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  • Paro general: el conurbano desierto, muchos autos en los accesos a la Ciudad y apenas un puñado de colectivos circulando

    » La Nacion

    Fecha: 19/02/2026 12:54

    Paro general: el conurbano desierto, muchos autos en los accesos a la Ciudad y apenas un puñado de colectivos circulando Por la huelga, no hay subtes, trenes ni vuelos; funcionan muy pocas líneas de colectivo y es muy difícil viajar en la ciudad y el Gran Buenos Aires - 14 minutos de lectura' La CGT lleva adelante este jueves un paro general de 24 horas en rechazo a la reforma laboral que se debate en la Cámara de Diputados. Sin movilización convocada, pero con amplia adhesión de los gremios del transporte y distintos sectores, la medida impacta desde temprano. Es la cuarta huelga general durante la gestión de Javier Milei y, aunque no hay columnas en la calle, el efecto se percibe en la rutina alterada. LA NACION inicia el recorrido en la estación de trenes de Moreno, en la provincia de Buenos Aires, un punto que en días normales concentra miles de pasajeros, vendedores ambulantes y colectivos que entran y salen sin pausa. Esta vez no ocurre. En el trayecto hacia el Oeste, una fila sostenida de autos avanza rumbo a la Capital. Las barreras de los peajes están levantadas y el tránsito fluye. Pero al llegar a la estación, el contraste es evidente. Las paradas ubicadas en el entorno ferroviario están casi vacías. Las estructuras metálicas, con techos opacos y paneles rayados por el paso del tiempo, quedan expuestas bajo un cielo gris que refuerza la sensación de pausa. Los bancos de hormigón aparecen desocupados o con una sola persona sentada. No hay filas. No hay corridas para alcanzar el tren. La mayoría de los locales alrededor mantiene las persianas bajas. En el cruce ferroviario, las vías permanecen detrás de rejas metálicas cerradas. El portón bloquea el paso. No circulan trenes. El puente peatonal, que suele estar colmado en horas pico, luce vacío. Entre los durmientes se acumulan bolsas y papeles que el viento apenas mueve. En un espacio diseñado para el tránsito constante, domina la quietud. Los colectivos aparecen de manera esporádica. Uno de Metropol, otro del grupo DOTA. Frenan en paradas con poca gente, suben algunos pasajeros y continúan con la mayoría de los asientos libres. El paro, en Moreno, se manifiesta en la ausencia. En una de las paradas está sentada Graciela Olmedo, de 80 años. Ocupa un banco de hormigón y mira fijo hacia la avenida, a lo lejos, intentando distinguir si aparece el colectivo. No revisa el teléfono ni conversa. Solo espera. Es terrible. Estoy esperando mi colectivo hace dos horas. Viví muchas veces esto. Entiendo que protesten porque es la única manera, pero siempre los afectados somos la gente, dice a LA NACION. Debe viajar a Liniers para cuidar a sus nietos. Su hija trabaja como empleada doméstica y, según le explicó la noche anterior, si no se presenta le descuentan el día. Yo tengo que ir sí o sí, repite. Cuando habla de los chicos, la voz se le quiebra y los ojos se le humedecen. Luego, al volver sobre el paro, el gesto cambia: Siempre la pagamos los mismos. A pocos metros, Tomás prefiere no dar su apellido y Priscila Quiroga esperan otro colectivo. No hay gente en las paradas de adelante ni en las de atrás. Ella trabaja en un restaurante; él, en un centro de salud. Sabían del paro por comentarios familiares. Hacen paro por cualquier cosa, dice Tomás. Priscila lo cuestiona de inmediato. ¿Por cualquier cosa? A mi papá lo echaron, tiene 61 años. ¿Creés que es fácil conseguir trabajo? Y encima con esta reforma, responde sin dudar. Le pregunta si sabe de qué trata el proyecto. Él admite que solo vio algunos videos en redes sociales. Entonces no podés decir que es por cualquier cosa, retruca ella. El colectivo llega y la conversación se interrumpe. Es el primero de dos que deben tomar para llegar al centro. Suben apurados: ya están llegando tarde. Un patrullero circula con lentitud por los alrededores de la estación de Moreno. Dos policías descienden, barren con la mirada el escaso movimiento de la zona y, tras comprobar que no hay incidentes, vuelven a subir para retirarse