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Parana » AnalisisDigital
Fecha: 15/02/2026 09:29
La inflación en Argentina supera los registros de los gobiernos anteriores pese al fuerte ajuste monetario de Javier Milei. Ernesto Tenembaum En la semana que termina, el presidente Javier Milei exhibió una vez más su notable fortaleza política al conseguir media sanción para la reforma laboral y la reducción de la edad de imputabilidad. Como sucedió hace dos años, con la aprobación de la Ley Bases y del RIGI, Milei demostró que no es un recién llegado, ni un improvisado sino que lidera claramente los ritmos y el contenido del proceso político. O sea, que es el indiscutible jefe político del país. Sin embargo, hay un costado de la realidad que se le resiste con terquedad y que se rebela, todos los meses, cuando se conoce el índice de inflación. Ese punto parece cada vez más su talón de Aquiles. Veintiséis meses después de su asunción, la inflación argentina sigue siendo de las más altas del mundo. El ritmo inflacionario se acelera un poco mes a mes y, en los últimos tres meses, supera incluso a cualquier momento de la inflación de los dos mandatos de Cristina Kirchner, aun la que medían Patricia Bullrich y Federico Sturzenegger. De tal forma que, contra lo que se podría prever, mientras la gestión abunda en éxitos políticos destacados, la económica enfrenta grandes signos de pregunta que, como se verá, no se reducen al bendito índice de precios. La situación es tan delicada que esta semana la ha expresado con tanta claridad como delicadeza uno de los pocos economistas destacados con los que Milei aún no se ha peleado. Juan Carlos de Pablo, el profe, en un breve texto, sostuvo: El problema es la tasa de inflación que, desde fines de 2024, salvo un mes, nunca bajó del 2 por ciento. ¿Es la inflación un fenómeno exclusiva o principalmente monetarios? ¿Por qué tenemos inflación con un tipo de cambio que no aumenta y hasta que baja? Han transcurrido suficiente cantidad de meses para que la cuestión merezca ser puesta sobre el tapete. De Pablo, a quien Milei recibe muchos domingos en Olivos para escuchar ópera, remata: Se trata de acertar con el diagnóstico y actuar en consecuencia. ¿Acertar con el diagnóstico? ¿Quién será el que no acierta? Tal vez el problema inflacionario no sea un asunto muy popular aún, porque existe el recuerdo de cuando, fugazmente, fue de tres dígitos. Sin embargo, cualquier persona medianamente razonable puede registrar un problema serio no solo por el número en sí sino también por el contexto en el que se produce. Habitualmente las tasas altas de inflación conviven con economías en expansión, o con aumento de empleo. Este no es el caso. A veces, la inflación es disparada por el aumento del tipo de cambio. Tampoco ocurre eso. Un sector importante del pensamiento económico considera que la expansión del gasto fiscal deriva tarde o temprano en el aumento de precios. Pero Milei dice que su gobierno hizo el ajuste más importante de la historia humana. La inflación alta convive en estos días con caída salarial, caída de empleo, caída de consumo, reducción a cero de la obra pública, subutilización récord del aparato industrial, ancla cambiaria, inédito respaldo económico de Estados Unidos, aluvión de productos baratos del extranjero. Se ha puesto en marcha una batería de medidas impresionante -muchas de ellas con costo social altopara frenar la marcha de los precios. Y, sin embargo, no es solo que esa marcha no frena, sino que aumenta en su velocidad: mínimamente cada mes, pero aumenta. En ocho meses se duplicó. El mes pasado, cuando se conoció el 2,8% de diciembre, el Gobierno simuló euforia porque enarboló la comparación interanual, donde se reflejaba una reducción del 120 al 31% entre 2024 y 2025. Pero el dato ya era malo, y creciente. En enero fue peor, encima enmarcado por el desastre de la renuncia de Marco Lavagna, el titular del Indec, por la resistencia del Presidente a adaptar el índice vetusto e inapropiado que mide la evolución de los precios. En el peor momento inflacionario de las gestiones de CFK el IPC orillaba estos números, solo que convivía con altos niveles de empleo, crecimiento salarial y expansión económica. Ese problema persistente habilita a preguntarse, una vez más, si el enfoque de Javier Milei y Luis Caputo es correcto. De nuevo: dos años después la inflación crece, la pobreza crece, los salarios caen, el consumo cae, la producción industrial también. ¿Es la inflación un fenómeno exclusiva o principalmente monetarios?, se pregunta De Pablo. Es una manera elegante de plantear esa misma duda: ¿Estarán pensando bien? Hasta aquí parecía haber un gran consenso nacional en que la inflación era siempre y en todo momento un fenómeno monetario. Si alguien ajustaba, no emitía. Y si no emitía, entonces no habría inflación. Pero claro, Milei y Caputo ajustaron, no emitieron, y la inflación crece. ¿Entonces? Hay, naturalmente, quienes creen que el Gobierno está haciendo