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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 22/02/2026 13:54
Si alguien me hubiese preguntado años atrás si creía que alguien podría enamorarse otra vez pasados los 70 años me hubiera reído a carcajadas. Hubiese dicho que era un disparate pretender volver a tener un noviazgo o una pareja a estas alturas de la vida, tan grandes, con tantos gustos asentados y tanta vida recorrida. Que ya era suficiente con un matrimonio y que ni loca empezaría con una nueva relación con un desconocido, con otras costumbres y de manías desconocidas, cuenta Susana, abogada jubilada y anciana enamorada. Contra todo pronóstico desalentador, una pancarta que ella misma hubiera enarbolado años atrás, sí se volvió a enamorar a los 74. De un señor de 78. Vamos a contar la historia de este amor maduro, no por ello menos intenso, que no cae del árbol sino que se sienta a disfrutar de su buena sombra. Creer que se sabe de todo y no se sabe de nada Uno afirma cosas a los 50 o 60 años que no sabe. Habla de temas que desconoce. O resulta que creemos que todo será siempre de una manera determinada. Cuando te vas acercando a nuevas etapas descubrís cuán equivocada estabas y cuán llena de prejuicios una puede andar, intenta explicar. Susana se casó en su juventud con su segundo novio, Miguel. Convivieron unos cuarenta años en los que tuvieron dos hijos. Cuando él tenía sesenta y poco se enfermó. Tuvo que dejar de ejercer como escribano porque una enfermedad degenerativa lo cercó con rapidez y lo volvió ultra dependiente. Susana creía haber sido feliz, pero esa felicidad se le evaporó en los tiempos de incertidumbre con la muerte sobrevolando sus vidas. Trabajamos juntos muchos años, tuvimos a nuestros hijos Jaime y Martín que estudiaron y volaron pasados los veinticinco y un día nos encontramos otra vez solos, bajo el mismo techo, bien pasados los sesenta. Cuando pensé que nos llegaba el momento del disfrute, que podríamos viajar libremente con nuestros ahorros y que quizá llegarían los nietos, lo que llegó fue la enfermedad. El deterioro inevitable que trajo aparejado fue devastador. Mi vida se convirtió en otra cosa para la que no me había preparado. Simplemente porque uno no se la pasa pensando en todo lo negativo que puede ocurrir. Uno está entretenido viviendo y de pronto cae la espada de Damocles porque la crin del caballo se cortó y chau la vida que tenías. Tus días se convierten en otra cosa. El shock es impactante. Partió él primero y yo quedé rota por el esfuerzo de entender cómo sería de ahora en más mi vida. También estaba desgastada por los esfuerzos que había realizado para que la calidad de vida de Miguel fuera mejor hasta el final. En esos tiempos se diluyó mi vida, revela con sinceridad. Los chistes, que alguna vez se habían hecho sobre rehacer o no una pareja si acaso quedaban viudos, ni los recordó. No se le ocurría pensar en volver a compartir sus metros cuadrados con nadie más. ¡Ni loca! ¿Un viejo más para atender?, respondía riendo y con real espanto cada vez que alguna amiga le sugería salir con alguien al teatro o a comer. Siguió adelante con el poco trabajo que le había ido quedando, empezó a vivir más austeramente. Solo veía a sus hijos y a sus amigas del café. Pensaba que eso era más que suficiente. Con el paso de los meses y los primeros años asumió que era una viuda más del montón, que la persiana del amor había bajado definitivamente como debía ser. A pesar de eso, el peso de la soledad era intenso. Ser viuda es muy distinto a ser separada. Tengo amigas divorciadas que, de una y otra manera, pueden contar con su ex para decidir cosas sobre sus hijos o sus nietos o recurrir a él en circunstancias extremas. ¡Claro que hay algunas pocas que no se acercarían a sus maridos anteriores porque quedaron arruinadas con la experiencia! Pero ser viuda es una categoría distinta a cualquier separación. Querías a tu marido, tenías una vida compartida y feliz y, de pronto, pafte quedás realmente sola para todo. Para el disfrute y para los trámites, para las dudas y para las discusiones. Incluso para los recuerdos. Es cierto que también hay distintos tipos de viudez. Están las que fingían estar bien; están las eternamente tristes porque habían construido una pareja