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  • Cuándo intervenir: los indicios de riesgos latentes para nuestros padres mayores y una pregunta que incomoda

    » La Nacion

    Fecha: 19/02/2026 04:12

    nueva longevidad, ¿estamos listos? Cuándo llega el momento de intervenir Los indicios de riesgos latentes para nuestros padres y una pregunta que incomoda Texto: Evangelina Himitian 19 de febrero de 2025 Cecilia Hochman, de 89 años, atravesó la pandemia con un dolor profundo a cuestas. Fue muy duro, recuerda. Unos meses antes del inicio de la cuarentena, falleció Eduardo, su compañero de toda la vida. Y el confinamiento la encontró sola en su departamento de Villa Santa Rita, casi sin saber usar el celular. Sus hijos la ayudaron a distancia al principio, después, con visitas. A fuerza de necesidad, Cecilia aprendió a manejar el teléfono. Cuando me ponía a pensar en todas las cosas difíciles, escribía en un cuaderno. Hacía acrósticos y poesías y se los mandaba a la gente que quiero. Y así, gracias a la escritura, pude cruzar la pandemia, cuenta. Pero al poco tiempo, sus hijos comenzaron a notar que Cecilia empezaba a confundirse con la medicación. O que no se acordaba si se había aplicado la insulina. Una vez, se lastimó la boca porque tomó una pastilla con el aluminio del blister. Fue el momento en que la familia decidió que era hora de intervenir. No sabían cómo lo iba a tomar ella, que siempre había sido muy independiente. Lograron convencerla. Primero, contrataron a una persona que iba todas las mañanas a darle la medicación y que volvía para aplicarle la insulina por la tarde. Además, la esperaba en su casa cuando regresaba en remise del centro de día para adultos mayores al que todavía concurre, en AMIA, dos o tres veces por semana. Con el tiempo, entendieron que necesitaba también asistencia a la noche, y decidieron que viva con dos cuidadoras, que alternan los turnos. Lo aceptó bien porque a ella no le gusta estar sola. Para nosotros fue un gran avance porque como hijos necesitamos saber que está acompañada. Y nosotros tenemos nuestros trabajos, nuestros hijos y nietos, que también cuidamos, y no siempre podemos estar ahí con ella, cuenta Silvia Schvartz, que tiene 66 años y es docente jubilada. El centro de día fue otro acierto. Ella va contenta, motivada. Hace coro, un taller de escritura, almuerza, comparte con sus amigos y a la tarde vuelve a su casa, describe la hija. El proceso no siempre es sencillo. Es el mismo que atraviesan las generaciones de hijos que tienen sus trabajos y personas a cargo, y que a la vez cuidan a sus padres o familiares de edades cada vez más avanzadas. Se debaten entre la culpa y la falta de tiempo. Y deben afrontar en muchos casos una pregunta difícil que encierra varios dilemas: ¿cuándo intervenir? ¿En qué momento esa persona que siempre fue autónoma necesita una acción para vivir sin riesgos? ¿Puede estar sola en su casa? ¿Es una solución que empiece a vivir con alguno de los hijos? Y en mi casa, ¿quién se ocupa si no estamos en todo el día?, es una de las reflexiones más frecuentes. ¿Tendría que dejar de trabajar para cuidarla?, es otro planteo recurrente ante el fenómeno de la nueva longevidad, abordado desde esta serie de LA NACION en todas sus aristas. Cecilia y sus hijos dialogaron sobre la mejor manera de recibir ayuda en esta etapa; en el centro de día de AMIA, realiza actividades que disfruta y le permiten estar activa Los indicios para intervenir El aumento de la expectativa de vida promedio, en la Argentina supera los 77 años, cambió innumerables parámetros. Antes, cuando un adulto iniciaba un deterioro cognitivo o transitaba una enfermedad, la recomendación de estar en casa con la familia era sostenible porque era un cuadro de un año. Hoy, es el inicio de un proceso que puede durar una década y que termina desgastando mucho a la familia que asume el cuidado porque, por más buena voluntad que tenga, no lo logra garantizar. El sistema de cuidadores no suele funcionar como uno quisiera. La decisión de optar por una institución es una instancia difícil, que se vive con mucha culpa. Pero es bueno saber que hay opciones intermedias, indica Luis Camera, exjefe de Medicina Geriátrica del Hospital Italiano. Hay indicios inequívocos, anticipa Julián Bustín, jefe de Gerontopsiquiatría de Ineco. Cuando la familia descubre que el adulto mayor deja el gas