Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario

    » Clarin

    Fecha: 20/02/2026 08:16

    1) El caso de la figurita falsificada Aquel año la figurita más difícil fue El Cuate Verdú. Joaquín El Cuate Verdú era el número cuatro de Sportivo Sucursales, el equipo nativo de Villa Pereza, la localidad de la pampa bonaerense. Sucursales había ascendido a Primera A, y vuelto a perder la categoría, entre otros partidos, por un 0 a 7 contra River, en cancha de Dálmine, porque la de Sucursales estaba inundada. No obstante. durante aquel campeonato, Verdú había sido la figurita más difícil. Ningún alumno sabía si las figuritas más difíciles eran resultado del azar, de una decisión de la compañía impresora o de algún poder desconocido. Pero la ambicionaban como a un tesoro. A nadie le importaba cuántos goles le habían pasado por entre las piernas al Cuate Verdú, cuando tenían la figurita entre las manos y podían cambiarla, si querían, por veinte redondas y diez cuadradas. Casi nadie quería cambiarla. El Cuate había ligado su apodo por unos gruesos y combados bigotes, que se afeitó luego del descenso, pero con los que lo habían retratado para la figurita. Las figuritas se pegaban en el álbum con un autoadhesivo. Si cada una de las siluetas numeradas del álbum era ocupada por su respectiva figurita, enviado por correo o entregado a mano en la compañía impresora Cumbianda, se obtenía como premio un Zizi Poing, dos Tiki Taka y una caja de Chocolandias. Dos alumnos podían unir sus esfuerzos en un mismo álbum: el Zizi Poing se jugaba a dos y de a uno el Tiki Taka. La caja de Chocolandias se compartía. Una tarde de la jornada completa del colegio Del Socorro, al intentar pegar al Cuate Verdú en el círculo respectivo, Guillermo Sesi descubrió que era muleta. Por empezar, no pegaba. El autoadhesivo no funcionaba. Ni siquiera humedeciendo levemente el reverso de la figurita. Por otra parte, no encajaba en su lugar, el número 27. Sobraba figurita de un lado y faltaba del otro. Cuando Sesi le informó a su amigo Gredo que le habían encajado una falsa más difícil; Gredo, que contaba con amigos de grados superiores en otros colegios, cotejó historias similares. Efectivamente, la falsificación de la figurita redonda del Cuate Verdú sucedía a gran escala en toda la Capital Federal. Repentinamente se detuvo el mercado de la figurita. Se interrumpieron las partidas de tapadita, de espejito, de punto, de chupi. Se cerraron o quedaron abiertos los álbumes. Dejaron de completarse los cuadrados y redondeles. Las de papel, las de cartón, las de chapa, salieron de circulación. Se apagó en el aire el delicioso ruido del sobre recién comprado al ser rasgado por el expectante comprador. Los propietarios de kioskos padecían estupefactos, a menudo rascándose la cabeza, esta espontánea ley seca. Un silencio aterrador atravesó los colegios porteños. En los recreos, campeaba un clima de angustia y soledad. La profesora salteña de canto, Cope, intentaba alegrar los mediodías con bagualas. La maestra Estefanía regaba con tesón las plantas del jardín que rodeaban el mástil. Pero todo era en vano. La alegría había abandonado el patio del colegio del Socorro. La noticia alcanzó a Ragú Taburete en su pupitre de la escuela 32, mientras intentaba leer una Patoruzú de Oro a despecho de la clase de Trabajos Plásticos. Por mucho que lo intentaba, no había logrado confeccionar el barrilete de papel afiche y madera balsa. Se daba por reprobado. Pero la maestra Bedora requería de cada alumno un reporte del avance respecto de la tarea del trimestre. Tomás, el telépata, le transmitió a su modo la emergencia: Falsificaron la más difícil. La primera prueba apareció en el colegio del Socorro. Peligra la figurita en todo colegio. La última frase del telegrama telepático solía ahorrar palabras e interjecciones, un clásico de Tomás, cuando se dirigía a su entendido compañero. Ragú Taburete tenía un único amigo, que era también su asistente: el mono Garronero. De haberse tratado solo de la falsificación de la figurita más difícil, quizá Ragú Taburete no hubiera tomado el caso. Pero Franco María Massari, el dueño de la compañía impresora Cumbianda, le hizo llegar a través de sus contactos en la red de colegios públicos el panorama desolador. Ragú Taburete intuyó que un problema de mucha mayor relevancia lo convocaba: el aburrimiento. Mientras los niños de primario contaran con el entretenimiento de la competencia e intercambio de figuritas, de perder o ganar, de recibir o anhelar la más difícil, la paz en los colegios estaría garantizada. Pero si se perdía el ritmo de la suerte, si los chicos no tenían lo que hacer en los recreos, si los timbres de comienzo y final dejaban de representar su función, entonces los colegios porteños realmente corrían el riesgo de que todo fuera caos bajo el cielo, como solía decir Lin Pía, la hija del dueño del cotillón Hong Kong, alumna de séptimo. Ragú Taburete una vez más se echó los piojos al cabello. Fue condenado a visitar enfermería. Le asignaron una licencia de una semana. Se rapó. Mató los piojos con la poción china proporcionada por Lin Pía. Y se deslizó subrepticiamente en los recreos del colegio del Socorro, al amparo de la muchedumbre, investigando furtivamente entre las baldosas despobladas. Por esos días, un mono recorría fantasmagóricamente los colegios de la Capital Federal. Lo describían aquí y acullá, en el comedor, en el recreo, en la clase de Moral y Cívica, en una reunión en la sala de maestros, en la dirección. No habían podido atraparlo. Ni siquiera el maestro Tejerina, del Cornelio Saavedra, que oportunamente había dado caza a una rata atravesándola por el lomo con un tenedor. Según el periodista Berni Danguto, del diario La Mañana, se trataba de un mono fugitivo del zoológico de Plaza Italia. Pero sólo un pequeño círculo de iniciados sabía que ese macaco poseía nombre y propósito. Era el mono Garronero, y más temprano que tarde le reportó a Ragú, por medio de su infalible sistema de señas, también conocido como Dígalo con Mímica, que ningún niño, de ningún grado, estaba implicado en la maniobra de la falsificación de la figurita del Cuate Verdú. (Continuará) Sobre la firma Newsletter Clarín

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por