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  • La increíble historia del odio gorila y su cría favorita: el peronismo

    Parana » NSA

    Fecha: 20/02/2026 17:14

    Antes de la nota, la razón por la que vuelvo a publicarla. Por: HUGO ASCH La espantosa Reforma Laboral fue votada en el Senado con holgura, sin que nadie se despeinara. Pero de pronto, de la nada, el contenido de la ley se metió en una curiosa tormenta perfecta que nadie esperaba. A ver: esa ley, más allá de sus artículos disparatados, tiene un objetivo prioritario e innegociable: el negoción financiero de la administración de los aportes del FAL (Fondo de Asistencia Laboral). ¿Qué es? Un desvío de los aportes patronales de entre el 1 y el 2,5% de toda la masa salarial a fondos privados para prevenir el pago de indemnizaciones por despido o juicios laborales. ¿Quién le pagará al trabajador? La empresa no, porque lo descuentan de su aporte habitual a la seguridad social. O sea: ese dinero dejará de ingresar al sistema previsional y pasará a formar parte de un jolgorio financiero de miles de millones de dólares. ¿Entonces? Lo pagan los jubilados. En negocio de la FAL que recuerda mucho al de las AFJP, no ha sido tema de discusiones, ni en los medios ni en la calle. Pasó desapercibida, por desgracia. Es lo que más les importa. La estrella de la polémica fue el estrafalario artículo 44, el de las licencias por enfermedad o accidente. Un artículo tan ridículo que Bullrich tuvo que salir a aceptar el error que cometimos y a balbucear una filosofía muy interesante para solucionarlo sin que se les caiga todo. Esa polémica abrió la caja de Pandora. Toda la ley es un esperpento invotable. Solo hacía falta leerla, senadores automáticos de la Patria. Vacaciones partidas. Sueldos ajustables hacia arriba o hacia abajo según decida el jefe. Horas extras repartidas según la necesidad de la empresa y otras simpáticas resoluciones neoesclavistas. Toda esta metralla de odio al trabajador los peronchos clásicos, según el precario cerebro de quienes gobiernan, provocó un tsunami. Críticas, espanto, rechazo, acrobacias en el arte del panquequeo dentro los bloques aliados, súbita excitación en una oposición dedicada a mirarse el ombligo y un reseteo urgente de los gordos de la CGT, que elongaron, y a los piques llamaron a un paro nacional. Parecía un trámite, y de pronto se pudrió. ¿Qué pasó? Lo hicieron otra vez. El viejo y querido antiperonismo funciona como el alimento histórico del peronismo. Es lo que le da vida y lo justifica. Intento explicarlo en esta nota, que reedito cada vez que fenómeno se repite. Siempre envidié a la gente con fe. La idea de un Dios que todo lo ve es un paraguas formidable para cubrir todas las angustias de la vida, incluida la muerte. Hay otras formas de fe. Algunos lo llaman fanatismo, pero yo elijo llamarlo fe. Un líder, y el amor incondicional de su pueblo. El problema es que el amor aún el amor por el dogma es algo difícil de manejar. No acepta segundas partes ni herederos. La muerte, real o simbólica, suele destruirlo todo. Hasta 2008 fui un amable gorila gauche. No entendía al peronismo. A lo Kant, el peronismo era mi cosa-en-sí. Lo incognoscible. Sí entendí el entrismo setentista la clase obrera estaba allí para los cuadros de izquierda de las FAR, por ejemplo y a tantos dirigentes súbitamente peronizados con ansias de poder. Porque el peronismo aseguraba el acceso al poder en Argentina. ¿Qué me molestaba, o más bien me confundía? La idea del movimientismo, que excluye al que no pertenece; o tener bajo la misma carpa a John William Cooke y a gente como Ivanisevich, Julio Yessi, López Rega, el CdeO y la CNU. Sin embargo era imposible ser indiferente a Perón. Hablaba y seducía. Era fascinante. No toleraba quedarme ahí como un bobo escuchando a ese viejo pícaro que me dibujaba una sonrisa siempre, pero lo hacía. Lo disfrutaba. Además, me podía el amor incondicional de su gente. Era impresionante. Perón fue muchas cosas al mismo tiempo. Fogoneó a las formaciones