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  • Julio Cortázar y la casa tomada

    Concordia » Diario Junio

    Fecha: 15/02/2026 14:41

    Julio Cortázar y la casa tomada A partir de la muerte de Julio Cortázar y de su emblemático cuento Casa tomada, una relectura alegórica que dialoga con la historia política argentina. Entre exilio, dictadura y memoria, la casa se vuelve metáfora del país y de las disputas por su destino. El 12 de febrero de 1984 Julio Cortázar muere en París. Unos meses antes volvió a Buenos Aires, luego de un largo exilio. Tenía interés de reunirse con Alfonsín, pero la entrevista no fue concedida. Nunca se supo bien del todo por qué, aunque se supone que el perfil ideológico del escritor, que después de la Revolución Cubana, a la que adhirió sin fisuras, asumió un mayor compromiso político con el socialismo, la causa de los derechos humanos y contra las dictaduras, no atraía al gobierno en ciernes, que prefería perfiles más moderados como el de Ernesto Sábato. Ese desplante fue una de las tantas ingratitudes que la historia registra contra los grandes hombres, generosos y geniales como Cortázar. Una injusticia con un intelectual que se jugó desde el exilio con la causa de la denuncia de la violación a los derechos humanos por parte de la dictadura y la recuperación de la democracia. Cortázar, pacifista y humanista, nació paradójicamente en Bélgica, en medio de los bombardeos que daban inicio a la Primera Guerra Mundial. Vivió en Banfield en su infancia, estudió Maestro Normal, fue profesor de Literatura Francesa en la Universidad de Mendoza y en 1951 se fue a París, en gran parte por el rechazo al peronismo que caracterizaba a los intelectuales argentinos de la época. Ese año se publicó Bestiario, un libro de cuentos que incluyó Casa tomada, que relata una invasión terrorífica e indefinida que poco a poco va acorralando a los dueños, dos hermanos aristócratas terratenientes que viven en el ocio de las rentas de su herencia. El narrador es el hermano, que lee literatura francesa como principal afición y vive con su hermana Irene, cuyo principal entretenimiento es el tejido. Este relato, que según el autor surge de una pesadilla, fue interpretado por Juan José Sebreli como una alegoría (la casa como metáfora del país) del modo convulsivo en que la oligarquía vivió la irrupción del peronismo y los cabecitas negras en una patria de la que se sentían dueños. Cortázar, que siempre apeló a un lector activo en la interpretación de su obra, no descartó esa versión. En el siguiente relato, y a la luz de los acontecimientos de la historia, intento imaginar el destino de la casa, como reflejo de nuestro fracaso en incluir a todos y en el anhelo de alguna vez tornarla habitable para todos. El destino de la casa Después de arrojar la llave vagamos sin destino durante un tiempo, confundidos y asustados. Irene estaba triste y ni siquiera la distraía el tejido, con el recuerdo fresco y la amargura de la casa tomada. En un momento en que desesperaba, Irene dio eureka y propuso ver al general amigo de nuestro padre para contarle de la invasión. El general dijo con firmeza que había que recuperar la casa, que no podía permitir que el desorden se apoderara de ella. Fuera por aire o por tierra había que recobrar el control. Aseguró que debería usar métodos ilícitos y algo desagradables, pero que nada es mucho cuando se trata de defender los valores inviolables de la propiedad. El general, un hombre inmenso y de gesto adusto, se mostraba decidido y nosotros, esperanzados. Veía en el rostro de Irene una indisimulable admiración por la reciedumbre del militar. A mí me emocionaba la idea de recuperar la casa, el linaje y el legado. Un sentimiento de justicia, casi vengativo y desacostumbrado, me hervía en la sangre y me llenaba de odio por la turba que había alterado nuestra tranquilidad. Además, extrañaba horrores mi biblioteca y la literatura francesa, con la que entretenía las horas de ocio. El general finalmente cumplió con su patriótica promesa. Rescató la casa expulsando a los intrusos a sangre y fuego; ni uno de ellos quedó en pie. Ajustició incluso, sin piedad, a algunos fervorosos levantiscos en insólitos baldíos, porque para redimir el orden el general no se fijaba en las formas. Una sensación de ensueño nos tomó trémulos cuando recorrimos la casa recuperada. Ni siquiera empañó nuestra emoción la suciedad que habían dejado: grasa por doquier, revistas colorinche, un cuadro colgado en el centro con la efigie de una mujer liviana y venerada, y los libros usados para el fuego de las parrillas mostraban el rescoldo de alguna solapa chamuscada. Irene lloró y el general la abrazó comprensivamente. Le aseguró que nunca más esa casa que nos pertenecía por derecho natural nos sería arrebatada. Durante 18 años el general vino a vernos todos los días, a controlar que todo estuviera sin novedad. Durante todo ese tiempo nos garantizó, con su seguridad y su fuerza, el inapreciable goce de la holganza y el privilegio que nos correspondía. Aventó con tanques y soldados, bombas y cuarteles, la agitación y los alborotos que apenas se escucharon sordos del lado de afuera. Irene siguió disfrutando del tejido de chalecos, pañoletas y mañanitas, e incluso se animó a invitar a la casa a algunas amigas de la Iglesia, de la caridad o de la Sociedad de Beneficencia. Yo me coaligué más intensamente con otros estancieros y me di un poco más a las reuniones del club con amigos que también habían sufrido la toma, no por interés genuino, porque soy más bien solitario, sino para estrechar lazos y evitar otra amargura. En una noche sangrienta, el drástico general tuvo que recurrir a métodos aún más terroríficos, incluso espeluznantes, tanto que hasta a nosotros mismos nos incomodaban un poco. El general decía, y estaba seguro, que se trataba de una enfermedad que había que exterminar de raíz y así lo hizo. Logró que la armonía y la normalidad volvieran al hogar, incluso que esa barbarie, aluvial y turbulenta, se amansara y sirviera, sin costo alguno y en ocasiones con beneplácito, al mantenimiento de la casa.

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