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» Clarin
Fecha: 24/02/2026 06:58
La movilidad urbana suele analizarse desde el tránsito o el transporte público, pero casi nunca desde la óptica que más condiciona la eficiencia de una ciudad: la asignación del espacio urbano. Dentro de ese espacio, el estacionamiento es el componente más subestimado y uno de los que más distorsiona la economía argentina. El espacio urbano es un recurso escaso. Su uso define costos logísticos, congestión, tiempos improductivos, valor inmobiliario y calidad ambiental. Cuando se administra mal, toda la economía paga el precio. Eso ocurre cuando el estacionamiento queda librado a la improvisación. Buenos Aires es un ejemplo claro. Con 1,6 millones de autos y solo 1,2 millones de plazas privadas, cerca de 400.000 vehículos ocupan cada día un espacio que no fue pensado para ellos. Esa ocupación informal genera congestión, pérdida de productividad, demoras y tensiones barriales. El auto que no encuentra dónde estacionar no es solo una molestia: es un freno para la circulación de bienes, servicios y personas. Desde la economía urbana, esto es un fallo de mercado: el uso no regulado de un bien público escaso. Cuando la calle funciona como estacionamiento gratuito o informal, el incentivo empuja al desorden. El resultado es previsible: más tráfico, menor velocidad, mayores costos logísticos y conflictividad permanente. El contraste internacional es claro. En Japón, para comprar un auto es obligatorio demostrar que se dispone de un estacionamiento. No es un castigo: es una forma de evitar la saturación del espacio urbano. El mercado se ordena porque cada vehículo internaliza su costo espacial desde el inicio. Argentina, en cambio, sostiene reglas que favorecen la informalidad. El estacionamiento en superficie compite de manera desleal con el privado, desalienta inversión y genera un ecosistema donde el espacio público se usa sin criterio económico. Esto se vuelve crítico alrededor de los estadios, donde 50.000 o 60.000 personas se mueven en lapsos muy cortos. Lo que para un club es un partido, para la ciudad es un shock logístico. Sin políticas basadas en datos, ese shock se vuelve un costo para vecinos, comercios, tránsito y seguridad. La tecnología permite corregir estas fallas. Sistemas de predicción de demanda, asignación dinámica, gestión de accesos y tarifas inteligentes pueden ordenar el espacio urbano, reducir externalidades y mejorar la eficiencia general. Una política moderna de movilidad no empieza construyendo más calles, sino administrando mejor las que ya existen. Ordenar el estacionamiento no solo mejora la experiencia del usuario: aumenta la productividad del área metropolitana. Además, puede generar nuevas fuentes de ingresos para municipios, clubes y operadores privados. En un contexto fiscal ajustado, profesionalizar el uso del espacio urbano no es un gasto: es una oportunidad económica. Argentina puede transformar un problema crónico en una ventaja competitiva. Una ciudad que coordina grandes flujos y asigna eficientemente su espacio urbano es más segura, más productiva y más barata de operar. El debate sobre movilidad no puede seguir ignorando el componente más básico del sistema: dónde estacionamos. La eficiencia urbana depende tanto de las grandes obras como de la administración de millones de decisiones diarias. El estacionamiento es una de ellas y requiere una solución económica para un problema económico. Ordenar el estacionamiento mejora la movilidad y reduce costos, un paso clave para ciudades eficientes. Sobre la firma Newsletter Clarín
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