de perder todo lo que ama. Como se llora cuando se ve aquello que nunca se pensó posible. En este catálogo podría figurar cualquier fotografía de Kyoichi Sawada. Sus fotos siempre tienen caras. La del soldado moribundo (el coronel Hammon reconocido por sus familiares y compañeros retratado en sus últimos segundos de vida), la de los vietnamitas que acaban de ver morir a sus seres queridos, la de los niños que tratan de escapar al horror, la del chico que, alterando el orden natural como hace la guerra, conforta a una mujer mayor dolorida. Esas caras son las que le dan dimensión humana al asunto, las que ponen en perspectiva el drama. En 1970 la guerra de Vietnam ya se había expandido a Laos y Camboya. Pidió ser trasladado a este último destino. Fue nombrado jefe de la oficina de la agencia periodística en ese país (quizá sólo era un nombramiento protocolar, sólo para justificar el salario). Leé también: La batalla más cruel de la Primera Guerra Mundial: 600.000 muertes en ocho meses de horror El 28 de octubre de 1970, junto al periodista Frank Frosch, se dirigía a Phnom Penh. Pero nunca llegaron. Ante la falta de noticias, sus jefes consiguieron que una patrulla saliera a rastrearlos. Unas horas después los encontraron acribillados al costado de un camino. Aunque hay muchas sospechas, nadie sabe con certeza quién ordenó asesinar a uno de los mejores fotógrafos bélicos del Siglo XX.

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