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  • El acceso a la vivienda dejó de ser una etapa previsible de la vida y pasó a depender casi exclusivamente del origen social

    Parana » AIM Digital

    Fecha: 13/02/2026 14:57

    El déficit habitacional en Argentina suele asociarse a villas, asentamientos o sectores históricamente excluidos. Sin embargo, en los últimos años el problema se expandió y golpea con fuerza a los jóvenes de clase media y trabajadora formal. Alquileres que consumen más de la mitad del ingreso, contratos exigentes, falta de crédito hipotecario y salarios que corren detrás de la inflación configuran un escenario que posterga la emancipación y reconfigura los proyectos de vida. Para analizar este fenómeno, AIM dialogó con el sociólogo Federico Firpo, graduado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), quien viene estudiando los cambios en las trayectorias juveniles y el impacto de la precarización laboral en el acceso a la vivienda. ¿Estamos frente a un agravamiento del déficit habitacional juvenil o a una transformación estructural más profunda? Es algo más profundo. El déficit habitacional siempre existió, pero lo novedoso es su expansión hacia sectores que históricamente lograban resolver el acceso mediante el mercado. Hoy no se trata solo de los sectores más vulnerables. Jóvenes con estudios universitarios, empleo formal e ingresos estables tampoco pueden alquilar con facilidad ni mucho menos acceder a la vivienda propia. Eso marca una ruptura estructural. ¿Qué factores explican esa ruptura? Hay tres grandes dimensiones. Primero, la macroeconómica: alta inflación, salarios deteriorados y crédito inexistente o inaccesible. Segundo, la financiera: la vivienda se consolidó como activo de inversión y resguardo de valor, lo que dolariza el mercado y lo desconecta de los ingresos en pesos. Y tercero, la laboral: predominan contratos temporarios, monotributo e informalidad parcial. El sistema inmobiliario exige garantías, recibos de sueldo sólidos y estabilidad que muchos jóvenes no tienen. En términos sociales, ¿qué implica no poder acceder a una vivienda? Implica postergar la autonomía. En Argentina la salida del hogar familiar era un hito claro de transición a la adultez. Hoy ese momento se retrasa cada vez más. Hay jóvenes de 30 o incluso 35 años que continúan viviendo con sus padres no por elección cultural, sino por imposibilidad económica. Eso modifica las dinámicas familiares, la planificación afectiva y la decisión de tener hijos. ¿Cómo impacta en la percepción de movilidad social? De manera directa. Durante décadas existió la idea de que estudiar y trabajar garantizaba cierto progreso. La vivienda era parte central de esa promesa. Cuando esa expectativa desaparece, lo que se erosiona es la confianza en el futuro. Muchos jóvenes sienten que, aun cumpliendo con las reglas formación, empleo, esfuerzo, no alcanzan estándares básicos de autonomía. Eso genera frustración y un sentimiento de estancamiento. Algunos sostienen que las nuevas generaciones no priorizan la propiedad. ¿Es así? Es un argumento frecuente, pero en gran medida es una racionalización posterior. Cuando algo se vuelve inaccesible, se redefine culturalmente como innecesario. No es que los jóvenes no quieran vivienda propia; es que la perciben como inalcanzable. Entonces adaptan sus expectativas. El problema es que esa adaptación suele implicar precariedad prolongada. ¿Qué rol cumple el mercado en este escenario? El mercado inmobiliario en Argentina opera bajo lógica dolarizada. Eso significa que los precios responden más a la dinámica del dólar y a expectativas de inversión que a la evolución de los salarios. En ese contexto, el joven trabajador compite con inversores que compran para resguardar capital. Sin políticas que regulen o compensen esa asimetría, el acceso se restringe. ¿Y el Estado? Históricamente el acceso a la vivienda combinó políticas públicas con mercado privado: créditos a largo plazo, programas de construcción y regulación del suelo urbano. Cuando el Estado reduce su intervención sin que el mercado garantice inclusión, el resultado es mayor exclusión. No se trata solo de construir viviendas sociales, sino de diseñar instrumentos financieros que permitan a sectores medios acceder al crédito en condiciones reales. ¿Existen alternativas viables? Hay experiencias de cooperativas de vivienda, modelos de alquiler con opción a compra y desarrollos urbanísticos mixtos. Pero requieren estabilidad macroeconómica y planificación sostenida. Sin horizonte de previsibilidad, ningún sistema de crédito puede funcionar a largo plazo. La vivienda no es un bien de consumo inmediato; necesita financiamiento extendido en el tiempo. ¿Se puede hablar de una fractura generacional? Sí. Las generaciones anteriores accedieron a vivienda propia en contextos muy distintos, incluso con crisis. Hoy esa posibilidad se restringe. Eso genera una brecha entre quienes heredaron propiedad o recibieron ayuda familiar y quienes no cuentan con ese respaldo. El origen social vuelve a ser determinante. La vivienda deja de depender del esfuerzo individual y pasa a depender del capital previo. Para Firpo, el déficit habitacional juvenil no es un fenómeno aislado ni coyuntural. Cuando una sociedad no puede ofrecer a sus jóvenes condiciones mínimas para proyectar un hogar propio, lo que está en crisis es su estructura de integración. No se trata solo de ladrillos, sino de expectativas y de cohesión social, concluyó.

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