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  • EE.UU. vs. China: El nuevo tablero mundial reconstruye la bipolaridad de la Guerra Fría

    » Clarin

    Fecha: 14/02/2026 10:32

    Desde de los centros del poder real, la visión del mundo adquiere otros matices y sentidos. Luis Schenoni es Profesor Asistente en el Departamento de Ciencia Política de University College London y director del Programa de Estudios de Seguridad de la misma universidad. Desde allí analiza el tablero internacional y cree que el reajuste del sistema mundial beneficia a EE.UU. en su competencia con China, y que esto evoca una lógica bipolar similar a la de la Guerra Fría. Con una agenda agitada por los días que corren, Schenoni atendió la llamada desde Buenos Aires para reinterpretar la trama de este conflicto. Hablás del supuesto fin de una era en la política internacional. ¿Cómo caracterizarías el tiempo que está naciendo o que ya nació? Yo cuestiono la idea de un fin de era. En general, muchos análisis hablan del colapso del orden de posguerra, pero lo que estamos viendo es más bien un reajuste de ese sistema, en beneficio de Estados Unidos, en el marco de una competencia estratégica con China que ya comenzó. Podría pensarse como un retorno a una lógica bipolar, donde China ocupa el lugar de principal competidor, algo similar a lo que fue la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Este proceso implica un aparente abandono o debilitamiento del orden liberal internacional, pero no necesariamente su destrucción. Más bien recuerda al reacomodamiento que impulsó Nixon: China se benefició durante décadas de ese orden para crecer económica y militarmente, y hoy desafía la hegemonía estadounidense en Asia. Frente a eso, EE.UU. busca recomponer su relación con aliados en Europa y Asia, delegando mayores responsabilidades militares para contener esa amenaza. ¿Cuál es el plan de Estados Unidos o de Trump para el mundo? En el caso de Trump, algunos hablan de una estrategia Kissinger invertida: mejorar relaciones con Rusia, incluso al costo de darle concesiones en Ucrania, para empujar a Moscú a ver a China como su principal competidor estratégico, dado que comparten más de 4.000 kilómetros de frontera. El objetivo sería evitar que Estados Unidos tenga que enfrentar simultáneamente conflictos en Ucrania, Taiwán y otros escenarios. Hay, entonces, más continuidades que rupturas. Estados Unidos suele relativizar el orden liberal cuando enfrenta a un gran competidor estratégico, para luego intentar rebalancear el sistema. A futuro, entramos en un mundo claramente bipolar. China está aún lejos de igualar a EE.UU. en términos militares: Washington mantiene comandos regionales en todo el mundo y una supremacía naval indiscutida. En lo económico, en cambio, China tiene un tamaño comparable y avanza en tecnologías de frontera, aunque todavía depende de innovaciones estadounidenses clave, especialmente en aplicaciones militares y de inteligencia. Hay un concepto clásico de las relaciones internacionales que vuele a ser citado o discutido, el de las "esferas de influencia". ¿Es útil esta idea, sirve para interpretar el presente? No demasiado. La idea de esferas de influencia no se sostiene si se observa la actual correlación de fuerzas. Estados Unidos es la única potencia con una hegemonía clara en su vecindario. Desde fines del siglo XIX no existe en América Latina una potencia capaz de desafiar militarmente a EE.UU., que ha mantenido a actores externos fuera de la región incluso mediante el uso de la fuerza. Rusia y China, en cambio, tienen rivales muy fuertes en sus propias regiones: la Unión Europea frente a Rusia; Japón, Corea del Sur, Taiwán e India frente a China. El fracaso ruso para imponerse militarmente en Ucrania, un país que Moscú consideraba parte de su área de influencia, muestra los límites de esa noción. Por eso no hay ningún incentivo real para que Estados Unidos acepte una división del mundo del tipo Américas para EE.UU., Europa del Este para Rusia y Asia para China. Si EE.UU. acepta concesiones territoriales en Ucrania, no es para entregar Europa a Rusia, sino para reducir tensiones y evitar empujar a Rusia a una alianza estratégica plena con China. Tampoco es creíble que Estados Unidos entregue Taiwán. Mantiene una presencia militar abrumadora en la región, con bases y portaviones que limitan severamente la proyección naval china. Incluso sin una guerra directa, EE.UU. y sus aliados podrían bloquear rutas estratégicas como el estrecho de Malaca, cortando suministros vitales para China. Por todo esto, pensar el presente como un reparto del mundo en esferas de influencia ignora la magnitud del poder militar estadounidense hoy. ¿Y la Unión Europea? Trump ha dicho que se creó para enfrentar a EE.UU. y líderes como Meloni han sido muy críticos. ¿Cómo se posiciona Europa en este escenario? El núcleo del conflicto es el reparto de los costos de la defensa europea dentro de la OTAN. Trump sostiene que la seguridad de Europa