abierto. O la ducha. O cuando se olvida dónde vive, cómo volver a su casa o cuánto vale el dinero. Todos necesitamos del cuidado para vivir. Cuando notamos que la persona ya no se puede proveer a sí misma de esos cuidados, comienza una etapa intermedia que requiere de ayuda externa, ya sea familiar o de cuidadores, explica. Algunos optan por dispositivos como los relojes inteligentes que alertan si el adulto mayor que vive solo tuvo una caída. O por cámaras que permiten monitorear los movimientos de la persona. Pero puede llegar un momento que esas instancias se agoten. O que falle el sistema de cuidadores para que el control realmente exista. Entonces, tal vez sea adecuado evaluar otra estrategia. Porque lo que no se puede resignar es el hecho de que ese adulto esté recibiendo los cuidados que necesita, aporta Bustín. No son graves aquellas fallas de la memoria como el olvido de un nombre o de algo que pasó recientemente. Eso es cuestión de paciencia. Es grave cuando ocurren errores u olvidos en los que el adulto mayor pierde la instancia de reaseguro del autocuidado, afirma Camera. Los especialistas explican que, cuando los dos miembros de la pareja viven, es frecuente que uno de los dos tenga un mayor grado de deterioro cognitivo. Y que, en ese contexto, uno asuma tareas de cuidado que le resultan demasiado complejas, y esto acelere su propio declive. Puede ocurrir que los hijos no se den cuenta de la situación y de la carga que representa. Cuando observo que mis padres se confunden con la medicación De la autonomía a la semidependencia El momento de tomar una decisión para que la persona reciba alguna asistencia varía en cada familia y además existen distintos grados de intervención. La vida en la adultez es un continuo que va de la autonomía a la dependencia. En el medio, se produce una semidependencia que genera conmoción en el entorno. Hay situaciones de la vida diaria para las que el adulto mayor va a requerir ayuda. Por ejemplo, un familiar lo visita y ve que dejó abierta la hornalla. O que no se acuerda cuándo se bañó. O que la comida de la heladera está descompuesta y la sigue consumiendo. Allí comienza una etapa en la que requiere ayuda y cuidados. No puede estar a su propio cuidado. Pero, con los ajustes necesarios, puede seguir viviendo solo, plantea el sociólogo Enrique Amadasi, investigador del Observatorio de la Tercera Edad de la Universidad Católica Argentina (UCA) y de la Fundación Navarro Viola. Si avanza el deterioro cognitivo o físico, puede llegar la instancia en que resulta insostenible que el adulto mayor viva sin compañía. A partir de ese momento, lo que tenemos que preguntarnos es si tenemos cuidadores disponibles, ya sean contratados o familiares. Porque muchas veces, el familiar que lo asume termina hipotecando su vida por varios años, a medida que se incrementa la demanda, añade el experto. Mariela R. tiene 55 años y trabajó toda su vida en un banco, en el microcentro. Hace cuatro años, Rosario, su mamá, se operó de la cadera. Aunque todo salió bien, fue el momento en el que empezaron los signos de deterioro con síntomas de parkinsonismo (que no es Parkinson), como dificultad para moverse. Empezó a tener problemas de deglución y a necesitar ayuda para levantarse y acostarse. No se podía duchar sola, ni cocinar, una de las actividades que más le gustaba. Después de ir muchas veces a la guardia, sin más tratamientos por hacer, ella nos dijo que ya no quería que la internaran más. Solicitamos una internación domiciliaria. Hoy está en su casa con ayuda de oxígeno constante, vía urinaria, con colchón antiescara y dos asistentes que la cuidan 24 horas. Yo la acompaño a la mañana y a la tarde, y me ocupo de los trámites. Al principio me llevaba la computadora y trabajaba remoto. Pero después, tomé un retiro voluntario y tengo más tiempo. Trato de hacerme espacio para hacer cosas que me gustan también. No me arrepiento de nada, verla en paz, vale la pena, dice. Intervenir sin avasallarlos Durante la etapa de semidependencia, en el tránsito de la autonomía a la dependencia, es importante aprender a intervenir sin avanzar de más sobre su autonomía. Recordar qué cosas le gusta hacer, cómo le gusta vestirse o qué lecturas le atraen son maneras de evitar la despersonalización del adulto mayor en esta etapa. En las personas que se encuentran atravesando un proceso de fragilización y