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Paraná » Confirmado.ar
Fecha: 13/02/2026 10:44
El operativo del SAME Jujuy debió multiplicarse para atender decenas de emergencias durante los festejos. Intoxicaciones, traumatismos y cuadros graves expusieron otra vez el costo sanitario de celebraciones masivas atravesadas por el consumo desmedido de alcohol. Por AF para Confirmado Lo que para miles fue una jornada de música, baile y celebración, para el sistema de salud se transformó en una noche de saturación extrema. Los festejos del Jueves de Comadres dejaron un saldo alarmante de intervenciones médicas que pusieron al límite la capacidad operativa en distintos puntos de Jujuy. Las guardias trabajaron sin respiro. Ambulancias en circulación permanente, equipos médicos sobreexigidos y centros de atención colmados marcaron el ritmo de una jornada que volvió a mostrar el lado menos festivo de los eventos masivos sin planificación sanitaria acorde. En San Salvador de Jujuy, la concentración de emergencias fue especialmente intensa. Intoxicaciones alcohólicas severas, descompensaciones, accidentes viales y traumatismos por riñas o caídas se acumularon durante horas, obligando a reforzar traslados y priorizar casos críticos en un contexto de fuerte presión sobre el personal de salud. Pero el fenómeno no es nuevo. El festejo, históricamente ligado al encuentro, la celebración comunitaria y las tradiciones previas al carnaval, fue mutando con el paso del tiempo. Lo que alguna vez tuvo un fuerte componente cultural y social hoy aparece, en gran medida, desplazado por otra realidad: el eje dominante pasó a ser el consumo masivo de alcohol. La transformación es evidente. Reuniones que antes giraban en torno a la convivencia y la tradición derivaron en jornadas extensas de ingesta descontrolada, con consecuencias previsibles y cada vez más graves. La celebración ya no solo ocupa el espacio público: también ocupa camas de hospital, ambulancias y horas interminables de guardia médica. El resultado se repite año tras año. Profesionales exhaustos, recursos tensados al máximo y una estructura sanitaria obligada a funcionar en modo emergencia durante horas. Mientras la fiesta crece en intensidad y volumen, también crece el impacto sanitario que deja a su paso. El interrogante es inevitable: si la celebración cambió y sus consecuencias son cada vez más evidentes, ¿por qué la respuesta preventiva sigue siendo la misma o incluso menor frente a un fenómeno que ya dejó de ser cultural para convertirse, en gran parte, en un problema de salud pública?
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