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    Concepcion del Uruguay » La Pirámide

    Fecha: 20/02/2026 14:16

    Paren el mundo que me quiero bajar La sobreestimulación no es una sensación, es un entorno. En promedio, los jóvenes pasan entre 4 y 6 horas diarias frente al celular. Sin contar el trabajo formal o el estudio; solo la pantalla. Y no, ya casi no usamos el celular para llamar porque llamar sin avisar incomoda. Un audio de más de 30 segundos se escucha en 1.5x. Si un mensaje es largo o poco claro, muchas veces ni siquiera pedimos aclaración: lo dejamos pasar. Unos días sin conexión bastan para que el mundo parezca irreconocible, no porque haya cambiado radicalmente, sino porque aprendimos a percibirlo en tiempo real y en formato vertical. ¿Realmente estamos mejor? Hoy la espiritualidad también cotiza en bolsa simbólica. No se puede hablar de trascendencia sin invocar la energía del universo, como si la responsabilidad hubiese sido externalizada hacia una fuerza abstracta que explica todo y exige poco. Si algo sale bien, el cosmos conspira; si algo sale mal, era una señal. El mérito se vuelve cósmico y el fracaso, narrativamente conveniente porque cuando todo depende de vibraciones cósmicas, la responsabilidad se diluye y cuando todo depende exclusivamente de uno mismo, también. Asimismo, mientras hablamos de manifestar abundancia, el mundo real ofrece cifras menos místicas: más de 118 millones de personas desplazadas forzosamente en 2024. 61 conflictos armados activos con participación estatal, el número más alto desde 1946. La ayuda humanitaria global cayó de manera significativa en los últimos años, justo cuando las crisis aumentan. La ONU (que cumple ocho décadas intentando ordenar el caos) atraviesa una de sus mayores crisis financieras y de legitimidad. Menos presupuesto, más guerras. Menos consensos, más vetos. Pero seguro no pasa nada, lo vimos en un TikTok de 50 segundos con música épica. Al mismo tiempo, la productividad se volvió mandato moral. Si no estás creciendo, estás fallando. Si no monetizás tu talento, estás desperdiciando potencial. El descanso necesita explicación: estoy viendo una serie para desconectar, me lo merezco después de una semana intensa, como si el ocio tuviera que rendir cuentas. La narrativa del si no lo lograste es porque no quieres ignora algo: el mundo no es una línea de largada pareja. La desigualdad global sigue siendo estructural, pero el discurso dominante prefiere hablar de mindset. Y mientras optimizamos hábitos, optimizamos cuerpos (proteína, creatina, rendimiento). Nada objetable en mejorar, el problema aparece cuando la mejora deja de ser elección y se convierte en obligación estética. Si no sos productivo, fuerte y visualmente impecable, pareciera que estás fuera de época. Tenemos además una nueva extensión corporal: el celular. Cruzamos la calle sin mirar (quizás confiando en que el universo nos protege) y evitamos conversaciones reales porque es más sencillo deslizar, reaccionar o enviar fueguitos que sostener silencios incómodos. Las aplicaciones de citas transformaron el vínculo en catálogo; la validación se mide en métricas. Incluso la inteligencia artificial responde en segundos lo que antes tomaba horas. La inmediatez ya no es ventaja, se transformó en expectativa. Mientras celebramos la eficiencia, miles de estudiantes y trabajadores se preguntan qué lugar ocuparán cuando pensar, redactar o programar también pueda delegarse. Buscamos respuestas cada vez más rápidas, pero cada vez toleramos menos la duda. Y en ese mismo dispositivo conviven las apuestas online, la ludopatía juvenil crece en paralelo al acceso irrestricto a plataformas diseñadas para capturar atención y dopamina. La OMS reconoce el trastorno por juego como problema de salud mental. Estudios recientes en América Latina advierten un aumento sostenido de participación adolescente. No es debilidad individual se trata de diseño conductual, de una industria que entiende mejor el cerebro que muchos sistemas educativos. La paradoja es inquietante: nunca tuvimos tanta información disponible y, sin embargo, el debate público parece más infantilizado. Presidentes discutiendo en redes sociales como si fueran hilos de comentarios; opiniones agresivas convertidas en espectáculo; la política, comprimida en caracteres; la complejidad, reducida a tendencia. La pregunta vuelve, pero ahora pesa más: ¿estamos mejor o simplemente más estimulados? Tal vez el mundo no esté más loco que antes, tal vez lo que cambió fue nuestra tolerancia al silencio. La hiperconexión no eliminó el caos; lo volvió permanente. La espiritualidad se volvió eslogan, la productividad dogma, la indignación contenido. Consumimos crisis globales con el mismo gesto con el que deslizamos una historia o vídeo. Quizás lo verdaderamente disruptivo hoy no es acelerar, sino frenar; mirar a alguien a los ojos sin una pantalla de por medio; llamar a alguien sin avisar; escuchar un audio en velocidad normal; caminar sin auriculares; pensar sin notificaciones. Aburrirse un poco. Porque si los conflictos caben en una pantalla y las opiniones en comentarios, el riesgo no es el exceso de información, sino la pérdida de criterio. Y cuando la saturación reemplaza a la reflexión, la frase deja de sonar exagerada y empieza a sonar analítica: Paren el mundo que me quiero bajar.

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