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  • El peligro de los bañistas del Río de la Plata: entre el calor y la contaminación

    » TN

    Fecha: 18/02/2026 23:56

    El Río de la Plata es el patio trasero, la descomunal alfombra marrón bajo la cual barremos la mugre para que no se vea. Es un río contaminado que viene con gente. Personas que la sociedad dejó en offside, igual que al río, y que resisten en la orilla porque no tienen otra. Cuando el termómetro explota y las chapas del techo irradian calor como una plancha, la gente sale. No es una elección turística, es una urgencia física. Sin plata para una Costa Atlántica con precios prohibitivos, con los viejos clubes de barrio desaparecidos o impagables y ventiladores que solo mueven aire caliente, el río se convierte en una salida de emergencia. Leé también: Vóley de mesa, tenis sin raqueta o fútbol aéreo: los nuevos deportes playeros de un verano gasolero El río y la gente que se mete en él comparten el mismo estigma: son el sector olvidado. La ciudad se construyó dándole la espalda al agua, negándola, del mismo modo que el sistema niega a los que viven en los márgenes. La lógica es cruel pero eficiente: es mejor no verlos, que no se hable de ellos. Porque si se admite que existen, tendríamos que hacernos cargo. Pero el agua no es sólo marrón por el barro; es marrón por la desidia. Un informe reciente del CONICET y la Universidad de La Plata confirmó que las playas de Berisso son una bomba sanitaria. Los números asustan se detectaron niveles de contaminación fecal hasta 3.500 veces por encima de lo permitido, pero el dato más traicionero es que la arena misma funciona como un depósito de bacterias y parásitos. La raíz del problema es matemática pura: el sistema colapsó. La planta de tratamiento de efluentes de ABSA en Berisso recibe 13.000 metros cúbicos por hora de líquidos cloacales de La Plata, Berisso y Ensenada, pero solo tiene capacidad para procesar 5.000 metros cúbicos por hora. Lo que sobra, va directo al río. Leé también: Veranear en el conurbano: los rebusques de los que hacen asado al lado del río Está claro que las autoridades están al tanto de todo esto. Sin embargo, a pesar de estos datos científicos devastadores, no hay carteles rojos que digan PELIGRO. Al contrario: hay promoción turística y, lo que es peor, hay guardavidas. Esa es la paradoja mortal. La familia que llega con la heladerita ve al guardavidas en la torre y asume, con lógica pura, que si hay alguien cuidando, el lugar es seguro. El Estado te pone un profesional para que no te ahogues, pero te esconde el dato de que el agua te está enfermando. Es una falsa sensación de seguridad construida sobre el silencio, que confirma la regla de oro de esta orilla: el río y su gente no les importa a nadie.

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