a los pocos minutos. No hay cortes de calle ni concentraciones; solo una estación silenciosa que deja al desnudo el impacto de la medida. En ese escenario de persianas bajas y locales que decidieron no arriesgarse, Hugo Díaz acomoda la mercadería de su kiosco, uno de los pocos que desafía la quietud del jueves. Mientras limpia un mostrador que hoy recibe clientes a cuentagotas, Hugo explica su decisión: El país lo sacamos adelante trabajando. Yo tengo que llevarle el plato de comida a mis tres hijos. Para él, la política es un ruido lejano que termina impactando de forma directa en su economía diaria. La verdad no sé por qué paran, no me gustan las noticias; pero lo que veo es que lo hacen por cualquier cosa y la factura no la pago yo, la pagan mis hijos, comenta a este medio. En la estación de Moreno, donde la rutina suele ser sinónimo de movimiento constante, el paro se percibe en lo que no ocurre: no hay trenes entrando, no hay andenes llenos, no hay corridas contra el reloj. La recorrida continúa hacia la Ciudad de Buenos Aires. Llegar a Capital Llegar a Capital fue lento, casi arrastrado por la cantidad de autos que intentaban suplir lo que el tren no ofrecía. Las avenidas aparecían cargadas, con filas interminables de vehículos y bocinas aisladas que rompían la mañana gris. En la Ciudad de Buenos Aires predominaban los autos. Algunas paradas de colectivos estaban vacías; otras, saturadas. Circulaban algunas líneas principalmente de DOTA, pero no alcanzaban para absorber la demanda que había dejado el ferrocarril detenido. En Liniers la escena cambiaba de ritmo pero no de clima. Las vías estaban quietas, extendidas como una promesa suspendida. En el andén, el cartel azul que indicaba Liniers permanecía inmóvil frente a rieles desiertos. No había trenes, no había altoparlantes anunciando arribos, no había corridas. Solo el sonido lejano del tránsito y el murmullo de quienes se acercaban a preguntar. A pocos metros, el paso a nivel permanecía abierto, pero sin la urgencia que imponía el cruce de una formación. Dos hombres se asomaron hacia la estación, miraron las vías vacías y preguntaron por qué no había trenes. Hay paro, les gritó alguien desde la vereda. Pero nadie avisó, ¿y ahora cómo hacemos?, respondió uno, mientras empezaban a consultar a otros pasajeros que esperaban en las paradas. Las paradas de colectivos mostraban dos postales distintas: algunas vacías, otras con filas que serpenteaban sobre la vereda. Un cartel indicaba las líneas 136, 153 y 163. Hay demoras, repetían quienes esperaban el 163. De pronto, sonaron campanas ferroviarias. Por un segundo, varias miradas se iluminaron, pero enseguida volvieron a la resignación: sabían que ese tren, por hoy, no iba a llegar. Yanina, vecina de Villa Celina, contó que su colectivo estaba entre los que se adherían al paro, por eso tuvo que tomar dos y esperar el tercero, que se encontraba demorado. Eran las 8 y era la hora en la que debería haber estado entrando al trabajo. Mi jefa lo entiende porque todas venimos de afuera, pero me preocupa. Sabía que había paro y por eso me organicé un poco, rogaba que se levantara, pero no, dijo resignada a este medio. Ricardo Labo llevaba una hora esperando. Ya sabía que llegaría tarde. Entiendo el reclamo, todos tenemos derecho a protestar, pero las demoras de los colectivos nos complican más. Si al menos hubiera más frecuencia, expresó a este medio, intentando equilibrar su postura entre el apoyo al paro y el malestar por la falta de alternativas. Laura Domínguez, visiblemente enojada, se manifestó en contra de la medida y a favor de la reforma. Contó que ya iba por su segundo colectivo y que el primero la dejó a mitad de camino. Así no se puede trabajar ni organizar la vida. Son unos vagos, arruinan el país, sostuvo. Lucas, en cambio, defendió el paro y se mostró en contra de la reforma. Dijo que prefería perder un día antes que resignar derechos laborales. Si no se hace sentir ahora, después es peor, afirmó. Mientras tanto, unos vendedores de pan, chipá y tortas fritas caminaban por la zona de la estación. Ante la ausencia de pasajeros en los andenes, decidieron regalar parte de sus productos. Hoy no hay nadie del lado del