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  • Llamó a su esposa y le propuso hacer un viaje que cambió sus vidas para siempre: Nos vamos a Alaska tres o cuatro meses

    » La Nacion

    Fecha: 20/02/2026 07:26

    Diego Balcarce se animó a dejar su trabajo, rutinas y miedos para perseguir un sueño que tenía desde su infancia. Una decisión trascendental que lo llevó mucho más allá de lo imaginable. - 7 minutos de lectura' Escuchar al corazón puede cambiarlo todo. A veces, la vida nos pide soltar lo conocido (trabajo estable, rutinas cómodas, miedos acumulados) para perseguir ese llamado profundo que late adentro. Hacer lo impensado, como dice el alma, no es locura: es el coraje que marca un antes y un después, transformando subsistencia en aventura plena. Quienes se animan a avanzar más allá de comodidades cosechan beneficios transformadores: ganan coraje para enfrentar lo imprevisible, fortalecen lazos familiares con tiempo auténtico y sin distracciones, redescubren la alegría en lo simple (naturaleza, risas compartidas, lecciones de resiliencia) y cultivan una mentalidad de abundancia que los impulsa a priorizar pasión sobre posesiones. Esos cambios no solo llenan el alma, sino que dejan legados imborrables, como el de enseñar a mirar el mundo con ojos nuevos. Diego Balcarce, diseñador argentino, soltó empresa, rutinas y miedos para perseguir un sueño de infancia. ¿Qué se le ocurrió? Una decisión trascendental junto a su mujer Andrea y su hija Paloma que los llevó mucho más allá de lo imaginable. El clic que lo impulsó todo De joven, moto en ruta era su terapia: La Quiaca-Ushuaia, Buenos Aires-Machu Picchu, ir en van por Australia y Europa. Pero una tarde manejando, flotando en el aire, explotó: Esto es lo que me gusta, esto es lo que quiero e inmediatamente empecé a soñar con la idea de irme seis meses o un año. Pensaba que en el último tiempo no nos había pasado nada atractivo más que subsistir. Hagamos lo mismo para adelante, pero cumpliendo un sueño y, sobre todo, compartiendo tiempo con mi hija, Paloma, dejándole algo. Una tarde llegó a casa y llamó por teléfono a Andrea. -Nos vamos a Alaska tres o cuatro meses le propuso Diego a su esposa. -Sí, -le respondió, casi automáticamente Andrea. -A partir de que tomemos la decisión van a empezar a surgir un montón de trabas y de obstáculos que vamos a tener que sortear. Pero una vez que decidamos que sí no volvamos para atrás le pidió. -Me parece muy bien. -Esperame para cenar y cuando llego evaluamos todo y tomamos la decisión. Responsabilidades, miedos e incertidumbre ¿Por qué no vas en busca de ese deseo que tenés o es más importante todo lo que tenés que no lo podés soltar?, se preguntaba Diego. Un año planeando: rutas, una camioneta equipada, escuela online para Paloma, hasta cuidador para Lolo, el perro salchicha. En junio de 2017 embarcaron en Zárate rumbo a Seattle. Dos meses después, arrancaron a Alaska. Los tres teníamos responsabilidades, miedos, incertidumbre y también muchísimas ganas. El camino no fue solo paisajes que llenaron sus ojos. Hubo pinchazos, tormentas, noches de lluvia en la van y decisiones rápidas bajo presión. Pero de esa crudeza nació lo mejor: conexión real, sin filtros ni agendas. Así se teje un viaje que trasciende mapas. Después de navegar dos días finalmente llegaron a Ketchikan y pisaron Alaska por primera vez, tierra de osos como le decía Paloma. Ubicado en el extremo sur, este pueblo donde parece haber más salmones que personas, viven del turismo y la pesca. Está rodeado de canales y bosques que enmarcan, como postales, pequeñas cabañas multicolores. El plan para conocerlo, cuenta, fue simplemente perderse. Estás en el mejor lugar del mundo Uno de los momentos que Diego más recuerda fue el día que remó mas de una hora, perdido en un laberinto de ríos hasta que llegó a lo que creyó que era la comunidad de Salt Creek. Sin nadie a la vista, dejé la canoa y comencé a caminar con cautela por el barro hacia las