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  • Era la única mujer en el curso, se enamoraron, tuvieron 3 hijos y el éxito los separó

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    Fecha: 25/02/2026 05:41

    ¿Podemos elegir de quién enamorarnos? Zúrich, otoño de 1896. En una sala del Instituto Politécnico, una joven serbia de 20 años entró al aula caminando con una leve cojera, consecuencia de una enfermedad infantil. Era la única mujer en su curso de física y matemáticas. Se llamaba Mileva Maric. No buscaba llamar la atención. Buscaba entender el universo. Dos pupitres más allá estaba Albert Einstein, un estudiante alemán de 17 años, indisciplinado y brillante, más inclinado a discutir con sus profesores que a obedecerlos. Años después diría que la imaginación es más importante que el conocimiento, pero en aquel momento lo que lo deslumbró no fue la imaginación sino algo más concreto: una chica capaz de discutirle una ecuación sin ceder terreno. Leé también: Cleopatra, de Julio César a Marco Antonio: un amor prohibido, un romance escandaloso y la creación de un mito Albert había nacido el 14 de marzo de 1879 en Ulm, una ciudad tranquila del sur de Alemania. Hijo de Hermann Einstein, un ingeniero y empresario que intentaba abrirse camino en el nuevo negocio de la electricidad, y de Pauline Koch, una mujer culta, apasionada por la música, que tocaba el piano con disciplina. La familia era judía, aunque poco religiosa, parte de esa burguesía alemana liberal que confiaba en el progreso, la ciencia y la educación. De chico no parecía destinado a nada extraordinario. Tardó más que otros niños en hablar y durante años algunos adultos pensaron que tenía algún tipo de dificultad. Era callado, observador, obstinado. Pero cuando algo despertaba su curiosidad una brújula, un problema matemático, una pregunta sobre el universo su mente se encendía con una intensidad que nadie a su alrededor terminaba de comprender. En ese ambiente apareció Mileva Maric. Había nacido en 1875 en Titel, en la actual Serbia, dentro de una familia serbia de tradición ortodoxa. Su padre, funcionario del Imperio austrohúngaro, había tomado una decisión poco habitual para la época: apoyar con firmeza la educación científica de su hija. Inteligente, metódica y reservada, Mileva era una de las pocas mujeres en aquel mundo dominado por hombres. Lo que nació entre ellos no fue un romance convencional. Fue primero una alianza intelectual. Estudiaban juntos, intercambiaban apuntes y pasaban horas discutiendo teorías. Muy pronto empezaron también a escribirse cartas. En ellas mezclaban ternura, humor y ecuaciones como si todo perteneciera al mismo idioma. Einstein la llamaba Dollie, un apodo afectuoso derivado del alemán que usaba para tratarla como su pequeña muñeca. Mileva, en cambio, le decía Johnny o Shonny, una forma íntima de domesticar al estudiante rebelde que discutía con los profesores. Entre esos nombres inventados construyeron un pequeño mundo propio. En esas cartas, Albert hablaba de nuestro trabajo sobre el movimiento relativo. No decía mi trabajo. Decía nuestro. En las cartas de esos años aparece un Einstein muy distinto del personaje solemne que la historia consagrará. Era bromista, impulsivo, incluso infantil en su forma de escribir. Podía pasar de una frase apasionada a un razonamiento científico en el mismo párrafo. En una de esas cartas recordaba con entusiasmo el momento de abrazarla y, apenas unas líneas después, volvía a una discusión sobre teorías físicas. El amor, en esa correspondencia, no estaba separado del pensamiento: parecía formar parte del mismo impulso. También se estaban conociendo a sí mismos. Él era desordenado, intuitivo, más inclinado a las ideas que a la disciplina. Ella funcionaba al revés: era metódica, rigurosa y silenciosamente obstinada. Algunos compañeros recordaban que él brillaba en las