tren, comentaron. La escena resumía la jornada: rieles vacíos, colectivos colmados y una ciudad que, aun en paro, seguía buscando la manera de moverse. Durante la jornada, gremios del transporte como Ugatt, la CATT, La Fraternidad, la Unión Ferroviaria y la UTA confirmaron su adhesión, lo que explicó la interrupción de trenes y la circulación reducida de colectivos. Los metrodelegados anunciaron paro total de subte y Premetro. APLA anticipó su participación y Aerolíneas Argentinas informó la cancelación de 255 vuelos, con más de 31.000 pasajeros afectados. También adhirieron la Asociación Bancaria, Camioneros, ATE y otros sindicatos, con impacto desigual según la actividad. En salud, las guardias y urgencias se autorregularon. Las persianas bajas dominaron la postal en la estación de Once. En los accesos laterales y en los locales internos, el metal gris reemplazó al movimiento habitual de pasajeros. La Policía se mantuvo ubicada en distintos puntos, recorriendo los ingresos y observando una escena inusual para una terminal que suele desbordar de gente en hora pico. Sobre la calle Bartolomé Mitre, la parada de colectivos apareció mayormente vacía. Dos o tres personas esperaban en silencio, mirando a lo lejos cada vez que se acercaba un vehículo. El flujo era intermitente y la incertidumbre marcaba el pulso. Tuve que pagar 25 mil pesos para un micro que me trajera de Moreno hasta acá. Me enteré ayer y lo primero que dije fue: son unos hdp, dicen que piensan en los trabajadores, pero yo no soy millonaria. Ahora estoy esperando hace media hora un colectivo que me lleve a Constitución. Pensé que el subte funcionaba y no. ¿Qué me afecta a mí? Esto me afecta el paro, comentó a este medio Sonia Ponce, con el teléfono en la mano y la mirada fija en la avenida. A pocos metros, sentado sobre el borde de la parada y atento a cualquier colectivo que apareciera, Miguel Romero sostuvo una postura distinta. La reforma laboral pretende quitarnos los derechos que durante décadas las y los trabajadores conquistamos. Esta reforma no solo va a profundizar la precariedad, el pluriempleo y la baja de nuestros salarios, sino que no va a garantizarles plenos derechos a quienes hoy están en la informalidad, expresó. En la entrada del subte A, en Plaza Miserere, dos adolescentes esperaban sentadas en el primer escalón. Sabían del paro, pero creían que terminaría en unas horas. Cuando este medio les informó que se trataba de una medida de 24 horas, se miraron sorprendidas. Se pusieron de pie y una de ellas llamó a su madre para pedirle que las pasara a buscar. Del lado de enfrente de la estación, la mayoría de los comercios abrió sus puertas, aunque el movimiento fue escaso. Los dueños permanecían en las entradas, algunos apoyados en los marcos, otros acomodando mercadería sin demasiados clientes. La venta fue baja durante la mañana: menos circulación implicó menos compras espontáneas y menos consumo al paso, en una zona que depende en gran parte del flujo constante de pasajeros. Un día así se siente muchísimo, señaló Carlos Garriga, dueño de un kiosco frente a la estación. Nosotros trabajamos con el que pasa, el que baja del tren y compra un café o algo rápido. Hoy no hay trenes, no hay gente, y eso se nota en la caja. Abrimos igual porque cerrar es perder más, pero vendimos menos de la mitad que un día normal, explicó a LA NACION mientras miraba la vereda casi vacía. De Once a Constitución Desde la estación de Once hasta Plaza Constitución el trayecto fue más lento de lo habitual. El tránsito avanzó a paso sostenido, pero espeso: autos particulares ocuparon casi todos los carriles y a eso se le sumaron motos policiales que recorrieron la zona y vigilaron la circulación. El traslado, que en un día normal demanda menos tiempo, llevó alrededor de 30 minutos. La postal fue la de una ciudad que intentó moverse como pudo, con el transporte público reducido y más vehículos particulares en la calle. Al llegar a Plaza Constitución, la imagen contrastó con su rutina habitual. Las paradas ubicadas sobre la calle Lima Oeste y también las de la calle Brasil estuvieron casi vacías. Pasaban colectivos, pero se detenían apenas unos segundos y seguían su marcha: no había pasajeros