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  • Juan Carlos Desanzo: adiós a un artesano del cine argentino

    La Plata » El dia La Plata

    Fecha: 18/02/2026 03:12

    Director de fotografía de clásicos como La hora de los hornos y realizador de películas clave como Eva Perón y El polaquito , construyó una obra marcada por la búsqueda estética y la tensión social Con la muerte de Juan Carlos Desanzo, ayer a los 88 años, se cierra una de las trayectorias más singulares del cine argentino: la de un hombre que empezó barriendo estudios, se convirtió en uno de los directores de fotografía más influyentes del país y terminó siendo, ya como realizador, un autor obsesivo, político y profundamente popular. La confirmación llegó a través de Directores Argentinos Cinematográficos (DAC), la entidad que lo despidió como a uno de sus mayores autores, un artesano clave de las imágenes que definieron varias décadas del cine nacional. Durante más de veinte años su firma estuvo detrás de algunas de las películas más importantes de la cinematografía argentina. La hora de los hornos, Juan Moreira, La tregua, Los gauchos judíos, Crónica de una señora o The Players vs. Ángeles Caídos forman parte de una lista que lo consolidó como un referente visual indiscutido. Para Desanzo, el director de fotografía era el verdadero productor de las imágenes de una película: el técnico que convierte en materia visible las intuiciones del director. Nacido en Buenos Aires en 1939, su biografía parecía escrita por el mismo cine que lo deslumbró de niño. A los cinco años repartía hielo por el barrio y ese trabajo lo llevó a un pacto fundacional: el dueño de un cine le ofreció entrada gratis a cambio de promocionar la cartelera. Desde entonces no dejó de ver películas. El cine se convirtió en una religión antes de convertirse en un oficio. Sin tradición cultural familiar su padre era barrendero y su madre mucama insistía en que el impulso fue personal, casi biológico: el cine era, decía, todo. Su formación fue autodidacta y vertiginosa. Aprendió a filmar observando y resolviendo rodajes sin red. A fines de los años sesenta ya era un profesional solicitado. El espaldarazo internacional llegó con Crónica de una señora, que le valió la Concha de Oro a la mejor fotografía en San Sebastián. Luego vendrían Juan Moreira y La hora de los hornos, dos hitos que consideraba fundacionales del cine político latinoamericano. En 1983 dio el salto definitivo a la dirección con El desquite. Desde entonces construyó una filmografía marcada por el policial y la tensión social. En retirada, La búsqueda, Al filo de la ley y Eva Perón lo convirtieron en una figura central del período democrático. Su mirada alcanzó un punto extremo con El Polaquito, la película que fue gloria internacional y herida personal. El Polaquito denunciaba las mafias que explotan a los chicos de la calle a partir de un caso real ocurrido en 1994 en la estación Constitución. Filmada con un registro cercano al documental y protagonizada por chicos que habían vivido en la calle, se transformó en un retrato brutal de la vulnerabilidad infantil. Ganó 38 premios internacionales, pero en Argentina casi no tuvo público. Esa contradicción lo marcó profundamente. En 2022 confesó que la recepción local le produjo una desazón inenarrable. Para él, el cine debía existir frente a multitudes. La frustración fue uno de los motivos de su retiro a la costa atlántica, donde buscó tranquilidad y siguió escribiendo. A lo largo de su carrera trabajó con algunos de los nombres más decisivos del cine argentino y fue testigo directo de sus transformaciones estéticas y políticas. Siempre recordó su vínculo con Fernando Pino Solanas y Leonardo Favio como experiencias fundacionales: dos directores opuestos en estilo pero unidos por una ambición artística desmedida. Desanzo decía que el cine político moderno encontraba en La hora de los hornos un punto de partida inevitable y que la poesía visual de Favio lo obligó a repensar la relación entre técnica y emoción. Con el paso de los años, su propia mirada se fue desplazando: del rigor técnico extremo a una preocupación cada vez mayor por los actores y la potencia dramática de sus cuerpos en pantalla. Esa evolución también definió su etapa como director. Le interesaban los personajes atravesados por conflictos morales, las zonas grises de la ley, la tensión entre poder y fragilidad. Sus policiales no eran simples relatos de acción sino estudios de carácter. En entrevistas solía advertir que el cine debía incomodar, provocar, sacudir al espectador. Por eso defendía una idea de cine popular que no implicaba concesión estética sino compromiso narrativo: películas capaces de convocar grandes públicos sin renunciar a una mirada crítica sobre la realidad social argentina. A pesar del retiro parcial, siguió vinculado a DAC y a la defensa de los derechos de los directores. Viajaba a Buenos Aires para reuniones, daba clases magistrales y defendía la organización colectiva del sector. Hasta el final se pensó como parte de una comunidad de trabajadores del cine más que como una figura aislada. Su última aparición pública fue también una declaración política. El 4 de febrero, durante la presentación del Espacio Audiovisual Nacional ante legisladores, defendió el cine argentino y reclamó sostener la industria cultural. Fue un gesto coherente con toda su carrera: el técnico que se hizo autor y nunca dejó de sentirse un obrero del cine. Diario El Día de La Plata, fundado el 2 de Marzo de 1884. © 2026 El Día SA - Todos los derechos reservados. 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