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» Clarin
Fecha: 23/02/2026 08:52
Hay artistas emblemáticos que corren detrás de la época con la lengua afuera, intentando adaptarse cual hamsters agotados en la ruedita de su jaula. En esos manotazos de ahogado buscan un golpe de efecto, un co-branding, una reconversión y terminan perdiendo la identidad de marca. Ricardo Montaner, en cambio, respeta su producto primitivo, no traiciona su materia prima, la canción romántica clásica, y ese mérito le agradece su público: no haber desfigurado su obra. El argentino-venezolano no compite con el ruido del presente. Tal vez por eso días después del tornado de moda Bad Bunny, más de 40 mil personas (divididas en tres funciones en el Movistar Arena) eligen verlo a 37 años de aquella primera llegada tímida como invitado de Alejandro Lerner en el Ópera. El hombre se queda mirando un punto fijo con los ojos vidriosos en medio de su show y es fácil entender ese lapsus. En un microsegundo le pasa por las narices esa película de medio siglo: la curva desde el Ricardo de Valentín Alsina emigrado niño a Maracaibo a este que recibe en el escenario a sus hijos Mau y Ricky y a Evaluna, además de su yerno Camilo para entonar juntos la canción Amén. Militante de la familia Casi cuatro años años más tarde de su último Luna Park, el militante de la familia, Dios y el amor brinda un espectáculo impecable con una docena de músicos. Ricardo Montaner vuelve como reseteado tras ese parate voluntario sin conciertos y en dos horas se despacha con casi 40 temas al hilo, todos hits, algunos en secciones de Medley o popurrí, según bromea "para que no sobrevenga esa vieja queja del no cantó tal, devuélvanme el dinero". De etiqueta y con zapatillas blancas, se da el tiempo para tres cambios de vestuario y para bromear con que en los tiempos de la atención fragmentada los shows "ya no deben ser tan largos" y que conviene "no hablar al estilo Luis Miguel". También juega con escenas domésticas y confiesa, por ejemplo, que olvidó los gemelos de los puños. La solución al problema la trajo su pareja Marlene, que minutos antes del recital pidió a los puesteros los plásticos para cerrar bolsas y le fabricó un cuidado sujeta-mangas. Es cierto que perdió el acento y gran parte de su argentinidad al haber emigrado tan temprano, pero no se olvida de los parientes de Villa Caraza, del abuelo Laurentino que - tal cuenta leyenda familiar asistió al funeral del mismísimo Gardel- y de toda esa flora y fauna que también lo constituye. En este tour El último regreso se hace un tiempo para un homenaje a Venezuela a través de temas distintivos de ese país (sin ahondar en posiciones políticas que podrían incomodar), pero esencialmente apela a esa fábrica en serie de hits que musicalizaron telenovelas y lo llevaron a explotar aquí en los noventa. Después de Será, La cima del cielo, Castillo azul, Volver, Bésame, Me va a extrañar y Déjame llorar, entre otros salmos de la pasión, Montaner decide cerrar con lo que podría ser cliché, pero es pedido desesperado de su platea, Tan enamorados, ese himno sobre "sábanas de seda" y "locos de repente sonriéndole a la gente", una creación de Gianni Togni a la que Montaner ajustó y reversionó hace casi 40 años. A tres años del anuncio de pausa, llega el momento del maratón. Las tres fechas del Movistar Arena son la antesala a más de 40 funciones por Latinoamérica, Canadá y Estados Unidos. El tour pasará por Rosario en breve (28 de febrero) y Córdoba (1 de marzo) e incluye puntos como Houston, Dallas, Ontario, Los Ángeles, Salt Lake City, Nueva York, Boston y Chicago. En la repetición está el placer de su audiencia. Montaner entendió que su metier no es la tendencia, sino la permanencia. Sabe que en una industria plagada de los que le cantan al amor descartable, al impulso, a lo express, seguir usando la metáfora celestial, la hipérbole y otras elegancias ya lo vuelven rupturista. Información El próximo show de Ricardo Montaner será el 27 de febrero, en el Movistar Arena. Sobre la firma Newsletter Clarín
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