que subieran. En algunas paradas había tres personas; en otras, apenas una. Donde todos los días circulan miles de trabajadores, estudiantes y vendedores ambulantes, esta vez predominó el silencio. Frente a la estación, varios locales permanecieron cerrados. Otros abrieron, pero con las persianas a medio levantar y sin clientes. Nosotros dependemos del tren, comentó a este medio Marta Quiroga, dueña de un pequeño local de comidas. Cuando no hay trenes, no hay ventas. Hoy vendí menos de la mitad y eso que recién empieza el día. En una de las paradas sobre Brasil, Carlos Medina esperaba su tercer colectivo de la mañana. Venía desde Florencio Varela y el servicio que lo dejaba más cerca de su trabajo no estaba funcionando. Estoy enojado, la verdad. Entiendo que reclamen, pero yo también trabajo. Este es mi tercer colectivo y todavía no llego. Salí dos horas antes de casa y ya sé que voy a llegar tarde. No todos tenemos la posibilidad de faltar, expresó con visible cansancio. Contó que su jefe le descontará el presentismo y que no sabe si podrá recuperar ese dinero a fin de mes. El paro a mí me pega directo en el bolsillo, agregó. A pocos metros, sentado en el cordón mientras revisaba las noticias en su celular, Julián Ferreyra, empleado administrativo y afiliado a un gremio estatal, ofreció una mirada más amplia. No es solo por una reforma puntual. Lo que está en discusión es el modelo laboral que se quiere instalar. Cuando hablan de flexibilización, en la práctica eso significa menos estabilidad, más contratos temporarios y menos poder de negociación para los trabajadores, sostuvo ante este medio. Para Julián, la medida de fuerza es una herramienta necesaria. Nadie quiere perder el día ni complicarle la vida a otros trabajadores, pero históricamente los derechos no se consiguieron sin conflicto. La jornada de ocho horas, las vacaciones pagas, las indemnizaciones, todo eso fue producto de luchas. Si hoy no se marca un límite, después es mucho más difícil recuperar lo que se pierde, afirmó. También señaló que la discusión excede a quienes hoy tienen empleo formal. Se dice que estas reformas van a generar trabajo, pero no hay garantías de que mejoren la situación de quienes están en la informalidad. Al contrario, pueden consolidar empleos más precarios. El debate debería ser cómo ampliar derechos, no cómo reducirlos, remarcó. Reconoció que el paro impacta de manera desigual y que muchos trabajadores sufren descuentos o dificultades para trasladarse. Es una tensión real y no se puede negar. Pero el problema de fondo es estructural. Si no se discute ahora, el costo a largo plazo puede ser mayor, concluyó. Retiro El edificio principal de la Estación Retiro luce inusualmente calmo al mediodía. Las persianas metálicas bajas en los accesos y la ausencia de formaciones en los andenes marcan una postal atípica para uno de los nodos ferroviarios más transitados del país. No hay corridas, no hay anuncios por altoparlantes ni filas frente a los ingresos. El silencio domina un espacio que, en un día habitual, concentra miles de pasajeros en constante movimiento. Sobre la calle Gildardo Gildardi y la avenida Dr. José María Ramos Mejía, las paradas de colectivos se extienden casi vacías a lo largo de toda la cuadra. Las estructuras metálicas amarillas muestran bancos desocupados y señalética sin gente alrededor. El tránsito circula sin congestión y los colectivos que pasan lo hacen con pocos pasajeros. La escena refuerza la sensación de un domingo anticipado en pleno día laboral. A pocos metros, el acceso a la Estación Retiro de la Línea C permanece cerrado. En una de las paradas, Carlos Torres espera solo. Trabaja en mantenimiento en el microcentro y expresa a este medio su preocupación por el regreso: No sé cómo voy a volver si esto sigue así, comenta mientras revisa su celular en busca de alternativas. La postal se enmarca en el paro general de 24 horas convocado por la Confederación General del Trabajo en rechazo a la reforma laboral que se debate en el Congreso, una medida que impacta de lleno en el funcionamiento del transporte público. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite

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