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  • El volcán que guardó un secreto durante cuatro décadas y el viaje de dos hermanas para recuperarlo

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    Fecha: 22/02/2026 05:47

    Hay historias que parecen escritas por la propia geografía. Historias que no se cierran cuando ocurre la tragedia, sino décadas más tarde, cuando algo, ya sea un objeto, una señal o una casualidad imposible, reaparece para obligar a mirarlas otra vez. La de Guillermo Vieiro, uno de los nombres más recordados del andinismo argentino de los años setenta y ochenta, es una de ellas. En 1985 murió en el volcán Tupungato, ubicado en Mendoza, en la frontera entre la Argentina y Chile, junto a un joven alumno. Durante cuarenta años, la montaña guardó silencio. Hasta que, en 2024, devolvió una mochila. Su mochila. Intacta. Esperando a ser rescatada. Para sus hijas, Azul y Guadalupe Vieiro, el hallazgo no fue solamente una noticia extraordinaria: resultó ser el comienzo de un proceso personal inesperado, una reconstrucción de la figura de su padre y también una forma de reconciliarse con una historia familiar que había permanecido congelada, casi prohibida, desde la tragedia. Un andinista de otra época Para entender el peso simbólico de ese hallazgo hay que volver a la Argentina de los años setenta, cuando el montañismo era todavía una actividad casi artesanal, sin tecnología, sin comunicación inmediata, sin logística moderna. Subir una montaña implicaba aislarse durante meses, enviar cartas como única forma de contacto con el mundo y aceptar que cualquier accidente podía quedar, literalmente, perdido en la cordillera. En ese contexto, Vieiro se convirtió en una figura destacada. Fue el primer argentino en alcanzar los ocho mil metros en el Everest sin oxígeno suplementario en 1971, una hazaña que hoy podría parecer técnica, pero que entonces era una exploración al límite de lo desconocido. También fue un obsesivo del Aconcagua, montaña que no solo ascendió numerosas veces, sino que recorrió por todas sus rutas, algo que casi nadie había intentado y que nunca volvió a repetirse de la misma manera. No era solo un escalador. Era, sobre todo, un formador. Presidió el Centro Andino Buenos Aires, enseñó a generaciones de jóvenes y transmitió una visión de la montaña como escuela de vida. La expedición al Tupungato y la caída En 1985 fue convocado por la Municipalidad de Tandil para dar cursos de montaña. Desde allí organizó una expedición al volcán Tupungato, un macizo imponente y aislado, compartido entre la Argentina y Chile, muy distinto de los cerros más frecuentados. No era ni es un destino turístico: su aproximación es larga, técnica y exigente. Quien va al Tupungato sabe que entra en una zona donde el rescate puede tardar días. Vieiro viajó junto a un grupo de montañistas y con uno de sus alumnos más cercanos, Leonardo Rabal, de apenas 19 años. Lograron completar una ruta nueva, una línea que prácticamente nadie volvió a repetir por su complejidad. Pero durante el descenso ocurrió el accidente. Ambos iban encordados. Algo falló. Tal vez un resbalón, tal vez una combinación de factores naturales ese mismo año hubo actividad sísmica en la zona. Uno arrastró al otro. Cayeron por un paredón. Murieron en el acto. La montaña, como suele hacer, no dio explicaciones. Una búsqueda sin tecnología y un duelo sin palabras En aquella época no existían los dispositivos satelitales ni los sistemas de geolocalización actuales. La única forma de saber si alguien estaba vivo era que regresara en la fecha prevista. Cuando eso no ocurrió, comenzó la búsqueda. Intervinieron el Ejército, Gendarmería y rescatistas que durante casi veinte días rastrearon la zona. Fueron su mejor amigo, Ulises Virale, y el cabo Lucero quienes dieron con los cuerpos e hicieron llegar la noticia. Ellos son, en cierto punto, mis referentes, mis héroes y a quienes les tengo muchísimo respeto, reconoció Azul. Leé también: Tragedia en Italia: una avalancha dejó dos muertos y un herido Ambos fueron enterrados en Puente del Inca, en el pequeño cementerio andinista donde descansan quienes murieron en la cordillera. Allí, para el mundo, la historia parecía haber terminado. Pero en la familia recién empezaba un silencio largo y difícil. Azul tenía cuatro años. Creció en una casa donde su padre no era mencionado. No había fotos, no había relatos, no había espacio para preguntas. El dolor había sido tan fuerte que se transformó en omisión. Hoy tengo 45 años. Durante muchísimo tiempo no supe quién había sido mi papá. Era un tema prohibido. Cada uno procesó la tragedia como pudo, pero en casa no se hablaba, contó. Ese vacío marcó su infancia. Recién en la juventud, con la aparición de internet, comenzó a encontrar información dispersa que revelaba que aquel hombre del que casi no se hablaba había sido, en realidad, un referente importante del montañismo. La montaña guarda lo que nadie busca Durante cuarenta años nadie volvió al lugar exacto del accidente. El Tupungato no es una montaña de tránsito frecuente. Las rutas técnicas quedan prácticamente desiertas. La hipótesis más probable es que la mochila de Vieiro haya quedado sepultada por nieve y hielo, preservada como en una cápsula natural. Y así permaneció hasta el verano de 2024, cuando una expedición comercial liderada por un andinista de nacionalidad ecuatoriana debió desviarse de su itinerario por cuestiones climáticas. Ese desvío, completamente fortuito, los llevó a