simbiótica ciento por ciento y están las desconcertadas que jamás se detuvieron a pensar cómo sería la vida sin su socio en el amor. Yo me identifico con esta última especie. Él era un poco yo, no del todo porque tenía mi vida y mis momentos, pero no había nadie que pudiera conocerme más. Nos aconsejábamos siempre y sabías, sin ningún resquemor, que su opinión era absolutamente desinteresada y con la mejor intención, explica con un dejo de nostalgia. Cuando murió su marido Susana no daba más: La enfermedad desgasta, te golpea y te derriba. Su muerte lo primero que me dejó fue la necesidad de descansar físicamente. Mi cuerpo y mi mente precisaban de esa paz que da el buen dormir. Quería no pensar en nada. Ya no había nadie a quién salvar ni por qué ir corriendo a una terapia intensiva. La tensión de vivir o morir se había terminado. Habíamos perdido la batalla. Cuando me tocara irme, no lo tendría conmigo. De alguna manera, pensaba que él había tenido la suerte de contar conmigo. Una vez recuperada la energía física me entró la nostalgia y me hundió. Un par de años después vino la pandemia. Estaba angustiada y encerrada. Fue una etapa que ni quiero recordar. Renacen las ganas de vivir En el año 2023, ya tenía unos 72 años, un día me levanté sintiéndome mejor. No podría decir qué fue lo que pasó porque no lo sé, pero me di cuenta de que estaba alegre. Descubrí que tenía ganas de hacer algo, de viajar o ir de compras. Reapareció el deseo y la cuota de frivolidad que había perdido. A mediados de ese año nació mi primer nieto y, un poco después, el segundo nieto de otro hijo. Se me llenaron los días de cosas nuevas, de mamaderas y conseguí un trabajo temporal interesante. De pronto me sentía bien y radiante. Me sobraban las fuerzas. Susana tenía ganas de llenar su agenda de actividades. Las caminatas porteñas eran algo que había retomado desde hacía algún tiempo por recomendación de su médica clínica. Fue ya por octubre, era primavera, cuando un matrimonio amigo me invitó a una comida en su casa en San Isidro. Festejaban sus no sé cuántos años de matrimonio con unas cuarenta personas en su jardín. No conocía a todos, pero bueno, era pasar el rato. Ya no tenía auto, así que llegué en Cabify desde mi departamento de Belgrano, donde vivía. Era una noche divina y cálida. Charlé con todo el mundo. Había un par de amigos del marido que estaban separados y algún otro viudo como yo. Pusieron música y hasta bailamos entre todos un rato temas de nuestra época y brindamos por el futuro. A eso de las dos de la mañana, agotada, anuncié que iba a pedir un Cabify. La dueña de casa le habló a uno de los que estaban ahí conversando: Che ¿vos te vas a tu depto del centro? ¿no la llevás a Susana? El tipo era uno de los que habíamos estado charlando un buen rato y bailando. Claro, me miró y muy suelto dijo, Bancá un rato más y vamos. Te llevo´. Siguieron un par de cafés y tipo tres menos cinco nos fuimos en su auto. También llevábamos a otra mujer más joven que dejamos en Núñez. Primer acercamiento físico El amigo que se había ofrecido a llevarla se llamaba Manuel, tenía 78 años, era ingeniero químico retirado y era dueño de un humor muy particular. Simpático y charleta, culto y divertido. Susana sintió al despedirse que la había pasado demasiado bien. Era inteligente, serio pero entretenido al mismo tiempo. Muy hablador y bastante distinto a quien había sido mi marido. De pronto, me sentí una adolescente volviendo a casa con un pretendiente. Me reía solo de pensar lo ridícula de la situación. Me dejó en la puerta y esperó a que entrara. Me quedé soñando con él, me había encantado. Por supuesto, habíamos intercambiado nuestros teléfonos para hablar por WhatsApp. No habían pasado 24 horas que ya me había mandado un mensaje. Quería invitarme a comer al viernes siguiente. Obvio que dije que sí. Esperé la salida con algo de nervios. Me pasó a buscar y fuimos a un restaurante por Martínez. Otra vez lo pasamos regio. Parece más joven de la edad que tiene, salvo que escucha bastante mal, pero es realmente encantador y educado. Estuvo casado y en pareja varias veces. La primera fue la madre de su hijo mayor y con la tercera tuvo a su hija menor. Al salir del restó, y mientras íbamos hacia el auto, me dio la mano. Era gracioso porque ni yo