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Fecha: 18/02/2026 07:30
Dicen que amar es dar a alguien el poder de destruirte y confiar en que no lo hará. Cleopatra VII Filopátor nació en el año 69 a.C. en Alejandría, la ciudad más brillante del Mediterráneo oriental. Fundada por Alejandro Magno, Alejandría era faro cultural y puerto estratégico. Allí convivían griegos, egipcios, judíos y romanos. El comercio fluía, las bibliotecas ardían de saber, y el poder se disputaba en palacios de mármol. La dinastía ptolemaica llevaba casi tres siglos gobernando Egipto cuando Cleopatra llegó al mundo. Pero ya no era la dinastía gloriosa de sus comienzos. Intrigas internas, deudas con Roma y guerras familiares habían debilitado el trono. En ese clima creció Cleopatra: entre conspiraciones y diplomacia. Su padre, Ptolomeo XII, fue un rey dependiente de Roma. Compró apoyos, pagó sobornos y entendió que el verdadero poder ya no estaba en el Nilo sino en el Senado romano. Cleopatra aprendió mirando. Entendió que sobrevivir implicaba leer al enemigo antes de enfrentarlo. Y así lo hizo. Leé también: Gandhi y Kasturba: se casaron a los 13 años, se enamoraron décadas después y ella pagó el precio más alto Psicológicamente, Cleopatra fue una mezcla rara: una mente racional, casi fría para la estrategia, con una emocionalidad intensa en el vínculo personal. No improvisaba, pero tampoco temía arriesgar. Tenía algo que seduce más que la belleza: seguridad. Y esa confianza provenía de una convicción profunda de saber que había nacido para gobernar. En la dinastía ptolemaica los nombres se repetían como una herencia de poder, lo que vuelve hoy casi indistinguibles a padres, hermanos e hijos. Cuando su padre murió en 51 a.C., Cleopatra tenía 18 años. Debió compartir el trono con su hermano y esposo según la tradición dinástica Ptolomeo XIII, de apenas 10. La tensión fue inmediata. Ella intentó gobernar sola, firmando documentos sin él. El entorno masculino que rodeaba al niño la desplazó. En 48 a.C., Cleopatra fue expulsada de Alejandría. Sabía que no podía presentarse ante Julio César como una reina relegada que suplicaba ayuda. Debía aparecer como una revelación. Según relata Plutarco, ordenó que la envolvieran en una alfombra otras versiones hablan de una bolsa de lino y que la metieran de ese modo en el palacio de Alejandría donde César se alojaba. Cuando el bulto fue desplegado ante él, no cayó una carga diplomática: apareció Cleopatra. Tenía 21 años. No fue un gesto teatral vacío. Fue una operación psicológica brillante. Entró sin ejército, sin guardias, sin protocolo. Entró sola. Se presentó vulnerable, pero audaz. No como rehén, sino como igual. César, acostumbrado a conspiraciones y emboscadas, se encontró con una mujer que había convertido su propia fragilidad política en espectáculo calculado. En ese instante, más que seducción física, hubo inteligencia estratégica. Cleopatra no pidió ayuda: ofreció alianza. Y esa diferencia lo cambió todo. Entendía algo que muchos generales ignoraban: a veces, la escena correcta vale más que un ejército. Leé también: Marie Curie: la científica ganadora de dos Nobel que recibió una condena pública por amar a un hombre casado Ese mismo año, Roma ardía en guerra civil. Julio César perseguía a Pompeyo. El destino los cruzó en Egipto. No fue un gesto romántico, fue una jugada de supervivencia. César tenía 52 años. Era brillante, pero también narcisista, consciente de su propia grandeza. Le fascinaban las mentes fuertes. Cleopatra no se mostró sumisa. Le habló como igual. Él encontró en ella algo estimulante: una interlocutora, no una conquista más. La relación comenzó en 48 a.C. y pronto derivó en una guerra dentro de Alejandría. César apoyó a Cleopatra; Ptolomeo XIII murió ahogado en el Nilo tras la derrota. Cleopatra recuperó el trono. En 47 a.C. nació Ptolomeo XV, conocido como Cesarión. Para Cleopatra, ese hijo era más que amor: era legitimidad. Para César, era una prolongación de sí mismo. Pero Roma jamás aceptó a ese niño como heredero oficial. Al