intuiciones y ella en los cálculos. Esa combinación los volvía, al menos durante un tiempo, una sociedad intelectual muy poderosa. Físicamente también contrastaban. Einstein era delgado, de mirada vivaz y gestos rápidos, con un aire de encanto algo caótico que llamaba la atención en las aulas. Mileva no respondía al ideal femenino de la época: era medio renga, con un rostro serio y una presencia reservada que podía parecer distante. Pero cuando hablaba de física, muchos recordaban que la sala cambiaba. No buscaba seducir: imponía respeto. Leé también: Gandhi y Kasturba: se casaron a los 13 años, se enamoraron décadas después y ella pagó el precio más alto Se conservan decenas de cartas entre ellos, escritas entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX. En esas páginas aparecen excursiones imaginadas por las montañas, planes de vida compartida y discusiones sobre el misterio de la luz. Antes de que el mundo oyera hablar de relatividad, había dos estudiantes convencidos de que podían entender el universo juntos. Simplemente como dos enamorados que deliran. En esas páginas todavía no había fama ni historia. Tampoco había leyenda. Pero la vida, que rara vez sigue la lógica elegante de las ecuaciones, empezó a torcerse antes de lo que imaginaban. En 1901 Mileva quedó embarazada. En la Europa de comienzos del siglo XX, ese embarazo era un escándalo. En ese momento, Mileva tenía 25 años y Albert 22. Todavía no eran nadie fuera del pequeño mundo académico en el que se movían. Él intentaba conseguir trabajo estable después de graduarse del Politécnico de Zúrich y acumulaba rechazos de universidades; ella cargaba con el peso adicional de ser una de las pocas mujeres que se había animado a estudiar física en esa época. El embarazo llegó en medio de esa incertidumbre, cuando su relación todavía no tenía estabilidad ni el respaldo de la familia de él. La noticia no fue bien recibida del lado de los Einstein. Pauline, la madre de Albert, llevaba tiempo oponiéndose a la relación y consideraba que Mileva no era adecuada para su hijo. Era mayor que él, extranjera, poco sociable y físicamente distante del ideal femenino que la familia imaginaba. El embarazo transformó ese rechazo en un conflicto abierto y aceleró las tensiones. Durante esos meses vivieron separados por momentos. Mileva regresó a Serbia, a la casa de sus padres en Novi Sad, mientras Albert permanecía en Suiza intentando conseguir trabajo. Las cartas muestran preocupación, ansiedad y un esfuerzo por sostener el vínculo a la distancia. Incluso en medio de esa situación seguían hablando de física y de proyectos científicos, como si aferrarse a las ideas fuera una manera de mantener unida la relación. En enero de 1902 nació la niña, Lieserl. Albert no estuvo presente en el parto. A partir de allí la historia se vuelve borrosa: en algunas cartas se menciona que la bebé enfermó de escarlatina; en otras aparece la posibilidad de una adopción. Después de unas pocas referencias, el nombre desaparece por completo de la correspondencia. El silencio fue definitivo. Durante décadas nadie supo que esa hija había existido. Recién en 1986, cuando se publicaron cartas privadas entre Albert Einstein y Mileva Maric, el mundo descubrió esa historia perdida. Leé también: Marie Curie: la científica ganadora de dos Nobel que recibió una condena pública por amar a un hombre casado Recién en 1903, Einstein y Mileva se casaron en Berna, sin celebración destacada y sin el entusiasmo de la familia de él, que nunca la aprobó. Ese mismo año, Einstein consiguió trabajo en la Oficina de Patentes. La estabilidad parecía abrir un futuro compartido. Al año nació su hijo Hans Albert. Y en 1905, Einstein publicó cuatro artículos revolucionarios que transformaron la física: el movimiento browniano, la explicación del efecto fotoeléctrico, la equivalencia masa-energía y la teoría de la