las cosas bien y que solo es cuestión de tiempo para que los efectos del torniquete monetario produzcan el colapso de la inflación. En todo caso, dicen, la caída de la demanda de dinero producto de la incertidumbre electoral solo habrá retrasado un poco las cosas. Si fuera así, todo marcharía de acuerdo al plan: apenas será cuestión de esperar. Lo que ocurre es que quienes argumentan esas cosas son casi los mismos que despreciaban las advertencias previas a las crisis de abril y de octubre del año pasado, que fueron solucionadas por una oportuna asistencia externa. Otros economistas sostienen que las tasas de interés, con la que se incentiva otra vez el ingreso de dólares financieros, son un factor inflacionario. Y también el lento pero constante traspaso a precios de la devaluación del año pasado, y los aumentos de los servicios pospuestos para después de las elecciones. Pero, sobre todo, argumentan que el Gobierno tiene un enfoque económico muy limitado cuyos efectos son un desempeño productivo muy magro, para decir lo menos, con una inflación persistente. Si los segundos tienen razón, la inflación seguirá arriba del dos por ciento, cómoda. Y eso mientras no se desacomode alguna de las tantas anclas que la contienen en ese nivel. Todo este panorama representa un desafío intelectual tremendo para el propio Milei. Porque la realidad le está obligando a hacerse la pregunta que formula su amigo De Pablo: ¿Es la inflación un fenómeno exclusiva o principalmente monetario?. Esa pregunta pone en cuestión no solo la marcha del proceso económico sino el encuadre con el que Milei percibe el mundo. El Presidente ha dicho que realizó en tiempo récord el ajuste más importante de la historia humana y que eso aseguraría que la inflación se convierta en un hecho del pasado en un lapso de entre 18 y 24 meses, que es lo que requeriría que el remanente del excedente de dinero fuera absorbido. Pero los 24 meses se cumplieron hace sesenta días. Hay dos posibilidades. Una es que Milei no haya hecho el ajuste que pregona, o que no lo haya hecho bien. Eso sostienen algunos monetaristas. Pero Milei no acepta ese punto de vista. Por lo tanto, algo debería andar mal con la teoría. Sin excedente monetario, la inflación debería haber desaparecido: era una cuestión meramente matemática. Y no ocurrió. Entonces, aparece el factor de la demanda de dinero, de la oposición destructiva, de la historia argentina y, últimamente, el Presidente agrega que al índice hay que restarle un 2% (¿?). Más allá de cualquier relato, como dice De Pablo, lo central es que el Gobierno tenga un diagnóstico correcto. ¿Lo tiene? ¿Puede entender y, por lo tanto, explicar por qué la inflación no baja pese a que hicieron todo bien? Por ahora, al menos en público, no se refleja ninguna búsqueda. Apenas la repetición de los latiguillos monetaristas de siempre. Mientras tanto, la política se tiñe de violeta, y en esa marcha triunfal, vuelve a ofrecer la posibilidad de hacerse preguntas. Algunas de ellas son muy generales. La reforma laboral triunfante, ¿solucionará los problemas de empleo no registrado? Desde el oficialismo se responde con una mirada general: cuando el costo laboral baja, las empresas invierten y contratan más trabajadores. En teoría parece sensato. Pero, entonces, ¿por qué cayó en lugar de subir el empleo desde el envión desregulatorio incluido en la ley Bases? ¿Por qué el récord de creación de empleo en blanco se produjo en los primeros años del kirchnerismo, con derechos laborales a pleno? ¿Y por qué el récord de desempleo sucedió durante la convertibilidad con los primeros avances fuertes hacia la así llamada modernización laboral? La idea de que se deben reducir los derechos de los trabajadores registrados para que aumenten sus derechos puede ser, a la vez, rara y virtuosa. O no. Puede que se reduzcan derechos solo para trasladar recursos de los trabajadores a los empresarios. Se verá. Mientras tanto, en Diputados se empieza a discutir ese punto de la ley que dispone una reducción salarial para los trabajadores y trabajadoras que se enfermen. Más preguntas. Si una gran empresa creció en la Argentina con estas normas laborales, ¿por qué no podría seguir solventando el salario de una mamá, que tiene niños que atender, y que se enferma gravemente? ¿A quién se le ocurrió esa idea? ¿Por qué la votaron tantos senadores? Ese punto está destinado a generar un debate muy serio sobre el fondo de la cuestión que es el espíritu del gobierno de Milei y los valores actuales del importante sector social que los respalda. Lo interesante de procesos políticos tan audaces como el de Javier Milei es que representan una gran oportunidad para hacerse preguntas. En ese sentido, mejor desconfiar de las respuestas lineales. Nos hemos pegado cada porrazo con las respuestas lineales que convendría no insistir. (*) Esta columna de Opinión de Ernesto Tenembaum fue publicada originalmente en el portal de Infobae.
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