encontrarse con un objeto fuera de lugar: una mochila antigua, con equipo de otra época. Pero lejos de cooperar con la familia, este instructor decidió tomar parte de los objetos que había dentro de la mochila y llevárselos a su casa a modo recuerdo, por ponerle algún término. Si sabés lo básico de andinismo, entendés que en el Tupungato no hay más accidentes registrados que el de mi viejo y, por lo tanto, comprendés que lo que te topás en este caso, la mochila pertenece a mi papá, sostuvo Azul. La noticia comenzó a circular informalmente entre montañistas a partir de la fotografía de una piqueta que llevaba una inscripción reconocible. Un ciudadano tandilense identificó el origen del objeto, reconoció que era fabricada en dicha región, y comprendió lo que significaba: la mochila efectivamente tenía dueño. La noticia que cambia todo Azul se enteró dos meses después. La llamaron, le mostraron la imagen, y algo en ella supo inmediatamente que era real: Yo nunca dudé. Era la mochila de mi papá. Era él apareciendo otra vez. Leé también: Un guía se descompensó mientras descendía del Aconcagua y tuvieron que rescatarlo con una maniobra extrema Ese momento, sin embargo, no fue solo emoción. También abrió una serie de gestiones, contactos, conflictos y tensiones. Gabriela Cavallaro, una andinista argentina que formaba parte de la expedición que se topó con las pertenencias de Guillermo, se había quedado con los rollos de la cámara Súper 8 que estaba en la mochila, explica. La mujer no solo ofició de nexo para que Azul y su hermana recuperaran los objetos y las cintas de su padre, sino que también les propuso subir al Tupungato y rescatar los restos materiales de aquella historia. Y un dato no menor, ya sea a modo de disculpa o reconocimiento, Cavallaro no cobró un solo peso por coordinar la expedición. La comunidad andinista se movilizó. Antiguos compañeros, alumnos y personas que habían conocido a Vieiro aportaron ayuda económica, logística y testimonios. Para Azul fue descubrir una red afectiva que desconocía. Me escribió gente de todas partes del mundo. Personas que habían escalado con mi papá y querían ser parte. Ahí entendí la dimensión que había tenido su vida, reconoció. Regresar al lugar del accidente La expedición se realizó en febrero de 2025. Once personas participaron del intento de recuperación. Fueron trece días de travesía en condiciones duras, con altura, aislamiento y clima inestable. El tramo final resultó demasiado técnico para la mayoría, por lo que solo tres escaladores avanzaron hasta el sitio preciso. La mochila fue localizada con ayuda de un dron. Desde abajo, el equipo veía cómo el aparato marcaba un punto fijo entre la roca y el hielo. Cuando los montañistas llegaron, se encontraron con una escena detenida en el tiempo. La mochila parecía dejada el día anterior. Estaba en buen estado y evidentemente el hielo ayudó a la conservación, recordó Azul. Un contenido mínimo, un significado enorme Dentro se encontraba lo esencial de cualquier expedición de los años ochenta: una campera, una bolsa de dormir, cuerdas, utensilios, una cantimplora, un frasco de vitamina C, herramientas de escalada. Objetos simples, pero conservados en un estado sorprendente. Leé también: La montaña más alta del mundo, tres argentinos y un ejemplo extraordinario de valentía y amor al prójimo La cordillera había hecho lo que mejor sabe hacer: preservar. Ese carácter cotidiano fue lo que más conmovió a la familia. No era un símbolo épico, sino la huella concreta de una persona en acción, alguien que había estado allí viviendo lo que amaba. Reescribir la memoria El hallazgo obligó a Azul a revisar la imagen que había heredado de su padre. Durante años lo había pensado desde la ausencia, incluso desde cierta idea de irresponsabilidad que circulaba en el entorno familiar. El contacto con quienes lo conocieron le permitió reconstruir otra versión. Recibí cartas, anécdotas, historias. Entendí que no era el hombre que yo había imaginado, sino alguien profundamente querido. Yo, desde chica, tuve la imagen de que mi viejo era un mal tipo por supuestamente arriesgar su vida y la de los demás en la montaña, sostuvo. La experiencia de regresar al Tupungato, de ver la mochila, de escuchar a otros hablar de él, funcionó como una reparación íntima. No sabía cuánto necesitaba que apareciera. Fue una forma de conocerlo, expresó entre lágrimas. Lo que vendrá Hoy la mochila está resguardada por la familia, más precisamente en la casa de Guadalupe, que vive en Bariloche, pero la intención es que no permanezca en el ámbito privado. El deseo es donarla a un futuro museo de montaña en Mendoza, para que forme parte del patrimonio del andinismo argentino. No queremos quedárnosla. Queremos que la gente que ama la montaña pueda verla. Esta historia es más grande que nosotros, manifestó. La cordillera tiene otra escala del tiempo. Lo que para una vida humana es definitivo, para ella puede ser apenas una pausa. Durante cuarenta años guardó una mochila. No la destruyó. No la ocultó para siempre. La dejó ahí, esperando que alguien volviera a mirarla. Leé también: Una competencia de trail que propone conectar con la naturaleza en medio del bosque de arrayanes más famoso Tal vez por eso esta no es solamente una historia de hallazgo, sino de regreso. No el retorno de un hombre, sino el de su significado. La montaña no me devolvió a mi papá, pero sí la posibilidad de entender quién fue, concluyó.

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