especiales y después los echó de la plaza. Para un adolescente de 16, 17 años, viviendo un tiempo difícil y violento, esas cosas son incomprensibles. Hablar hoy es fácil. No se puede explicar la historia sin considerar (sin estar-en) la coyuntura histórica. Si hablamos de políticas que favorezcan a las clases medias bajas y bajas, no creo que exista nada en Argentina, excepto el peronismo. Que a esta altura ya es un concepto si quieren un furioso grito de guerra, o un sentimiento, como se dice en el discurso futbolero. El peronismo es la manera de hacer política que decidió darse la Argentina. El menemismo pasó, como pasará el kirchnerismo cuando ya no esté Cristina, que espero tenga larga vida. El peronismo es lo que perdura. Porque es líquido. Toma la forma de su continente: puede ser largo y finito si está en un tubo de ensayo, es chato y ancho si está en un plato de sopa. Fue una cosa en los años 90 con Menem y Cavallo, y otra en los 12 años K, cuando era Keynes, consumo, producción, industria. Yo no les creía demasiado a los Kirchner. Desconfiaba. Me convenció el conflicto con el campo, tan manipulado por los medios. Era, nomás, una discusión sobre la renta extraordinaria. Lo que me llevó a votar a los Kirchner desde 2011 fueron como bien explicó el socialista Jorge Rivas, sus enemigos. Mirándolo bien, no es tan difícil. ¿Por qué dura tanto el peronismo? ¿Por qué renace cada vez que lo dan por muerto? ¿Por qué lo hará ahora también, después de una interna por el poder entre La Cámpora y Kiciloff que parecía irremontable? Para mí, gracias a una fuerza descomunal y absolutamente homogénea porque solo contiene odio, no ideas. El Antiperonismo, así con mayúsculas. El Antiperonismo, una insólita paradoja, resulta ser el oxígeno histórico del peronismo. Es su alimento. Lo motiva. Le da vida. Le da sentido y poder. La clase dominante argentina no se conforma con mucho. Quiere todo. Tienen socios afuera que los alientan, los alinean y los ordenan. Y le dan dinero, porque esa deuda es más barata que las antiguas invasiones o sostener regímenes militares. El Antiperonismo como todo lo anti, y más hoy es brutal, infantil. Habla del peronismo como si fuese un partido marxista leninista en situación pre revolucionaria. O una secta diabólica y corrupta. Hay que ser muy bruto para decir esas cosas. O darle todo lo mismo, que creo que es el caso. El establishment, el Círculo Rojo, o como se lo quiera llamar, debería hacerle una estatua a Perón, que le dio forma a una clase obrera nacionalista, no marxista. Pero estos tipos quieren todo, no un 50/50 y que la gente viva y consuma, que vos igual ganás lo tuyo y mucho más. Quieren todo, todo, todo, y eso quedó claro desde 2015 y mucho más ahora, con la patética marioneta Milei. Un país para 15, 20 millones, con toda la furia. Sobra más de la mitad. El odio es la contracara de la fe. Su lado oculto. Odiar al peronismo es fácil porque ahí, en el mismo paquete, entra de todo. Un nacionalista ortodoxo con peronómetro incluido y peligrosas amistades como Guillermo Moreno, la dos veces presidenta CFK, estigmatizada hasta el ridículo; Axel Kiciloff, que va por su segundo mandato en la provincia de Buenos Aires y algunos todavía ven como marxista por portación de apellido, el sinuoso Miguel Ángel Pichetto, el siempre sonriente Sergio Massa, el ex alfonsinista Leandro Santoro y Juan Grabois, que lidera una curiosa izquierda muy católica. Hay para elegir. El fenómeno político argentino más antiguo y perdurable en estado salvaje es el Antiperonismo. Ese Antiperonismo furioso que resurgió con una fuerza inaudita en estos tiempos psiquiátricos, sin pudores, con furia animal y un discurso que, si la situación no fuese tan dramática, daría solo para la carcajada fácil. .. Dedicado a Vale Sánchez y su encantadora serie de notas Madre macrista en Facebook, que partiendo de la experiencia personal confirma mejor que nadie la tesis del antiperonismo como alimento del mejor peronism

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