24/02/2026 10:29
24/02/2026 10:29
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:28
24/02/2026 10:27
» La Nacion
Fecha: 24/02/2026 08:37
Desde fines del siglo XIX hasta la pandemia reciente, la entidad del Tigre atravesó brotes sanitarios, derrumbes financieros y restricciones inéditas. Lejos de diluirse, encontró en su comunidad el impulso para volver a empezar - 11 minutos de lectura' Marzo de 1982. Mediodía en Tigre: el calor obliga a entrecerrar los ojos frente al brillo del agua. Patricia, de blanco, baja con cuidado a una lancha de madera; Osvaldo, de traje celeste, la sigue sin soltarle la mano. La embarcación cruza el río hasta el imponente club sobre pilotes, que parece flotar sobre el Delta. Llegar al casamiento por agua no era común. En aquellos años, el club vivía su auge, con casi 3000 socios y fines de semana que no alcanzaban para todos. Ese club que parecía sólido ya había aprendido a sobrevivir. Nació el 18 de julio de 1876 en los salones de la Sociedad Española La Marina, en la calle Florida, cuando un grupo de inmigrantes españoles decidió fundar su propio club de remo en una ciudad donde el deporte náutico tenía sello mayormente inglés. No fue solo una institución: fue una declaración de pertenencia. El primer escenario fue el Riachuelo. Allí comenzaron a remar, entre astilleros y vapores, en una Buenos Aires que crecía a ritmo portuario. Pero la estabilidad nunca fue definitiva. Crecidas, obras sobre el río y conflictos de tenencia obligaron a sucesivos cambios de sede. La epidemia de cólera de 1886 terminó de quebrar ese equilibrio: el Gobierno incautó la sede del Arroyo Maciel para convertirla en lazareto y luego la incendió por razones sanitarias. El club quedó sin edificio y sin botes. Hubo intentos de reorganización en la Dársena Sud, incluso una etapa en una sede flotante. Sin embargo, el crecimiento y la búsqueda de aguas más abiertas fueron desplazando el horizonte hacia el Delta. En 1908 se inauguró una sucursal en Tigre y se compraron terrenos sobre el Río Luján. Dos años más tarde, un decreto nacional ordenó el desalojo definitivo de las instalaciones portuarias. La mudanza dejó de ser provisional y se volvió destino. En 1912, la nueva sede en Tigre consolidó el traslado que el río venía insinuando desde hacía años. Pero la historia del Club de Regatas La Marina, que va a cumplir 150 años, no es de continuidad serena, sino de momentos en los que estuvo a punto de desaparecer. Las tres crisis de La Marina La primera crisis no tuvo que ver con números ni balances, sino con la salud. En noviembre de 1886, la epidemia de cólera vació Buenos Aires y convirtió el Delta en refugio. La sede social, cerca del Arroyo Maciel, fue incautada por el Gobierno y transformada en lazareto. Cuando la epidemia cedió, el edificio fue quemado por precaución, dejando al club sin techo ni muelles. Los botes, guardados en un galpón improvisado, se perdieron, borrando parte del patrimonio. El club, nacido en el Riachuelo y luego trasladado a Tigre, debió reinventarse desde cero, sostener la actividad y preservar la comunidad. Lo que parecía un golpe definitivo se convirtió en lección: la verdadera fuerza del club estaba en la lealtad de sus socios y en su capacidad de reconstruir lo que el río y la epidemia casi arrasan. El segundo golpe llegó en 2001, de la mano de una de las crisis económicas más grandes en la historia de la Argentina. El club quedó expuesto: las cuotas sociales, motor de instalaciones y botes, dejaron de ser seguras. De 4500 socios, quedaron solo 300. Hubo moratorias, voluntades que sostuvieron la actividad y gestos de socios que siguieron pagando o reparando botes. La lógica fue clara: antes que cerrar, resistir. Por último, como golpe de gracia, llegó la pandemia del covid-19 y el aislamiento social, preventivo y obligatorio. La Marina se vació: no hubo entrenamientos ni reuniones. Y el club sufrió algunos robos. Los delincuentes rompieron vitrales para llevarse el plomo de los marcos, un detalle artesanal ya irrecuperable. Sin embargo, como en 1886 y 2001, La Marina seguía de pie gracias a quienes nunca lo dejaron solo. Desde los muelles: la voz de socios testigos de la historia Gustavo Louzao (61) es miembro de la comisión directiva, responsable de mantener toda la flota del club. Su vínculo con La Marina empezó casi al nacer: lo llevaron al club a los pocos días de vida y desde entonces nunca se fue. Creció remando, escapándose del colegio para llegar primero y compartiendo la pasión con su hermano Patricio. El club era parte de la historia de su familia: sus padres se conocieron allí, en una fiesta de tango. Para quienes lo conocen, su fanatismo no sorprende: desde el moisés, Gustavo ya estaba adentro del club. -¿Cómo cambió el remo con el paso del tiempo? -Cambió todo. Antes los botes eran de madera, después vino la fibra de vidrio y hoy son de carbono. La evolución del material modificó el deporte. Fabricar un bote de madera era como cocinar: no era solo técnica, era oficio. Había que remachar a mano, pieza por pieza. Hoy eso prácticamente no existe. -¿El club fabricaba sus propios botes? -Sí. En la antigua carpintería trabajaba Mingo Pérez, un artesano. Algunos de los botes que todavía conserva el club tienen entre 80 y 90 años. Hay uno construido íntegramente en esa carpintería, con enchapado especial de cedro que ya no se fabrica más en la Argentina. No hay quién lo haga. Los carpinteros de ese oficio fallecieron y el conocimiento no continuó. -¿Se pueden restaurar? -Es muy difícil. No se consiguen clavos ni remaches de cobre. Le llevás un bote así a un carpintero y te dice que él hace muebles. Pedro Yucciolino, hoy de 81 años y campeón olímpico, todavía conserva el suyo de madera. Lo mantiene él mismo, con ayuda del botero del club. Yo tengo uno de fibra, un doble; pero a la generación de Pedro no le cambiás la madera por nada. Para ellos, el bote no es solo para competir: es parte de la vida. -¿Cuántas embarcaciones tiene hoy el club? -Entre botes y canoas, unas 350. Muchas son de fibra o carbono. Las de madera requieren mantenimiento constante: limpiarlas, pintarlas, revisarlas todos los años. Si no, se deterioran. -La botería, el corazón del club, conserva el tablero original. -Claro, son esos numeritos en la pared, cada uno correspondía a un bote en servicio. El socio entregaba el carnet, se colocaba un papelito en el número asignado y así se organizaban las salidas. En otra época estaban todos ocupados. Hoy alcanza con unos treinta casilleros. Cuando yo era chico había un empleado solo para recibir carnets y otro que iba a buscar el bote y lo llevaba a la rampa. Con 4500 socios activos el movimiento era constante. Después de la crisis de 2001 se perdieron más de 3500 socios. Llegamos a tener apenas 300. Ese vacío todavía se siente. -¿Ese fue su peor momento? -Sí. Después del 2000. Hoy se puede decir que estamos estables, pero si bajamos de 500 socios se complica. Tenemos empleados, cargas sociales, mantenimiento... Hubo períodos en que no se podían pagar los aportes y los socios hicieron cuotas extraordinarias para sostener el club. -¿Hoy cómo se sostiene el club? -Con una administración muy cuidadosa. La prioridad es controlar gastos fijos y destinar recursos al mantenimiento indispensable de la flota y del edificio. No todas las embarcaciones están en servicio: algunas permanecen fuera de uso porque la demanda actual no justifica su puesta en funcionamiento. El nivel de actividad es el que determina el ingreso, y ese ingreso es el que permite sostener la estructura. -La clave son los socios. -Sí. El sistema es directo: más socios implican mayor uso de instalaciones, más cuotas y más movimiento interno. En clubes con infraestructura histórica y costos de mantenimiento elevados, la masa societaria es el factor que define la estabilidad económica. -¿Cambió el ingreso respecto del pasado? -De manera significativa. En los años 60 el solicitante necesitaba el aval de dos socios y el ingreso respondía a un modelo más cerrado. Hoy el procedimiento es administrativo. Solo se verifica que no existan deudas en otra institución -hay un acuerdo entre clubes para compartir esa información-, pero no hay restricciones de perfil ni requisitos de recomendación. -¿Cuánto cuesta hoy ser socio? -Un grupo familiar ronda los 200.000 pesos por mes. Muchos vienen en verano por la pileta y después se van. Es lo que llamamos período