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  • EE.UU., Israel e Irán: una guerra por la transición hegemónica

    Concordia » Diario Junio

    Fecha: 25/02/2026 17:27

    EE.UU., Israel e Irán: una guerra por la transición hegemónica En este estado de incertidumbre bélica, mientras afiebradas negociaciones tratan de retomar el camino de la paz, no debería leerse como un estallido emocional ni como el resultado exclusivo de un incidente diplomático, como lo fue el asesinato del archiduque Fernando en Sarajevo en 1914, que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Esta situación de marchas y contramarchas, de intimidación y amenazas recíprocas, es el resultado de una manifestación concentrada de las tensiones estructurales del capitalismo en su fase de transición hegemónica. En la perspectiva del capitalismo, los conflictos no son anomalías del sistema, sino momentos de reorganización del poder, instrumentos para reorganizar el poder y para reordenar mercados, rutas, monedas y jerarquías geopolíticas. Por eso el enfrentamiento con Irán no puede reducirse a la narrativa superficial del programa nuclear y la seguridad regional, o el combate contra el terrorismo. Esos elementos funcionan como dispositivos ideológicos que preparan a la opinión pública y legitiman acciones militares que no tienen ninguna razón de peso, ni institucional ni militar. En el plano estructural, lo que está en juego es el control del Golfo Pérsico, la estabilidad del estrecho de Ormuz por donde pasa el 25 % de la producción mundial de petróleo y, más profundamente, la arquitectura financiera que sostiene la primacía del dólar. Lo demás son excusas inventadas para consumar un despojo de soberanía y cambio de régimen de un país que, podrá gustar o no, nunca atacó primero. Desde los años 70, el sistema del petrodólar ha sido un pilar de la hegemonía de EE.UU. Cualquier actor que impulse mecanismos alternativos, ya sean acuerdos energéticos en yuanes, rublos o monedas locales, introduce fisuras en ese edificio construido a base de guerras militares o financiando invasiones a territorios díscolos, como la ex Yugoslavia, bombardeada durante 78 días. Ahora le toca el turno a Irán, que no es simplemente un Estado díscolo en Medio Oriente, sino un nodo geoeconómico estratégico en la transición hacia un orden multipolar. Su incorporación a los BRICS, su integración progresiva en la iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda impulsada por China, su cooperación militar con Rusia y su participación en circuitos financieros que buscan sortear sanciones ilegítimas occidentales la convierten en una pieza insoportable de competitividad, por ser un punto de conexión entre Asia Central, el Cáucaso, el Golfo y el Mediterráneo. Una guerra contra Irán no solo sería una operación punitiva de parte de EE.UU. e Israel, sino un movimiento dentro de la disputa por la configuración del nuevo orden mundial. En los momentos en que el capitalismo enfrenta una crisis de sobreacumulación, estancamiento productivo y pérdida de hegemonía, la guerra ha operado históricamente como mecanismo de reordenamiento. La Primera y la Segunda Guerra Mundial no fueron incidentes aislados, sino desenlaces violentos de disputas por mercados, colonias y supremacía industrial. La Guerra Fría, con su red de conflictos periféricos, sostuvo la expansión del CIM (Complejo Industrial Militar) y consolidó alianzas estratégicas. Pero eso tuvo su fin. En el presente, EE.UU. enfrenta competencia tecnológica y comercial creciente por parte de China, con procesos de desdolarización en aumento y una erosión de credibilidad en diversas regiones que abandonan los bonos del Tesoro estadounidense, que son los que sostienen la deuda externa yanqui, que es monstruosa. En ese contexto, el recurso de la presión militar a nivel mundial no es un gesto irracional, sino una herramienta de manual clásico de reafirmación hegemónica. Uno de los factores de presión política proguerra es el que ejerce el CIM, que moviliza cientos de miles de empleos, contratos multimillonarios y una red de innovación tecnológica que después se traslada al ámbito civil. Por eso, actuando junto a la CIA, permanentemente van desestabilizando gobiernos vulnerables o adversarios ideológicos para iniciar conflictos donde las corporaciones de armamentos hacen sus negocios. Los ciclos de tensión internacional sostienen presupuestos elevados y legitiman inversiones estratégicas. Por eso, una escalada con Irán refuerza la necesidad de sistemas antimisiles, drones e inteligencia satelital. La guerra, en esta lógica, no solo destruye, también reorganiza la acumulación y canaliza el capital hacia áreas de alta rentabilidad política y económica. Pero esa historia de vivir de la guerra ha hecho que se desentiendan de la economía productiva, sostenida solo por una economía financiera de Wall Street y la tecnológica de Silicon Valley, endeudándose en la suma de US$ 38 billones de dólares. Una monstruosidad que quieren hacérsela pagar a los países periféricos a través de sus operadores financieros de especulación: el FMI, el Banco Mundial, la OMC y la política arancelaria. En este contexto, el discurso público tenderá a enmarcar el conflicto en términos de seguridad, defensa preventiva y protección de valores (?). En el caso de Irán, la narrativa del programa nuclear cumple una función similar: concentra el debate en la supuesta construcción de una bomba atómica y desplaza del centro la cuestión más amplia, que es el cambio de régimen y la concreción del sueño húmedo de Israel de eliminar la última resistencia musulmana para su expansión sin límites en la región. Si se desencadena la guerra, Irán está mucho más preparado que en junio de 2025, en la guerra de los 12 días. La aparición de actores indirectos como Rusia y China ha reforzado de manera notable sus mecanismos de defensa, con un buque de 300 metros de eslora totalmente tecnológico, con conexión satelital permanente y vinculado al centro de operaciones del alto mando iraní, más los misiles supersónicos aportados por China en un acuerdo firmado hace poco tiempo. La mesa está servida. Solo faltan los comensales que consuman esta tragedia. Los dos bandos tienen mucho que perder. Ya los generales de EE.UU. le han dicho que, si hay confrontación, el número de soldados muertos superaría como mínimo los 12.000 hombres. ¿Estará Trump convencido, aunque triunfara, de pagar ese coste político? Estamos frente al mes de Ramadán, que comienza cuando se puede observar la luna creciente y que generalmente va del 17 de febrero al 19 de marzo, con absoluta obediencia a los códigos musulmanes. Por lo tanto, no creo que nadie inicie una guerra en este contexto. Si el orden liberal pierde legitimidad y eficacia, y las guerras convencionales demuestran que los Estados no nucleares son vulnerables a una extorsión directa, la presión hacia la proliferación nuclear aumentará. Así, la cuestión nuclear se convierte en un termómetro de la estabilidad del orden mundial. Todo queda librado a las decisiones de líderes con muy poca lucidez de estadistas que sepan comprender que el momento histórico que estamos viviendo tiene que resolverse de manera inteligente, porque todos somos inquilinos de este planeta un grano de polvo en el espacio y no habrá un ballotage que nos salve del horror de volver a las cuevas del Averno. Fuente: Con información de Prensa Alternativa

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