15/02/2026 22:59
15/02/2026 22:59
15/02/2026 22:58
15/02/2026 22:58
15/02/2026 22:58
15/02/2026 22:58
15/02/2026 22:58
15/02/2026 22:57
15/02/2026 22:57
15/02/2026 22:51
» La Nacion
Fecha: 15/02/2026 20:29
Fue el jefe más querido de la TV y pensó que la fama sería eterna, pero tuvo un trágico final y su familia quiso ocultarlo Edward Platt vivió la época dorada de la televisión al interpretar a un personaje inolvidable; sin embargo, cuando las luces del set se apagaron, también lo hicieron en su vida: su historia y el pacto de silencio que duró más de tres décadas - 8 minutos de lectura' Hay personajes que dejan su huella en la memoria colectiva de la audiencia aunque no sean los protagonistas y, de hecho, muchas veces se vuelven indispensables en la historia solo por haber sabido ganarse el cariño del público. Uno de esos lugares lo ocupó Edward Platt, El Jefe del Superagente 86 (Get Smart). Ese hombre apacible y serio, siempre elegante y con una misión lista para encomendarle a Maxwell Smart, fue mucho más que un actor de reparto: fue el contrapunto perfecto y el ancla emocional de una comedia de espías que marcó a más de una generación. Platt nació el 14 de febrero de 1916 en Staten Island, Nueva York, y creció en Kentucky, donde su familia era dueña de una granja de tabaco. Lo llamaron Edward en honor a un tío que había muerto en el frente durante la Primera Guerra Mundial. Desde muy temprana edad, demostró un interés por la música afición heredada de su madre e incluso estudió en la Escuela Juilliard. Fue cantante de ópera, del registro bajo-barítono, y todo parecía indicar que dedicaría su vida a seguir esta pasión. Sin embargo, el destino tenía otros planes para él. Su faceta artística se vio interrumpida durante un tiempo, cuando sirvió en el ejército como operador de radio durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando el conflicto bélico terminó y él retomó su vida, sus gustos cambiaron un poco y decidió dedicarse a la actuación. Estudió Lenguas Románticas en Princeton y fue allí donde conoció a quien lo ayudó a dar sus primeros pasos en el mundo del espectáculo: el actor puertorriqueño José Ferrer. Comenzó su carrera con pequeños papeles en Broadway y luego dio el gran salto al cine. Actuó en Rebelde sin causa (1955), protagonizada por James Dean y Natalie Wood, y en Rock, Pretty Baby (1956), además de ponerse en la piel del abogado de Roger Thornhill (Cary Grant) en North by Northwest (1959), de Alfred Hitchcock. También tuvo participaciones en las series Bonanza y La dimensión desconocida. Pasados los 40, había construido una sólida carrera en la pantalla grande y en el teatro, aunque su gran popularidad aún estaba por llegar. El papel de su vida y la frase que se convirtió en profecía A mediados de la década del 60, irrumpió en la televisión estadounidense una serie que, para muchos, marcó un hito: El Superagente 86. La producción, que retrataba las aventuras (y desventuras) del agente Maxwell Smart (interpretado por Don Adams) y su compañera, la 99 (Bárbara Feldon), se estrenó el 18 de septiembre de 1965 y se emitió durante cinco temporadas: las cuatro primeras en la cadena NBC y la última en CBS. Creada por Mel Brooks y el guionista Buck Henry, durante 138 episodios la exitosa parodia de un agente secreto que se metía siempre en problemas a la hora de resolver las misiones, conquistó rápidamente a la audiencia por su elenco. Y, entre ellos, estaba Platt, el Jefe de CONTROL, la agencia que combatía a la organización KAOS, la cual buscaba apoderarse del mundo. Su personaje, que le aportaba una divertida seriedad a la trama, debía soportar la ineptitud de Smart, que siempre se disculpaba de su torpeza con la misma frase: Lo siento, Jefe. Pero esa paciencia no era solo ficción, dado que Platt solía ser el que mantenía la compostura en el set cuando todos estallaban de risa por las improvisaciones de Adams. En uno de los episodios, los guionistas aprovecharon su formación lírica para que el Jefe cantara en escena, algo que dejó claro que nunca había abandonado del todo su pasión por la ópera. Fue uno de los pocos momentos en que el personaje mostró una faceta personal, al igual que cuando se reveló su mayor misterio: aunque siempre se lo conoció por su cargo, su nombre de pila era Tadeo. La complicidad entre Adams y Platt era evidente ante las cámaras e incluso las traspasaba. Verlos en escena con el cono del silencio de por medio aquel dispositivo diseñado para garantizar la confidencialidad de sus charlas, pero que siempre fallaba y los obligaba