golondrina. Eso le juega en contra a los clubes tradicionales -También se perdieron las regatas intercolegiales, el semillero del remo. -Totalmente. Grandes remeros argentinos salieron de regatas intercolegiales. Ricardo Ibarra, finalista olímpico en Montreal 1976, empezó así. Jorge Molina también. Cada colegio secundario de Tigre y San Fernando tenía equipo. Los clubes cedían instalaciones sin costo. Después de los 90 eso se discontinuó. No fue por dinero, fue cultural. Cambiaron las gestiones, cambiaron las prioridades. Hoy los entrenadores van a los colegios a buscar chicos. El equipo de competencia ya no entrena acá, sino en la pista nacional, el canal aliviador. El río cambió. Con la cantidad de lanchas y olas es peligroso remar con botes finitos. -El entorno también cambió. -Muchísimo. Tigre creció, aparecieron barrios privados, gimnasios, otras ofertas. Nosotros no tenemos estacionamiento. Cruzar en lancha es hermoso, pero no a todos les gusta. El club tiene cosas únicas y otras limitaciones. -El imponente edificio de la sede es orgullo de los socios e identidad de La Marina. -Claro. La famosa torre, el mármol traído de Europa, las tejas francesas en la cúpula... La empresa Siemens participó en la construcción. Hay debate entre socios sobre si el estilo es más inglés o más alemán. Se gestionó la declaración como patrimonio cultural, pero mantener todo cuesta mucho. Es un desafío permanente. -También hubo vandalismo. -Sí. Robaron trofeos antiguos de plata antes de la pandemia. No fue al azar: se llevaron copas anteriores a los años 60. A varios clubes de Tigre les pasó lo mismo. -¿Qué función cumplió Alberto Demiddi en el club? -Fue nuestro gran referente. Primero como remero, el más grande que tuvo la Argentina. Ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 y fue finalista olímpico en otras dos oportunidades. Después siguió ligado a La Marina como entrenador y director de remo durante muchos años. No solo por sus títulos -los Olimpia de Oro, los Olimpia de Plata, todos los premios que recibió- sino por lo que significó para varias generaciones. Formó remeros, marcó una forma de entrenar y de entender el deporte. Para nosotros fue mucho más que un campeón: fue un símbolo del club. -En sus inicios, el club no era solo remo. -No. Había natación, fútbol, vóley, paleta... Competíamos contra otros clubes de remo. Era vida social. Hoy el equipo de alto rendimiento está en la pista y la actividad acá se redujo. -¿Qué queda entonces? -Queda la historia y queda el agua. A mí me sacás del agua y no soy yo. Orgullo Olímpico Luego de Gustavo, otro recuerdo toma forma en la voz de María de los Ángeles Millauro (57 años), socia del club desde la infancia y ex representante olímpica en canotaje. -¿Qué recuerdos tenés como socia del club? -Yo pasé por diferentes estadios en mi vida: fui socia desde bebé, hice colonia, natación, tenis Como en natación no me federaban, me pasé a canotaje y llegué a ser representante olímpica del club. -¿Además de entrenar, qué otras actividades hacían? -Hacíamos bailes, carnaval, la fiesta de la cerveza, campamentos Una vez nos agarró una tormenta enorme y terminamos durmiendo en el último piso del edificio de remo, que le decíamos Siberia. Fueron mil historias y recuerdos hermosos. -¿Volviste al club de grande? -Sí, cuando mi hijo empezó a remar en 2013 retomé como madre y socia grande. -¿Qué significa el club más allá del deporte? -No solo se rema en equipo dentro del bote, también afuera: armar fiestas, rifas, trabajar juntos. Los clubes fomentan el buen roce social, hacer cosas sanas en familia y rodearse de buena gente. -¿Cuál fue tu logro más importante con el deporte? -Representé al club del 83 al 89 y fui representante olímpica en Seúl 1988 en K1 500 m, semifinalista, décimo cuarta en la general. También corrí cuatro veces la regata del Ríoblanco, la más larga del mundo. -¿Qué recuerdos guardás de todas esas experiencias? -Desde los campamentos bajo la lluvia hasta las fiestas de la cerveza, cocinando y armando todo a pulmón con los equipos. Ser parte del club no es solo remar, sino hacer equipo en todo lo que se hace. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
Ver noticia original