casas mas cercanas. Sentía ese miedo que de algún modo te despierta los sentidos, te impulsa a actuar y a la vez te protege. Habían llegado a la comunidad indígena: Salt Creek en Bastimento, Bocas del Toro que fundada en 1940 hasta hoy en día vive de la pesca y la agricultura. Tiene 450 habitantes que pertenecen a la tribu Ngobe, una de las más numerosas en Panamá. El jefe de la comunidad, Alfredo Taylor, me permitió entrar en las casas y llevarme las fotos mas especiales de esta aventura. Porque no solo había partido en la búsqueda de paisajes, también quería descubrir en el camino a esas personas capaces de hacerte sentir que, en el momento que las encontrás, estás en el mejor lugar del mundo. No siempre se necesitan grandes descubrimientos, impactantes fotos y el paisaje más encantador que uno haya visto. En el caso de Diego, recuerda una noche en Skagway, Alaska. Saqué mi trípode, preparé la cámara para captar esta luz: lo más natural posible, al terminar la toma, me di cuenta que estaba en lo más profundo de un pueblo fantasma. El silencio era tan denso que cada crujido de la madera vieja parecía un susurro del pasado; casas abandonadas por la fiebre del oro ahora custodiaban historias invisibles bajo la aurora boreal. Diego sonrió: a veces, la mejor imagen no está en el cielo, sino en el eco de lo que ya no existe. La hora de volver Ver la imagen de los gauchos arreando el ganado en la Patagonia a Diego lo hizo sentir en casa, pese a que todavía faltaban muchos kilómetros por recorrer. Experimentaron, cuenta, ese alivio de lo familiar y, mientras recordaban los primeros tramos del viaje, empezaron a sentir que lo habían logrado: llevaban recorrido mas de 35.000 km, 14 países y miles de aventuras. Todo fue aprendizaje, si se rompía algo lo teníamos que arreglar, si no nos salía algo lo teníamos que volver a intentar, no había otra opción. Las fogatas nocturnas compartidas, surfear con Paloma, dormir arrullados por olas o abrazados a las montañas... eso era oro puro, expresa Diego. Y agrega: Lo que más disfruté fue el tiempo con mi familia. Disfruté a mi hija, enseñarle a mirar era el legado más grande que le quería regalar a ella. Yo quería enseñarle que pudiera tener una visión de la vida, de la naturaleza, de lo simple, de lo difícil. ¿Hubo un antes y un después en tu vida? Sí, Ahora tengo mucho más coraje y valor. Creo que tengo que estar concentrado en todo aquello que me hace feliz. Sé que es el principal motor en mi vida: el amor y la pasión. Salí fortalecido porque lo pude hacer y salió bien. ¿Cómo le recomendás a la gente animarse a la aventura? No necesariamente tiene que ser la aventura de tu vida, capaz que tu sueño es dejar de trabajar dos horas al día e ir a tomarte un café en ese bar que nunca llegás porque está cerrado. Un día tenés que colocar en la mano derecha tus deseos y en la izquierda todo lo que tenés porque creo que muchas veces no alcanzamos los sueños porque estamos mirando lo que tenemos y lo que tenemos es lo que nos deja inmóviles. Nunca voy a dejar que el tener me paralice para salir en busca de lo que quiero. Diego salió transformado de esta odisea. Aprendió que soltar no es perder, sino ganar libertad: coraje para improvisar ante lo inesperado, resiliencia para reparar lo roto y la sabiduría de priorizar lo esencial (familia, naturaleza, momentos sin precio). Creció como padre al regalarle a Paloma ojos para ver la vida en su crudeza y belleza, plantando en ella una semilla de valentía que florece hoy. Desde entonces, Diego abraza cada instante con una intensidad renovada, saboreando la vida como un regalo merecido. Esa épica travesía no fue el final, sino el comienzo: vinieron más viajes inolvidables que alimentaron su espíritu aventurero, y aún guarda en el pecho un arsenal de sueños por cumplir, prueba de que quien se anima una vez, nunca deja de soñar en grande. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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