a gritar para escucharse no hacía más que confirmar su excelente química como dupla. El productor de la serie, Leonard Stern, fue quien eligió a Platt para el papel. Resultó ser irremplazable. Rara vez se dice eso de un actor, pero resultó que había algo innato en Ed, una paciencia paternal, reveló en una entrevista en el 2000. Los años en la pantalla chica le dieron a Platt una gran popularidad y le permitieron lograr algo que no imaginaba, pero agradecía: el cariño de la gente. Lo reconocían en la calle y le pedían autógrafos. No solo era parte de un éxito, sino que creyó que eso duraría para siempre. La serie es pura alegría. Si alguna vez los productores descubren que me estoy divirtiendo tanto, ¡van a querer que les pague yo a ellos!, aseguró en una entrevista con el medio Inside TV para describir lo bien que la pasaba en el set. Su personaje no hizo más que crecer temporada tras temporada, tanto que a partir de la segunda entrega su nombre ya aparecía en los títulos iniciales, detrás de Adams y Feldon (hasta ese entonces, lo mencionaban al final). Mientras Platt disfrutaba de la fama y el reconocimiento masivo, también hablaba de sus miedos. Durante un reportaje con TV Guide expresó: Creo que si El Superagente 86 se cancela, voy a morir un poco; algo se va a apagar dentro de mí. Aunque por mucho tiempo la suerte estuvo de su lado, la magia no duró para siempre y, para la quinta temporada, la audiencia había disminuido, los números ya no acompañaban al programa y, cuando de negocios se trata, no hay cariño del público que los pueda salvar. Fue así como la serie llegó a su fin. Cuando las luces del set se apagaron por última vez, una parte de Platt también lo hizo. Además, le ocurrió lo que pasa con tantos actores: quedó encasillado en un papel. El mismo personaje que amó, le dio popularidad y lo catapultó a un éxito que creía interminable, fue lo que, al final de cuentas, lo destruyó. Cuando decidieron que no habría más serie, él se planteó el desafío de tener que buscar un lugar en otro lado. Casado dos veces y padre de cuatro hijos, de a poco la fama se diluyó y el teléfono dejó de sonar. Las propuestas laborales eran cada vez más esporádicas y todo eso influyó en su estado de ánimo, aislándolo cada vez más no solo de su entorno, sino también del mundo. Sin embargo, no abandonó del todo sus sueños. En 1973 recaudó fondos para producir uno de los primeros largometrajes independientes filmados íntegramente en video: Santee, protagonizada por Glenn Ford. Estaba claro que quería mantenerse vigente en el mundo del espectáculo cueste lo que cueste. El final que su familia no quería hacer público El 19 de marzo de 1974, uno de sus hijos fue a verlo a su departamento de Santa Mónica, en California, preocupado porque no respondía sus llamadas. Al llegar, nadie le abrió la puerta. Fue así como decidió llamar a la Policía. Cuando los agentes llegaron y lograron ingresar, fue demasiado tarde: encontraron a Platt muerto. Tenía 58 años. Aunque en un primer momento sus allegados dijeron que había sufrido un infarto, y de hecho fue eso lo que trascendió a la prensa y lo que se publicó en los diarios, la verdad detrás de su muerte era mucho más dolorosa: había decidido quitarse la vida. Jeff, uno de sus hijos, fue quien lo confirmó en 2007, a más de tres décadas de la muerte del actor: se suicidó por depresión y por la falta de trabajo, algo que le trajo complicaciones financieras. Fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el océano Pacífico. Durante una entrevista hace unos años, Bárbara Feldon, la 99, recordó a Platt con mucho cariño: Era un caballero, muy talentoso y dulce. Tenía una tremenda sensibilidad y era muy profesional. Él era el ancla del show, era maravilloso. Pero no socializábamos tanto; conocés a la persona, pero no sabés detalles de su vida; eso es común en las series. La verdad sobre su final se mantuvo bajo llave durante tanto tiempo que incluso sus compañeros de elenco la desconocieron por décadas. Aquel silencio no hizo más que agigantar el mito de un hombre que, con la misma sobriedad que su personaje, dio la gran pelea de su vida lejos de las luces y las cámaras. Para los nostálgicos amantes de las series retro, la tragedia no logra empañar el legado. Ver un episodio de El Superagente 86 es sinónimo de risas y también un refugio donde el recuerdo de Platt le gana al olvido. En esos instantes él vuelve a ser, aunque sea por un rato, El Jefe. Otras noticias de Celebridades Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
Ver noticia original