relatividad especial. Fue su annus mirabilis, su año milagroso. Mientras el mundo comenzaba a repetir su nombre, Mileva cuidaba a un bebé. Las cartas anteriores hablaban en plural. Después del matrimonio y la maternidad, el plural se desvaneció. No hubo artículos firmados por ambos, ni tampoco reconocimiento formal. Algunos historiadores sugieren que Mileva pudo haber participado en debates y cálculos preliminares; otros lo descartaron por falta de pruebas documentales concluyentes. Lo que sí quedó claro fue que ella nunca volvió a publicar un trabajo científico. En 1910 nació su segundo hijo, Eduard, quien años más tarde desarrolló esquizofrenia, una enfermedad que marcó la vida de Mileva para siempre. En 1912 reapareció en la vida de Einstein otra mujer: Elsa Einstein, su prima, viuda y profundamente admiradora de él. Cuando Albert aceptó un prestigioso cargo en Berlín, Mileva y los niños lo acompañaron. Pero la tensión era evidente. Ella sospechaba del vínculo con Elsa. No se equivocaba. Ese mismo año, Einstein redactó un documento con condiciones para continuar la convivencia: Mileva debía encargarse exclusivamente de la casa y los hijos, no esperar afecto, abandonar la habitación si él lo pedía y no cuestionarlo delante de terceros. El amor ya no era diálogo. Era reglamento. Mileva regresó a Zúrich con sus hijos. No volvieron a vivir juntos. El divorcio se concretó en 1919. Ese mismo año, Einstein se casó con Elsa. Antes de firmar la separación, hubo un acuerdo: si él ganaba el Premio Nobel, el dinero sería para Mileva. Fue una garantía económica ante una carrera científica que había quedado truncada. En 1922 recibió el Nobel Prize in Physics (correspondiente a 1921) por su trabajo sobre el efecto fotoeléctrico. Cumplió. El dinero permitió a Mileva sostener a sus hijos y afrontar los tratamientos de Eduard. Leé también: El amor gay prohibido de Oscar Wilde por el que fue a la cárcel, perdió su dinero, su carrera y a sus hijos Mientras tanto, la correspondencia privada reveló múltiples relaciones extramatrimoniales de Einstein, incluso durante su matrimonio con Elsa. El hombre que analizaba el orden del cosmos llevaba una vida íntima intensa, a veces caótica. En público defendía principios casi morales, como cuando afirmó: No intentemos convertirnos en personas de éxito, sino en personas de valor. La frase quedó flotando en la historia con una ironía involuntaria. Elsa murió en 1936. Mileva murió en 1948, en Zúrich, lejos del centro del relato histórico. Einstein emigró a Estados Unidos y murió en 1955 convertido en mito. Einstein sostenía que Dios no jugaba a los dados con el universo. Sin embargo, en su vida íntima el azar fue menos matemático: una hija perdida, un amor desplazado, una mujer que quedó fuera de la ecuación. Cuando se conocieron, eran dos jóvenes brillantes enfrentando un mundo que todavía no sabía sus nombres. Discutían teorías como quien comparte un secreto. Soñaban de a dos. Con el tiempo, el plural se volvió singular. La historia convirtió a Albert Einstein en sinónimo de genio. A Mileva Maric la dejó en los márgenes, atrapada entre la maternidad, la enfermedad de un hijo y la sospecha eterna de una contribución que nunca fue reconocida. Tal vez ella no haya escrito las ecuaciones finales. Tal vez sí participó en los primeros trazos. El debate continúa. Pero hay algo que ninguna teoría puede negar: antes de que el mundo lo aplaudiera solo a él, hubo un momento en que el universo fue un proyecto compartido. Y quizá la mayor relatividad de esta historia no estuvo en el tiempo ni en la luz, sino en el reconocimiento. Porque mucho antes del mito, del Nobel y del pelo convertido en ícono, hubo algo más simple y más humano: un chico y una chica que se enamoraron intentando cambiar el mundo. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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