dependencia, primero observamos dificultades para realizar las actividades más complejas de la vida diaria, como organizar los turnos médicos o hacer las compras. Pero cuando la dependencia va avanzando, empiezan a encontrar dificultades en actividades básicas como higienizarse, vestirse, desplazarse y mantener una alimentación adecuada, apunta Sebastián Fridman, director del Centro Integral para Personas Mayores de AMIA. Hay alertas que nos indican que deberían contar con apoyos y cuidados cuando viven solos, como la falta de higiene adecuada o una mala alimentación que puede provocar una pérdida de peso y una propensión a sufrir caídas. En estos escenarios un actor central es el asistente gerontológico, una figura especialmente capacitada para dar orientación. Siempre se trabaja para potenciar la funcionalidad de cada persona mayor, respetando sus valores y fomentando al máximo su capacidad de decisión, explica Fridman. La mejor alternativa es envejecer en nuestra casa, mantenernos en el hogar el mayor tiempo posible, por eso, identificar algunos dispositivos que permitan sumar prestaciones, va a redundar en calidad de vida, consigna la guía Camino Compartido, diseñada por AMIA con el aval de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría. Si considero que se pueden olvidar una hornalla de gas encendida ¿En qué estadío está el adulto mayor? Una manera de darse cuenta el estadío en que se encuentra el adulto mayor es observar en qué actividades tiene dificultades para desempeñarse solo y así entender el tipo de ayuda que necesita. Las actividades básicas son las esenciales para el autocuidado, como vestirse, bañarse, deambular o alimentarse detalla la guía. Las actividades instrumentales tienen un grado de complejidad mayor porque requieren un nivel de organización neuropsicológico más alto: usar el teléfono, utilizar el transporte, manejar el dinero, administrar la medicación, lavar la ropa, hacer las compras o cocinar suponen más dificultad porque contienen numerosas subtareas, es decir, pasos intermedios para desempeñar la actividad final. El fracaso en una subtarea muchas veces determina la necesidad de asistencia. Identificar esta imposibilidad es fundamental: no es que no quieren cocinar o lavar la ropa sino que de alguna forma ya no saben cómo hacerlo. Finalmente, las actividades avanzadas son las que presentan un mayor grado de complejidad, como organizar una fiesta o realizar viajes, entre otras. Por lo general, son las primeras que el adulto mayor no puede concretar. La imposibilidad de realizar tareas básicas implica una situación de dependencia y la persona no puede vivir sola. Cuando presenta dificultades en las tareas instrumentales, necesita algún tipo de asistencia en momentos claves del día y dependerá de su estado general si puede seguir viviendo sola. Los que solo muestran inconvenientes en las llamadas tareas avanzadas están en condiciones de sostener su independencia. En la etapa en la que los mayores todavía pueden vivir solos, los centros de día tanto públicos como privados resultan una alternativa beneficiosa, con la participación en talleres grupales que estimulan la actividad física y cognitiva. Para el entorno familiar muchas veces representa un alivio saber que están cuidados en un espacio de disfrute y socialización. También en esta instancia es oportuno realizar un diagnóstico de fragilidad, indicado por un geriatra y realizado por un terapista ocupacional que va a concurrir al domicilio para ayudar a la familia a identificar qué adaptaciones se pueden hacer, como sacar la bañadera, colocar pasamanos, dejar un asiento dentro de la ducha, retirar alfombras para disminuir los riesgos de caídas o instalar una cocina eléctrica para evitar problemas con el gas. Poner cámaras para monitorear cómo está mi padre o madre mayor Su casa es su zona de confort Cuando mi madre cumplió 88 años, con mis hermanos consideramos tres opciones: alojarla en un geriátrico, contratar a una persona para que viva con ella o turnarnos para acompañarla en su propia casa. Hablamos bastante y decidimos que lo mejor era que ella siguiese viviendo en su casa, que es su zona de confort. Así es que nos turnamos y vivimos con ella. Cada tres meses cambia de hijo. Es entretenido para ella, sobre todo cuando le toca a mi hermano menor porque tiene una hija de ocho años con la que mamá se entretiene mucho