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Fecha: 14/02/2026 06:02
Una señal sonora que ordena a la multitud y puede reducir la angustia del niño. Guardavidas y psicólogos infantiles explican por qué esta estrategia funciona mejor que el grito desesperado en playas y lugares de alta concentración. La costa atlántica hospeda cada verano a miles de familias, ruidos, movimientos y distracciones típicas de temporada. Sombrillas amontonadas, chicos corriendo, vendedores ambulantes, música y el mar de fondo. En ese contexto tan masivo y dinámico que todos tenemos en mente, perder de vista a un niño puede pasar en cuestión de segundos. Leé también: Por qué es importante distinguir el estrés infantil crónico de los trastornos del neurodesarrollo Sin embargo, cuando eso ocurre, hay una reacción que se repite casi de manera automática en las playas argentinas y también en buena parte del litoral brasileño: el aplauso colectivo. Una señal sonora que ordena a la multitud, reemplaza el grito desesperado y, según advierten guardavidas y psicólogos, puede ser clave para agilizar el reencuentro y reducir la angustia. Tan arraigado está el gesto que incluso sorprendió en otros países: durante el Mundial de Qatar, cuando un niño se perdió en una playa catarí con hinchas argentinos, el aplauso comenzó espontáneamente y llamó la atención de extranjeros que no comprendían qué estaba pasando. Cuando un niño se pierde, no hay necesidad de explicaciones. Alguien lo alza en brazos o lo acompaña hasta un lugar visible y la playa entera entiende el mensaje. Padres y madres miran a su alrededor, buscan con desesperación a los suyos y, apenas confirman que están ahí, se suman al aplauso colectivo. Minutos después, el adulto que lo busca aparece corriendo y el reencuentro llega, casi siempre, entre aplausos finales. Lejos de ser una costumbre improvisada, se trata de una estrategia eficaz, ordenada y emocionalmente más saludable que el grito desesperado. El error más común: el pánico inicial El error más frecuente es desesperarse y pensar automáticamente en el peor escenario, explica Leonel Salvatierra, guardavidas y profesor de Educación Física. Es totalmente entendible la angustia, pero salir corriendo y gritando muchas veces no ayuda, suma. Según detalla, lo primero que debería hacerse es avisar al puesto de guardavidas más cercano. Para eso estamos. Cuando sabemos que hay un niño perdido, el operativo se ordena mucho más rápido, señala. En playas ruidosas, con viento y oleaje, los gritos suelen perderse. Gritar un nombre muchas veces se mezcla con todo el ruido ambiente, sobre todo cerca del mar, sostiene Salvatierra. Para el guardavidas, el aplauso funciona porque es un código compartido. La gente lo comprende al instante y empieza a replicarlo. Es sincronizado, se escucha mejor y ordena a quienes están alrededor, dice. Leé también: Una investigación determinó que ayudar en casa desde chicos puede marcar la adultez A diferencia del caos que generan muchos adultos gritando a la vez, el aplauso unifica la atención y pone a todos en estado de alerta. Se vuelve más eficiente. El mensaje es claro: hay un niño perdido y necesitamos encontrar a su familia, resume. Además, transmite algo más profundo: Habla de empatía y cuidado comunitario. Personas que no se conocen se ponen a disposición para ayudar. Qué le pasa a un niño cuando se pierde No obstante, desde lo emocional, el impacto en un niño puede ser muy intenso. La psicóloga Melina Denise Luna, (MP 63.708), especialista en Terapia Cognitiva Conductual, explica que perderse en un lugar concurrido activa una fuerte respuesta de estrés. Se activa el sistema de alarma del cerebro. La amígdala procesa la amenaza y se liberan grandes cantidades de cortisol y adrenalina, describe. Esta reacción fisiológica provoca síntomas físicos como taquicardia, respiración acelerada y tensión muscular. En ese estado de hiperactivación, la capacidad de pensar con claridad disminuye. La corteza prefrontal, que regula las emociones y la toma de decisiones, se ve afectada. Por eso muchos chicos no recuerdan datos básicos como su nombre, el de sus padres o puntos de referencia, señala. Y, sumado a ese panorama, a nivel emocional aparecen el miedo intenso, la ansiedad y pensamientos catastróficos. El niño puede sentir que nunca más va a reencontrarse con su familia, advierte. Es por eso que el grito desesperado de los adultos puede tener el efecto contrario al deseado, ya que aumenta todavía más la percepción de peligro y la sobrecarga sensorial. Leé también: Expertos aseguran que la educación sexual no debería empezar en la adolescencia, sino mucho antes El niño ya está desregulado emocionalmente. Sumado a los gritos, el sistema se satura y se vuelve más difícil que pueda calmarse, indica. El aplauso, en cambio, funciona como un estímulo sonoro más ordenado. Al ser unificado, puede ayudar a reducir la desorganización del entorno y generar una sensación mayor de seguridad, señala. Calma adulta, regulación infantil Los niños son especialmente sensibles al clima emocional que los rodea. Si los adultos mantienen la calma, el niño percibe contención y seguridad, explica la psicóloga. La forma de acompañar varía según la edad: - Menores de cinco años: necesitan contención física y palabras en tono sereno. - Entre cinco y ocho: además del sostén, puede ayudarlos participar de la búsqueda con preguntas claras. - Mayores de ocho: suelen tener más herramientas para racionalizar y colaborar, siempre desde un clima de tranquilidad. Prevenir sin generar miedo Tanto el guardavidas como la psicóloga coinciden en que la prevención empieza antes. Salvatierra recomienda que los niños estén acompañados o supervisados en todo momento y que se les marquen puntos de referencia visibles: puestos, banderas, paradores. La tranquilidad también se enseña, agrega la psicóloga. Conversar previamente, sin alarmismo, sobre qué hacer si se pierden, acordar puntos de encuentro y enseñarles a pedir ayuda a guardavidas u otros adultos confiables puede marcar la diferencia. Leé también: Vacaciones escolares: cómo descansar sin que los chicos se desconecten por completo del aprendizaje En una playa llena de ruido, movimiento y distracciones, algo tan ameno como un aplauso funciona como una pausa colectiva. Un gesto simple, compartido, que ordena el caos, baja la desesperación y, casi siempre, acerca el final más buscado: el reencuentro.
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