Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Familiares de las cuatro víctimas declararon en el juicio a Ruiz Orrico y exigieron responsabilidades políticas - Informe Digital

    Parana » Informe Digital

    Fecha: 21/02/2026 07:15

    A diferencia de las audiencias anteriores marcadas por la exposición técnica de peritos y funcionarios, esta vez el foco estuvo en las consecuencias humanas del hecho. Ocho testigos prestaron declaración; siete eran familiares directos de las cuatro personas fallecidas. En la mesa acusatoria estuvieron el fiscal N° 5, Eduardo Santo, y los querellantes particulares Mario Arcusín y Leandro Rosatti. El imputado confeso Juan Enrique Ruiz Orrico asistió acompañado por sus defensores Leandro Monje, Leopoldo Lambruschini y Félix Pérez. Ruiz Orrico ya había admitido su responsabilidad penal en la primera audiencia. Sin embargo, esta jornada no versó sobre la mecánica del choque ni sobre los cálculos retrospectivos de alcoholemia: fue, más bien, una reconstrucción del vacío que dejó la tragedia. El marco jurídico de una tragedia El hecho que se juzga es conocido: el 20 de junio de 2024, alrededor de las 4:30, Ruiz Orrico conducía un Volkswagen Passat oficial por la Ruta Provincial N° 39, a la altura del kilómetro 123, entre Caseros y Herrera, con sentido Este-Oeste. Según la acusación, manejaba con un nivel de alcoholemia superior a un gramo por litro de sangre cuando invadió el carril contrario e impactó de frente contra un Chevrolet Corsa que circulaba en sentido opuesto. En ese vehículo viajaban Brian Izaguirre, Leonardo Almada, Lucas Izaguirre y Axel Rossi. Los cuatro fallecieron como consecuencia directa del siniestro. La conducta fue encuadrada en el delito de homicidio culposo agravado por el nivel de alcoholemia y por la cantidad de víctimas (arts. 45 y 84 bis, segundo párrafo, del Código Penal). La pena máxima prevista es de seis años de prisión efectiva. Ese es el marco legal. Pero en esta tercera audiencia, la norma resultó insuficiente para abarcar la densidad del sufrimiento. Justo hoy se cumple un año y ocho meses de una de las tragedias viales de mayor impacto en la provincia. Un informe social que habla de duelos abiertos La primera en declarar fue Viviana Noemí Pitman, trabajadora social de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Basavilbaso. En agosto de 2024 elaboró un informe socioambiental sobre las familias de las víctimas. Su diagnóstico fue contundente: todas atraviesan un duelo abierto. Todas se sienten emocionalmente destruidas. En cada hogar hay un antes y un después que fracturó la organización cotidiana. Aparecieron insomnio, ansiedad y necesidad de asistencia psicológica. La búsqueda de justicia dijo es lo que, de algún modo, las sostiene. Leído desde la óptica judicial, ese informe aporta elementos para mensurar el daño. Leído desde lo humano, revela que la tragedia no terminó aquella madrugada: se proyecta en cada amanecer. Nélida Dubini: Después de ese día no tenemos vida La segunda testigo fue Nélida Lorena Dubini, madre de Brian Adrián y Lucas Marcelo Izaguirre, y querellante en la causa. Su testimonio fue uno de los más extensos y desgarradores. Tras prestar juramento, se dirigió al juez Darío Crespo y le preguntó si podía elegir desde dónde declarar, tal como lo hizo el imputado Ruiz Orrico en la primera audiencia, cuando declaró sentado junto a sus abogados. El pedido aludía con reproche a ciertos privilegios que resultan inadmisibles. El juez Crespo explicó cómo se distribuye el espacio en esa sala, reconoció en parte lo ocurrido y pidió disculpas por ello. Asimismo, enfatizó que no tolera privilegios, una afirmación que se condice con su conducta como magistrado. Aun así, describió la dinámica de la primera audiencia y reiteró la disculpa, que Dubini aceptó con sinceridad. Se sentó en el lugar reservado a los testigos. No habló como querellante: habló como madre. La madre de Brian Adrián y Lucas Marcelo Izaguirre. Y su voz no empleó tecnicismos ni estrategias: sólo hubo una herida