me lo creía eso de ir caminando de la mano de un hombre. ¡Ni con mi marido lo hacía! Al llegar a mi casa y antes de bajarme del coche se me acercó y me dio un beso de despedida. Fue suave. Creo que el vino que habíamos tomado se me había subido a la cabeza y me había relajado lo suficiente como para permitir que ocurriera sin darle mucha vuelta. ¡Jamás, jamás, en mi sano juicio podría haberme representado semejante situación! ¿Beso? ¿Mano? ¿A mi edad y a su edad? ¡Qué estaba haciendo! Me acosté muerta de risa pensando en que me había desatado, que había vuelto a ser aquella mujer de mi juventud. También pensé en lo que dirían mis hijos si se enteraran. ¡Capaz que no les caía nada gracioso el tema!, reconoce risueña. Más libre para el sexo y sin urgencias Manuel no es de los que esperan. Avanzó con rapidez. Unas cuantas salidas más tarde la invitó a quedarse en su casa de fin de semana en Pilar. Le aclaró que sus dos hijos vivían lejos en el interior del país por lo que no iban casi nunca, así que estarían solos. Manuel y Susana. Ella aceptó al tiempo que se preguntaba cuánto tiempo le quedaría de volante a este señor porque ya somos grandes y de pronto un día no te dan más el registro para manejar jajajaja. Por suerte él anda todavía con sus reflejos intactos así que me dije sigamos adelante mientras se pueda. ¿Por qué no voy a probar? ¿A quién jorobo con mi historia? Nuestros respectivos hijos viven solos y hacen sus vidas sin preguntarnos, nosotros somos libres. No me costó mucho convencerme. Era mi momento. Y el de Manuel. No lo hablé con nadie porque me daba vergüenza sacar el tema con mis amigas de toda la vida. Temía, además, algún comentario que me condicionase, alguna mirada socarrona o críticas a mis espaldas todo lo que puede pasar cuando ocho mujeres se encuentran en un café todas las semanas. Pero se dieron cuenta de que andaba en algo porque estaba siempre con una sonrisa en la cara y, a veces, hasta ni siquiera iba a la cita de los jueves por la tarde sin decirles por qué. Inventaba que tenía nieto o médico. En realidad empecé a faltar porque me iba a Pilar con Manuel. Descubrí que había vuelto a estar contenta, a tener alegría, a planear viajes, a tener proyectos y objetivos a corto plazo. No a largo plazo, objetivos para mañana, para la semana que viene. Una vez le había escuchado decir a Pilar Sordo en televisión que siempre hay que tener proyectos. Me quedó grabado y me volvió a la mente ahora. Es real. Los proyectos son vida, sin proyectos estás muerta. Levantarte alegre es una bendición. Susana sostiene que quizá sea ahora más feliz que antes, porque se siente mucho más libre: Mirá. Es muy simple: a esta edad ya no tenemos ataduras laborales, ni urgencias profesionales, ni pediatras, ni conflictos de colegio, ni desafíos para acumular dinero o progresar. Ya pasó esa vida en la que no teníamos tiempo ni para pensar si estábamos bien o andábamos a los tumbos. Ahora, es la etapa de la calma, del disfrute pleno. Manuel es mi prioridad. Todo lo demás, le guste o no al resto, pasó a segundo plano. Es mi vida y quiero exprimirla. No es que no me importen mis hijos o nietos o amigas, es que por primera vez me pongo en primer lugar. Si no me permito esto ahora ¿cuándo lo voy a hacer? El tiempo no sobra, más bien es escaso. Hoy me siento más libre para todo, incluso para el sexo. Acá viene el tema interesante: la sexualidad en esta etapa. Pasar juntos los fines de semana posibilitó una experiencia física más cercana. La opción desde el comienzo fue dormir juntos. Los nervios, admite Susana sin querer revelar demasiado, estuvieron pero no fueron intimidantes. Dice con sinceridad: A mí no me costó nada. Se dio naturalmente. Como si lo hubiera conocido de siempre. ¡Claro que duermo con él! Cuartos separados ni loca. Además, como está medio sordo si yo hago ruido no me escucha y yo duermo como una piedra así que cuando ronca tampoco me importa. Hace ya más de un año y pico que estamos juntos y yo ya estoy por cumplir 76 y él se acerca a los 80. Por suerte, tenemos buena salud, eso es clave. Viajamos juntos al Norte y al Sur del país y ya nos presentamos a nuestras familias. Para todos fue una sorpresa, pero nadie objeta nada. No se meten y nosotros la pasamos bomba. Nos divertimos, nos acompañamos, miramos