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Fecha: 15/02/2026 11:59
El Presidente ha avanzado, muchas veces a los ponchazos, pero siempre con convicción, en el sentido de su agenda de Gobierno: tiene una visión estratégica para el país y entenderlo quizás demande tener esto claro. Si bien este pilar nunca enunciado de manera explícita, grandes victorias políticas como la Ley de Bases y el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) fueron implícitamente dirigidos a su concreción. La transición desde una economía intervenida hacia una economía de libre mercado no es un camino asfaltado, sino que genera varios crujidos: en diciembre, la producción industrial cayó 3,9% contra diciembre de 2024, y la recuperación de todo 2025, un magro 1,6%, lejos estuvo de compensar la caída de 9,4% en 2024. La mayor parte de las industrias sigue por debajo de los niveles de producción de 2023. Claro que hay otros sectores de la economía, como el agro, la minería, o la energía, que producen a niveles récord, o cerca de ellos. Es vox populi esto del crecimiento desigual. Más que decir que la cosa anda mal, habría que entender si no es lo que el plan económico pretende y que, en realidad, todo marcha de acuerdo con el plan. Probablemente, la industria andaría mejor si el tipo de cambio estuviera más depreciado, o si la economía estuviera más cerrada, o si hubiera mayores aranceles a la importación. Pero pedir por eso en esta administración parece una propuesta perdedora. Lo que es más difícil de comprender es la razonabilidad de la infraestructura regulatoria o legal con la que se persigue el pilar de la competencia de libre mercado y el fluir libre del capital. El fomento a los sectores competitivos contenidos en el RIGI parece una buena idea. La apertura indiscriminada es un poco más cuestionable. No es lo mismo que Techint reclame por la entrada de tubos chinos, o que lo hagan los fabricantes de automóviles por la llegada de autos eléctricos del mismo país, o que las farmacéuticas pongan el grito en el cielo por el acuerdo comercial con los EE.UU., o que los productores textiles se quejen de Shein o Temu. Cada sector es un mundo, y alguno de ellos no funciona sin trabas o ayuda estatal, mientras que otros son competitivos, aunque no se lo crea. Cuestionar a Tenaris, que exporta más del 70% de su producción, no hace sentido. Que pierda una licitación privada tampoco debería ser noticia. Lo es porque el producto ganador llega al país a un precio inferior al que cuesta producirlo en cualquier país del mundo. El precio sólo es posible por un subsidio del estado chino a un sector sobre expandido en ese país. ¿Tiene sentido fomentar el libre mercado y al mismo tiempo perjudicar a una empresa capaz de competir en todos lados, menos en aquellos que no operan con las reglas de libre mercado? Muchos países del mundo han impuesto aranceles al acero chino. Muchos de ellos gobernados por líderes con pensamiento afín al de Milei. Elegir empresarios enemigos siempre es fácil. Son ricos y exitosos, y generan envidia y resentimiento. Es cierto que muchos sectores industriales se enriquecieron durante décadas gracias a la protección y los subsidios. No parece mal ponerlos a competir y que, si no lo pueden hacer, cierren. Eso irá en beneficio de la mayoría de la población. Lo que no se ve tan razonable es ponerlos a competir con reglas que en los países competidores no se cumplen.
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