debe ser responsabilidad de los europeos, y exige que cumplan con el compromiso de destinar el 5% de su PBI a gastos militares. En ese sentido, la Unión Europea parece haber decidido asumir ese rol para evitar el deterioro del sistema de alianzas. Pese a la retórica, no creo que Trump quiera desintegrar la Unión Europea. Es una economía profundamente integrada a la estadounidense, incluso en áreas sensibles como la industria de defensa. Delegar responsabilidades, sin embargo, abre una incógnita: la expansión del poder militar europeo, en particular de Alemania. Qué significará dentro de veinte años una Alemania con mayor capacidad militar es una pregunta clave para el equilibrio interno europeo. Groenlandia aparece como otro foco de tensión... Sería muy extraño que EE.UU. invadiera territorio de un aliado. No hay antecedentes similares en la posguerra. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ocupó Groenlandia cuando Alemania avanzó sobre Escandinavia. Hoy el interés tiene que ver con el Ártico y funciona también como mensaje para Rusia: si se legitima la apropiación territorial por interés estratégico, EE.UU. también podría hacerlo. Eso cruzaría una línea roja, porque implicaría violar el principio de integridad territorial y legitimar lo que Rusia intenta en Ucrania. ¿Trump concentra demasiado poder? ¿Está por encima de los límites democráticos? Soy más optimista. El presidente tiene atribuciones muy amplias y Trump está dispuesto a forzar los límites del sistema más que otros, presionando a instituciones como el Banco Central o utilizando el Ministerio de Justicia con fines políticos. Pero el sistema constitucional estadounidense sigue funcionando como un marco de contención, aun bajo fuertes tensiones. Es cierto que Trump empuja y desafía límites institucionales, pero eso no significa que pueda hacer lo que quiera. Existen frenos burocráticos, legales y políticos muy claros. Para una operación como una hipotética invasión de Groenlandia, por ejemplo, necesitaría el alineamiento de las Fuerzas Armadas, que operan con doctrinas y planes propios, y además requeriría la aprobación del Congreso. Incorporar un territorio no es una decisión personal del presidente. Lo que vemos hoy no es completamente nuevo. La intervención en Venezuela, por ejemplo, no es sustancialmente distinta de Libia, Irak, Panamá con Noriega o la intervención en República Dominicana en 1965. Estados Unidos tiene una larga historia de cambios de régimen desde afuera. En cambio, una violación directa de la integridad territorial de un aliado sería algo cualitativamente distinto y activaría muchas barreras institucionales. Por eso creo que hay una sobrepersonalización del análisis: se pone todo el foco en Trump como individuo y se pierden de vista los límites reales que imponen las instituciones, las burocracias y otros centros de poder. Este es un año electoral en Estados Unidos, en América Latina y en Europa. ¿Cómo pueden influir estos conflictos en la voluntad de los votantes? Hay varios escenarios. Si se produjera una caída de los regímenes de Irán o Cuba, eso sería una victoria política importante para Trump de cara a las elecciones de medio término. Pero también pesan los factores internos: inflación, empleo y estabilidad económica. Vivimos en un mundo muy inestable y eso impacta directamente en la economía estadounidense. Existe, sin embargo, otro escenario posible: que las acciones externas que violan el derecho internacional, sumadas a tensiones internas como los ataques a figuras institucionales generen una reacción adversa entre votantes e incluso dentro del propio Partido Republicano. Ya vimos republicanos oponiéndose a algunos avances de Trump. En un contexto de deterioro económico o fracasos en política exterior, no es descartable una derrota en las legislativas, una ruptura interna del partido e incluso un proceso de impeachment. El paralelismo con Nixon es evidente: ganó la reelección, pero el escándalo de Watergate terminó por erosionar su poder. BIO Luis Schenoni es profesor asociado y director del Programa de Estudios de Seguridad del Departamento de Ciencias Políticas de la University College London. Su libro Bringing War Back In: Victory, Defeat, and the State in Nineteenth-Century Latin America (Cambridge University Press, 2024) muestra cómo la guerra forjó el Estado en la América Latina histórica y reescribe la teoría belicista al incorporar los efectos de los resultados de la guerra hasta bien entrado el período de posguerra. Sus investigaciones se han publicado en la American Journal of Political Science, la British Journal of Political Science, la International Security, la International Studies Quarterly y la Security Studies, entre otras revistas. Antes de incorporarse a la UCL, obtuvo su doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de Notre Dame y fue investigador posdoctoral en la Universidad de Constanza. Sobre la firma Newsletter Clarín

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