año Cleopatra viajó a Roma. Se instaló en una villa al otro lado del Tíber. Fue un escándalo silencioso. César estaba casado. Roma miraba con mezcla de fascinación y rechazo a la reina oriental que desafiaba sus códigos. Cleopatra observaba la ciudad con atención quirúrgica: entendía que ahí se decidía su futuro. El 15 de marzo del 44 a.C., los Idus de marzo, César fue asesinado. Cleopatra estaba en Roma. Su reacción fue inmediata: regresar a Egipto. Supo leer el peligro. Sin César, su posición era frágil. Ahí aparece Marco Antonio. Leé también: El amor gay prohibido de Oscar Wilde por el que fue a la cárcel, perdió su dinero, su carrera y a sus hijos Nacido en 83 a.C., Antonio era soldado antes que político. Carismático, físicamente imponente, impulsivo. Tenía una personalidad adictiva: al vino, a la fiesta, a la intensidad. Donde César era mente, Antonio era cuerpo. Pero no era un tonto: sabía de estrategia militar y tenía ambición. Se reencontraron en 41 a.C. en Tarso, actual Turquía. Cleopatra llegó en una barcaza dorada, vestida como Afrodita. Otra entrada teatral, sí. Pero también psicológica. Antonio era sensible al espectáculo, al reconocimiento, al halago. Ella le dio todo eso y algo más: una alianza real. Lo que comenzó como negociación se volvió pasión. Antonio encontró en Cleopatra una mezcla de amante y compañera política. Ella vio en él una energía vital que la sacaba del cálculo permanente. Vivieron en Alejandría como si Roma quedara lejos. Fundaron una corte paralela. Tuvieron tres hijos. En 34 a.C., Antonio proclamó las Donaciones de Alejandría, otorgando territorios romanos a los hijos que tenía con Cleopatra. Fue un error político monumental. Octavio, el heredero adoptivo de César, aprovechó esa decisión. Nacido en 63 a.C., era frío, estratégico, casi clínico en su ambición. Psicológicamente, representaba lo opuesto a Antonio: control absoluto, represión emocional, paciencia infinita. Transformó la historia de amor en propaganda. Roma debía creer que Antonio había sido dominado por una reina extranjera. La guerra fue inevitable. En el 31 a.C., la batalla naval de Actium selló el destino. Cleopatra decidió retirarse con su flota. Antonio la siguió. Ese gesto fue interpretado como traición por muchos romanos. Pero también puede leerse como un acto de lealtad amorosa. Tras la derrota, Antonio cayó en una espiral depresiva. El hombre exuberante se volvió sombra. Cuando recibió la falsa noticia de que Cleopatra había muerto, se clavó su propia espada. Leé también: La relación abierta más provocadora: el día que Simone de Beauvoir rechazó casarse con Jean-Paul Sartre Cleopatra lo hizo llevar hasta ella. Lo sostuvo mientras moría. Ese momento más íntimo que cualquier banquete revela su corazón: podía ser estratega, pero también profundamente leal en el amor. Octavio entró en Alejandría y Cleopatra intentó negociar por sus hijos. No lo logró. Entendió que sería exhibida en Roma como botín de guerra. Eligió el suicidio. Probablemente en agosto del 30 a.C. La versión del áspid (la cobra venenosa) es la más famosa, aunque historiadores discuten el método. Lo cierto es que decidió su final. Tenía 39 años. Cuando Cleopatra murió, no cayó solo una amante célebre ni una rival de Roma. Se extinguió una dinastía de casi tres siglos. Terminó el Egipto independiente. La última reina de Egipto fue una mujer que había unido amor y poder en la misma apuesta. Después de ella, el Nilo respondió a Roma. Egipto fue anexado por Roma como provincia imperial. Octavio adoptó el nombre de Augusto y comenzó una nueva era. Cleopatra pasó a la historia como seductora peligrosa. Pero detrás del mito hay una mujer que entendió que, en su tiempo, amar a un hombre poderoso era también una forma de gobernar. Su tragedia no fue amar demasiado. Fue haber vivido en un mundo donde el amor femenino siempre debía pagarse con sangre. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas. Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.
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