jugando, pintando o haciendo manualidades, dice Marianne Brown, que en su cuenta de Instagram relata la vida de Tessy, hoy de 91 años . Una de las publicaciones con más comentarios es una en la que muestra las adaptaciones que hizo en la casa de su mamá para resguardar su seguridad y su autonomía: En ese tiempo de convivencia, desarrollé unos tips que le dan independencia hogareña, como por ejemplo marcar con esmalte los controles remotos del aire acondicionado y de la TV y las llaves de las hornallas de la cocina. También le di un porta celular colgante y el cargador fijo en un sitio. Le rotulé con letra que le resulte visible todos los envases de la cocina, del baño y los cajones, describe. La resistencia a la intervención Hay señales claras que indican cuándo ya no pueden vivir solos. Las caídas siempre son un marcador de fragilidad al igual que olvidos como dejar el gas abierto. También aparecen cambios de carácter, irritabilidad y apatía. A veces el indicador es que la casa está desordanada cuando siempre fueron muy prolijos, explica el geriatra Nicolás Ghiano, que también dirige una empresa de cuidados domiciliarios. Para los familiares, se trata de una instancia de extrema angustia en la que les toca asumir que es necesario tomar una decisión más drástica. Llegan muy agotados y estresados, cansados de pelear. Cuando hay deterioro cognitivo, el abordaje tiene que ser distinto y un cuidador especializado puede ayudar mucho a descomprimir. No es necesario que sea 24 horas. En un comienzo, son un par de horas, tal vez dos veces por semana. Después, si aumenta la dependencia, se irá viendo. Llega un punto que, sostener un cuidado 24/7 es tan complejo que quizás es momento de optar por una institución, sostiene Ghiano. Si detecto que mis padres ya no están en condiciones de manejar Cuando una persona tiene un diagnóstico de demencia, implica que ya perdió la capacidad de resolver bien algunos aspectos de su vida diaria, entonces necesita a alguien que la apoye porque los riesgos son latentes, señala el neurólogo Guido Dorman, coordinador del centro de día de Ineco dirigido a pacientes con diagnóstico de Alzheimer u otras demencias. Es un espacio grupal donde adquieren estrategias para mejorar su memoria y otras funciones cognitivas como el lenguaje, la orientación y la atención. Los cambios de comportamiento suelen irrumpir. Cuando el paciente ya está en una fase de demencia, se suman las cuestiones conductuales, que pueden ser difíciles de manejar para las familias. Por eso es fundamental tener un buen diagnóstico y tratamiento, y a la vez orientar a las familias y a los cuidadores. Muchas veces aparecen conflictos, por ejemplo, para que se cambien, se bañen o coman. Hay que aprender técnicas de psicoeducación que pueden dar muchos mejores resultados que ponerse rígidos, retar, pelear o incluso, dar una explicación lógica, apunta Dorman. Más allá del diagnóstico, la resistencia es habitual en los adultos mayores cuando la familia realiza una intervención concreta, que puede ir desde el planteo de que dejen de conducir porque ya no están en condiciones de circular hasta contratar a un cuidador. Muchas veces no quieren cambios y se resisten a recibir ayuda porque creen que no la necesitan. No quieren que les cocinen, que les hagan compras y menos que les manejen sus finanzas. Pero la clave no es imponer sino acompañar y negociar. Resulta importante explicarles que nosotros, como hijos, somos los que necesitamos que estén acompañados para poder irnos tranquilos a trabajar, por ejemplo. Cuando el foco está puesto en que nosotros como hijos lo necesitamos es más fácil, afirma Ghiano. * Las imágenes de apertura fueron realizadas con inteligencia artificial. Asesoramiento Las pautas aportadas en el test interactivo fueron formuladas por el neurólogo Guido Dorman. Es especialista en neurología cognitiva, subjefe de la Clínica de Memoria de Ineco y médico de planta de neurología del Hospital Ramos Mejía Créditos - Edición periodística Florencia Fernández Blanco @florfb - Edición visual Florencia Abd @florenabd - IA Core Martín Pascua @MartinPascuaDev - Edición de video Valentina Ravera @vravera_ /Candela Heredia @candehere_ - Fotografía Ricardo Pristupluk /Nicolás Suárez - Edición fotográfica Aníbal Greco @anibalgreco Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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