series y cocinamos juntos cuando nos da la gana o compramos comida hecha y, también, leemos en silencio. Es perfecto. Más de lo que nunca hubiera esperado. ¿Qué es eso de sentirse más libre para el sexo?, pregunto. Responde riendo e incómoda: Qué se yo nada te parece tan importante. Los dos estamos grandes. No tenés un cuerpo de 30, eso es obvio. ¿Si me dio vergüenza volver al sexo? No tanto como se podría pensar. Algo de pudor sí, porque la piel es otra, la agilidad también. Pero no es algo mío, es de los dos. Él tampoco es el joven que fue. Pero la verdad es que el deseo también cambia, es menos exigente y funciona igual de bien. Te diría que más que el sexo, me dio pudor el beso. Los primeros besos. Los dientes jajaja no siempre están completos, pero bueno se hace lo que se puede. Hay que saber, además, tomarse la cuestión de los años con humor. Yo no sé si ya me olvidé pero no encuentro que sea algo tan distinto. Quizá sea porque estoy enamorada y siento las famosas mariposas revoloteando en mi estómago. Te diría que cada etapa podrá ser distinta, pero también es buenísima. Todo es una novedad. A veces me despierto por la noche, lo veo durmiendo al lado mío y me descubro feliz, sintiéndome otra vez con ganas de vivir mucho tiempo para poder disfrutarnos. Es una relación de la tercera edad, así nos encasillarían, en la que hay intensidad afectiva y mucha complicidad. Sigue relatando: Es gracioso porque tengo amigas que me reclaman y se quejan de que ya no tengo tiempo para ellas. Mis hijos están contentos, aunque también un poco celosos porque cuido nietos ¡pero en horarios y noches convenidas previamente! Le digo a quien me cuestione que ahora quiero vivir un poco para mí. ¡Mejor dicho para nosotros dos!. Pactos necesarios Solo han pactado un par de cosas: no vivirán juntos los siete días de la semana, mantener la independencia de dos o tres días es bueno para ambos. Decretaron que los fines de semana en Pilar son innegociables y que se completan con un par de días en el depto de Susana en Belgrano. Tampoco hablan de casamiento: Mezclar propiedades y herederos no es buena idea. No lo necesitamos. ¿Papeles para certificar qué? Se acompañan en los trámites y estudios médicos y se llaman todos los días para saber cómo están. Le pregunto por la convivencia, por esas pequeñas cosas que pueden molestar. Susana vuelve a sorprender: Debo ser un bicho raro porque no me costó nada volver a convivir. Sé que a algunas mujeres podría molestarle, por ejemplo, si él deja la toalla mojada sobre la cama o que vaya dejando vasos usados por ahí. A mí todo me importa un rábano ¡que deje las cosas donde quiera! Soy fácil para convivir. Es mi personalidad. Nunca tuve manías ni esos temas en mi cabeza. Reconozco que a mucha gente le podría pasar pero tampoco tengo ninguna amiga que se haya enamorado a esta edad con la que poder comparar estas situaciones. Supongo que puede pasar, a mí no me ocurre. Dependerá de lo esquemática que seas y de tu personalidad. Hay otras cosas que me resultaron graciosas, porque si bien Manuel no se parece en nada a Miguel, de repente sí se parece en algunos gustos. Un día Manuel pidió el plato preferido de mi primer marido y pegué un salto en la mesa: milanesa a caballo con dos huevos fritos. Igual. Exacto. No con uno, con dos y bien quemaditos. Antes de cortar la llamada Susana insiste: Le diría a todas las mujeres de mi edad, grandes, y que están solas, que jamás bajen la persiana. Viudas o separadas ¡no se autocensuren! Siempre hay posibilidades de volver a encontrar a alguien que te haga sentir acompañada y feliz. Yo, la verdad es que no lo sabía y tampoco sé si hubiera escuchado a alguien que me lo dijera. Resignarse a estar sola no es una buena opción, porque te vas encerrando en un mundo cada vez más pequeño. Por el contrario, el horizonte ampliado trae emociones y movimiento. Podés decepcionarte, sí. Te puede ir mal, también. Pero nadie te garantiza nada a los 20, a los 40 ni a los 70. Animarse a vivir vale siempre la pena, ¡Tenemos la eternidad de la muerte asegurada para descansar! Ahora a vivir todo lo que nos quede. *Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com * Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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