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Paraná » 9digital
Fecha: 23/02/2026 10:11
Una idea vieja Cada vez que tiro las flores de los jarrones a la basura, tomo la cintura ajustada del ramo y pienso en la presión del pico sobre los tallos. Todo lo que se ahorca, muere. Las flores luego van patas para arriba en la boca del cesto. Algunas veces me detengo a ver el jardín secreto que aparece entre yerba y cáscaras. Entre papeles picados hay una fiesta que puede escucharse aunque no estemos contemplados entre los invitados. Las cosas se pudren de nosotros y nosotros no soportamos el perfume convertido en hedor, la turgencia hecha lámina blanda, una baba en el final de cada ramita. Es imposible resbalar y no morir de tristeza. Por eso los pájaros se alejan de su hambre. Los pétalos oscurecen los bordes de cada falda que forman para abrazar su cara. Queda en la mesa una aureola de polen. A veces en la casa no hay abejas que transformen estas cosas en miel. A veces aparecen niños que empujan su dedo y dibujan corazones en el centro del plato. Entonces volvemos a alimentar el pecho con fe, una idea vieja se nos sienta en el ceño y los lirios estampan la memoria. Hemos visto las flores más hermosas crecer entre el cemento, arrancamos de la banquina ramilletes violetas y aunque sigamos desconociendo su nombre, reconocemos la intensidad de su aliento. Sabemos qué olor tiene la clorofila fresca, hemos embadurnado la cara con carne de cactus. Guardamos las espinas en la garganta, soplamos mariposas durante la noche, rompemos con fuerza nuestra propia tierra y abrimos raíces nuevas mientras amputamos partes que se desgarran solas. Miramos el jardín como nos vemos a nosotros, con deleite y con dolor. Nos sabemos parte de los deshechos de nuestro mundo.
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