abierta. Ruiz Orrico es el homicida de mis hijos, dijo con voz temblorosa pero sin alzarla, con una firmeza que recorrió la sala y pareció congelar el tiempo. Hizo una breve pausa, como para reunir fuerzas antes de volver a cruzar el peor recuerdo de su vida. El 20 de junio de 2024 yo me morí en vida. Después de ese día no tenemos vida. Contó que la noticia le llegó por teléfono, a través de amigos de sus hijos, con voces nerviosas y confusas. Luego, compañeros del frigorífico confirmaron que Brian y Lucas no habían entrado a trabajar. La incertidumbre se volvió espesa, irrespirable, hasta que la policía golpeó su puerta y le mostraron fotos del Chevrolet Corsa destrozado: metal retorcido, hierro convertido en silencio. En ese instante supo que nada volvería a ser igual. Se trasladó al lugar del choque. Le llamó la atención la ausencia de custodia sobre los vehículos. Se acercó como pudo, buscando alguna explicación imposible, y encontró una zapatilla de Brian. La levantó y la apretó contra el pecho. Esa zapatilla tan simple, tan cotidiana pasó a formar parte de la memoria de su hijo. La guarda. La cuida. Es lo único que pudo recuperar. En el hospital Justo José de Urquiza esperaron desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, sentadas en el cordón de la vereda: horas interminables, sin respuestas ni posibilidad de verlos. Habló de maltrato, de frialdad, de sentirse invisibles en medio del derrumbe más profundo. Nos trataron como delincuentes, dijo, como si aún le doliera pronunciarlo. Durante el velatorio, recordó, miró los rostros de sus hijos. Una madre conoce los gestos de sus hijos, compartió. Y en esas caras, que había besado desde bebés, percibió miedo. Ese detalle íntimo y devastador quedó suspendido en el aire. Brian era el único árbitro federal de Basavilbaso. Cuidaba a todos, repitió con orgullo, aferrándose a lo mejor de lo que fue. Lucas era padre: su vida giraba en torno a su hijo de ocho años, que ahora crece con una ausencia imposible de explicar. Por las noches el silencio nos entra hasta por los huesos, expresó. No fue una metáfora ensayada: describió una casa que ya no suena igual, platos que sobran en la mesa y habitaciones que guardan ropa que nadie volverá a usar. En un momento miró al imputado. No gritó ni lo insultó; habló desde ese lugar donde el dolor se convierte en claridad. Usted no tiene idea el daño que causó. No hay plata que alcance. Solo la cárcel. Y aun así añadió que no le desea este dolor a nadie, ni siquiera a Ruiz Orrico, porque sabe lo que significa perder un hijo: hay dolores que no se sobreviven, se cargan. Cada día 20, en la Parroquia San José Obrero de Basavilbaso, celebran una misa: una forma de sostener la memoria, de afirmar que siguen siendo hijos, hermanos, padres y vecinos; de resistir al olvido. Nélida no habló como una pieza de expediente: habló como madre. Cuando terminó, en la sala quedó algo más que un testimonio. Quedó la dimensión humana de una tragedia que ningún fallo podrá reparar. María de los Ángeles Benítez: Estoy muerta en vida La madre de Axel Maximiliano Rossi fue la tercera en declarar. Axel era la persona más amorosa que existía, comenzó. Tenía 23 años, y su ausencia parecía ocupar un lugar físico junto a ella en la sala de Tribunales. Reiteró que Axel era una persona afectuosa, siempre dispuesta a abrazar, presente en lo cotidiano. No habló en términos estadísticos ni procesales: habló de un hijo que hacía de la bondad una costumbre. Luego miró al imputado y lanzó una verdad cruda: Orrico mató a mi hijo y en parte me mató a mí también, porque estoy muerta en vida. La frase no requirió mayor explicación: quedó flotando en la sala como una sentencia íntima e irrefutable. Se dirigió a él con una pregunta que apelaba a la humanidad más que al derecho: Si hubiéramos matado a su hijo, ¿usted hubiera aceptado la plata que nos ofreció? ¿Cuánto vale un hijo para usted? No hubo titubeos ni cálculos. La vida de nuestros hijos no tiene precio, afirmó. Para ella, cualquier cifra es una ofensa: no existe número que traduzca el sonido de una risa que ya no está, el lugar vacío en la mesa o el mensaje que nunca llegará. En un momento su voz se quebró. Habló de su hija de 19 años: Ella me sostiene, dijo. Y luego, casi en un susurro que llenó el silencio: A veces pienso en hacerme cosas, pero pienso en ella y ya no las hago. No fue un dramatismo folletinesco, sino la confesión del peso de cada día: levantarse por alguien más cuando ya no quedan fuerzas propias. Esa frase abrió una ventana al abismo que la habita desde el 20 de junio de 2024: un dolor que no se ve, pero que respira cada madrugada. Pidió que el acusado se haga cargo y que la condena sea efectiva. No habló de venganza: habló de responsabilidad. De justicia como una forma mínima tal vez la única posible de reconocer que Axel existió, que fue amado y que su vida no puede reducirse a un acuerdo. Al finalizar quedó la imagen de una madre que sigue en pie por su hija, pero que lleva con ella la mitad de sí misma detenida en aquella madrugada. Estoy muerta en vida, dijo. En esa frase están contenidos todos los días que vendrán sin Axel. Roberto Rossi: el conductor que ya no puede conducir El padre de Axel, Roberto Gustavo Rossi, habló desde su oficio: es chofer de camión y, desde el 20 de junio de 2024, no volvió a conducir. El miedo a sufrir otro siniestro lo paraliza; actualmente trabaja en el taller de la empresa. Pido que se aplique la ley y que sea justa () ¡Justicia correcta!, dijo mirando al juez Darío Crespo. No fue una consigna: fue el ruego desconsolado de un padre. La pérdida de un hijo se tradujo también en la pérdida de una identidad laboral: el trauma afecta tanto lo íntimo como el desempeño social. María Cornelia Jaime: Me despierto a las 3 de la mañana María Cornelia Jaime habló con la serenidad quebrada de quien ya derramó todo lo que tenía para llorar, pero el dolor persiste. Es la madre de Leandro Iván Almada y, al pronunciar su nombre, lo hizo despacio, como si decirlo lo trajera por un instante de vuelta. Describió a su hijo como el lazo que sostenía a la familia: el que llamaba, el que reunía, el que estaba. Padre de tres hijos, trabajador, un hombre joven que madrugaba cuando la mayoría dormía para cumplir con su jornada. Este señor nos cambió la vida, dijo, señalando al imputado. No gritó: dijo una certeza firme, casi agotada. Una vida partida en dos: un antes y un después. Mi hijo iba a trabajar. No iba de joda. La frase fue clara y sin ambigüedades, y se repitió en otros testimonios: una defensa del honor de sus hijos. Aquella madrugada no buscaban riesgos; salían a ganarse el pan con el sudor de su frente. Pidió la pena máxima de seis años y añadió, con lucidez dolorosa: Y aun así será insignificante frente a nuestras pérdidas. Ninguna condena devuelve abrazos ni reenciende una casa que quedó en penumbras. Contó un ritual que atraviesa cada madrugada: se despierta a las tres, siempre a las tres. Es la hora en que Leandro se levantaba para ir a trabajar. El cuerpo la despierta solo, como si aún escuchara sus movimientos, la preparación de sus cosas, la salida silenciosa para no molestar. Camina hasta su dormitorio y se queda frente a la habitación vacía. Es como que me sacaron un pedazo de mis entrañas, dijo. No es una metáfora excesiva: es la sensación física de una ausencia que duele en el cuerpo. La maternidad, que alguna vez fue plenitud, ahora es una herida abierta. También relató el trato en el hospital: maltrato donde debería imperar el servicio de salud; custodia policial como si ellos hubieran cometido un delito; restricciones para moverse, incluso para ir al baño o tomar agua; la sensación de ser observados y sospechados cuando lo único que buscaban era acercarse a su hijo. Nos trataron como si fuéramos delincuentes, dejó entrever. Esa humillación se suma al duelo: no solo perder, sino además sentir que te despojan de tu dignidad en el momento más frágil. María Cornelia no pidió compasión: pidió justicia. Que se reconozca que Leandro fue más que un nombre en una causa: fue padre, hijo y el nexo de una familia que intenta recomponerse con un vacío imposible. Y cada madrugada, a las tres, el mismo dolor vuelve a empezar. Ramón Almada: A veces no sé cómo vivir El padre de Leandro, Ramón Donato Almada, fue conciso pero profundo: A veces no sé cómo vivir, dijo. Pidió que el asesino de nuestros hijos sea condenado como debe ser. El uso reiterado de la palabra asesino por varios familiares refleja una vivencia subjetiva que, aun cuando no se corresponda jurídicamente con la figura dolosa, expresa la sensación de enfrentarse a una pérdida irreparable. Milagros Villalba: un hijo que ya no sonríe igual Milagros Anabella Villalba, madre del hijo de Lucas Izaguirre, declaró que una parte de su niño murió aquel día: ya no sonríe con la misma intensidad. La orfandad temprana se manifiesta en silencios y cambios de conducta. Reclamó justicia en nombre de ese chico que crecerá con una ausencia estructural. María Fernanda Korenchuk: tres hijos y dos pérdidas La última testigo fue María Fernanda Korenchuk, esposa de Brian Izaguirre y madre de sus hijos, hoy de 18, 12 y casi 4 años. Sus hijos perdieron al padre y también al tío Lucas. Contó que el 20 de junio uno de ellos iba a ser escolta de la Bandera Nacional. Ahora enfrentan dificultades en el aprendizaje. La angustia, en varios momentos, le impidió hablar con claridad. Pidió justicia. Nada más, expresó sin rencor y con esperanza. La dimensión social y política La audiencia dejó en claro que el juicio no solo examina una conducta imprudente agravada por el alcohol. También pone en cuestión el impacto estructural de la siniestralidad vial en una provincia como Entre Ríos, donde hacen falta políticas educativas en la materia. Asimismo, interpela la confianza en las instituciones cuando el imputado era, al momento del hecho, un alto funcionario provincial y el vehículo en que se conducía era oficial. En Entre Ríos, donde los siniestros viales constituyen una de las principales causas de muerte evitable, el caso adquirió una dimensión paradigmática. La aplicación estricta del artículo 84 bis del Código Penal es observada como un mensaje preventivo. Pero más allá del efecto disuasivo, la audiencia mostró otra realidad: para estas familias, el sistema judicial es el último espacio donde la muerte puede adquirir un sentido jurídico. La pena no devolverá a Brian, Lucas, Axel ni Leandro, pero puede afirmar que la vida de cuatro trabajadores tiene el mismo valor que cualquier otra. El peso del silencio A las 11:59, el juez dispuso un cuarto intermedio hasta el martes 24 de febrero. El ambiente era denso. En la sala prevaleció un silencio pesado, casi físico, interrumpido por sollozos contenidos por seres queridos. La tercera audiencia no aportó novedades técnicas. Aportó algo más difícil de medir: la dimensión humana del daño. Recordó que detrás de la categoría víctimas hay hijos, padres, nietos, rutinas truncadas y habitaciones vacías a las tres de la mañana. El debate continuará el martes 24 de febrero y culminará el viernes 27 de febrero con los alegatos de clausura. El juez Crespo probablemente se tome cinco días para elaborar un adelanto de veredicto y un plazo similar para dar a conocer los fundamentos de la sentencia. Pero lo ocurrido en esta jornada ya dejó una marca. La justicia penal, a veces percibida como fría y abstracta, se vio obligada a escuchar las voces temblorosas que cargan con la pérdida. Conduciendo el debate estuvo el juez Crespo, que en ocasiones asumió un rol contenedor y fue siempre didáctico para que todos pudieran comprender el desarrollo del proceso. Mantener la distancia de los hechos sin perder la humanidad es un rasgo que distingue a este magistrado. En esa escucha reside, quizá, el sentido más profundo del juicio: no solo establecer responsabilidades, sino reconocer públicamente el dolor y reafirmar que, en un Estado de Derecho, ninguna muerte evitable es un dato estadístico. Es una herida que exige una respuesta.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por