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  • La dopamina y la muerte del trabajo

    » Clarin

    Fecha: 18/02/2026 08:16

    La entrevista comenzó con una campanilla amigable, casi tanto como la voz franca y armoniosa que, del otro lado del computador, me dio la bienvenida y me invitó a comentar respecto de mi último trabajo. No había rostros en la pantalla, sino un telón de fondo azul claro y una esfera perfecta, verde, artificial, que acompañaba cada palabra del entrevistador con una especie de parpadeo. Quien me estaba entrevistando era una IA. La conversación duró unos veinte minutos, a lo largo de los cuales se me invitó a abordar los temas vinculados con el cargo y se me hicieron diferentes repreguntas vinculadas con los puntos importantes de lo que había respondido. No puedo decir que fuera una experiencia desagradable. En especial si se la compara con lo ofrecido por ciertos entrevistadores humanos. Aun así, no pude dejar de sentir una cierta incomodidad, un incomprensible escalofrío. Yo sabía ya que las postulaciones y CV a cualquier trabajo los revisa, antes que un ser humano, una IA; y que dependiendo del puntaje que ésta le asigne, el candidato podrá o no ser entrevistado. Pero esto era distinto. No solo porque uno puede abrigar la esperanza de cautivar a un ser humano en la entrevista, de conmoverlo, sorprenderlo, o quizás recordarle a alguien querido, en el peor de los casos; mientras que con la IA se enfrenta uno a la lógica ciega y obediente del sistema, para la cual no somos sino datos: un rango de edad, un conjunto de palabras clave, un puntaje determinado según vaya usted a saber qué criterios. Quizá por eso hay quien dice que estamos en los albores de la muerte del trabajo. Pero eso suena mejor de lo que realmente se trata. Si bien estamos aún lejos de la soñada liberación del ser humano de la obligación bíblica de ganarse el pan con el sudor de la frente, es verdad que las dinámicas tradicionales del trabajo están cambiando muy rápido. Y apuntan, al parecer, a nuestra propia obsolescencia, nuestro reemplazo definitivo en la cadena de producción; una idea que, además, nos despojaría de los retazos de dignidad que, en un sistema como el nuestro, solamente nos otorga la posibilidad de ser explotados, es decir, de ser necesitados para el trabajo. Al contrario de lo que vaticinaban los socialistas utópicos del siglo XIX respecto al reemplazo tecnológico, esto es, que el ser humano delegaría las tareas mundanas, pesadas e indignas a las máquinas y podría dedicarse a cultivar las artes, los placeres, la educación y la investigación científica y filosófica, el futuro inmediato promete relegarnos a las labores más simples, mundanas y tediosas, o sea, las peor pagadas. A cambio, eso sí, se nos concederán formas cada vez más sofisticadas de distracción: videos divertidos, o eróticos, o indignantes, o que ofrezcan experiencias imposibles como reales. Dopamina, dopamina, dopamina. Espejismos. Han pasado tres semanas y aún no sé qué tal me fue en esa entrevista. Sobre la firma Newsletter Clarín

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