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» Clarin
Fecha: 13/02/2026 07:32
A principios de los años 80, Björn Borg era el mejor tenista del mundo, en feroz competencia con los estadounidenses Jimmy Connors y John McEnroe. Al conquistar por quinta vez el Campeonato de Wimbledon, precisamente ante el ascendente Supermac, en la que aún hoy puede considerarse una de las finales más extraordinarias de todos los tiempos, el sueco ingresaba definitivamente en la categoría de leyenda. Casi medio siglo después, las hazañas de la trilogía dorada (Federer / Nadal / Djokovic) pueden superar, en términos numéricos, la cosecha de Borg. Pero quienes tuvimos el privilegio de disfrutar aquel tiempo su tiempo no albergamos dudas: fue un deportista excepcional, un histórico. Un hombre que, detrás de su aparente impasibilidad y frialdad, irradiaba un aura de invencibilidad en casi todas las canchas. Con esa misma frialdad sacudió al mundo del deporte en el verano del 81 cuando, con apenas 25 años, anunció su alejamiento de las competiciones. Lo presentó como una pausa, pero resultó definitivo. Luego participó en algunos eventos menores, simplemente para cumplir compromisos comerciales. En esa misma época, mientras disfrutábamos de su grandeza y sufríamos su dominio sobre nuestro ídolo Vilas, se publicó el primero de los libros dedicados a Borg: Mi vida y mi juego, editado por uno de los periodistas más experimentados del circuito, Eugene Scott. Allí se profundizaban aspectos que, debido a la fama y también a la reserva del sueco, ya eran conocidos: sus comienzos en Södertälje, su pasión por el tenis, sus métodos de preparación. También su estilo basado en una técnica depurada, el dominio de todas las superficies, su velocidad y potencia física y, sobre todo, su mentalidad tan gélida como arrolladora, capaz de intimidar a los rivales. Latidos, las memorias de Björn Borg publicadas recientemente por Alianza Editorial, ofrece una versión distinta y más íntima: el largo viaje de un chico de los suburbios de Estocolmo que se convirtió en celebridad, abandonó todo en plena juventud y descendió luego a sus propios infiernos. Y lo hace sin demagogia ni concesiones: habla de las drogas, la soledad, las rupturas sentimentales, el cáncer que padeció hace pocos años y sus desaciertos empresariales. La imagen que deja Latidos o la propia vida de Borg se asemeja a la de ciertas estrellas de la música, en las que el clamor de las multitudes, la adrenalina y los placeres de la fama se diluyen cada noche, cuando el héroe queda solo, inseguro y vulnerable. Yo fui un hijo único y un alma solitaria, exclama. El libro ofrece una radiografía completa: desde su campaña deportiva y sus métodos de entrenamiento hasta el análisis de su época en el tenis, sus gustos, manías y relaciones personales. Borg fue prácticamente un autodidacta, un niño prodigio en un país sin gran tradición en este deporte que se convertiría en potencia a partir de su legado y de la generación de Wilander y Edberg. De pequeño alternaba, según el clima, entre el tenis y el patinaje sobre hielo en espacios públicos de Suecia. Él mismo decidió golpear el revés a dos manos y ni siquiera los consejos de sus primeros entrenadores lograron disuadirlo. Lo dejaron continuar y terminó popularizando su propio método. Desde niño, entrenar, jugar y competir fueron el eje de su vida; en esa mentalidad pueden encontrarse similitudes con lo que, en otro ámbito y muy lejos de allí, desarrollaba Vilas en Mar del Plata. Además, poseía condiciones físicas extraordinarias, algo que demostraría en el profesionalismo. A veces corría decenas de kilómetros por semana, pero también incorporé pronto entrenamientos con intervalos rápidos y explosivos, que son justo lo que exige una pista de tenis. Fui pionero en entrenar todas las distancias, tanto velocidad como fondo, y tuve marcas desde los 100 metros hasta los 10.000 que estaban a buen nivel entre los atletas suecos, relata. No resulta difícil imaginar que hubiera podido destacarse también en el atletismo. Los dirigentes del tenis sueco comprendieron que tenían un diamante en bruto. Percy Rosberg, referente entre los entrenadores, lo guio en su primera etapa. Más tarde, otra figura legendaria, Lennart Bergelin (Labbe, mi segundo padre, lo define Borg), sería su coach inseparable durante toda la campaña. Hoy puede parecer habitual contar con un entrenador a tiempo completo, pero en aquella época era una innovación revolucionaria en el tenis, que luego imitaría Vilas junto a Tiriac. Borg recuerda cómo, en la adolescencia, junto a otras promesas suecas, recorría Europa en la camioneta conducida por Labbe, participando en torneos juveniles que pronto le quedaron pequeños. A los 15 años dio el primer gran golpe al vencer al neozelandés Onny Parun en la Copa Davis. En 1975 ya lideraba el equipo que conquistaría por primera vez para Suecia la Ensaladera de Plata. Roland Garros, el Abierto de Italia y otros torneos lo consagraban campeón, mientras comenzaba a insinuar su talento en el césped de Wimbledon. Llegó a competir con leyendas como Rod Laver, Stan Smith o Arthur Ashe, por quienes expresa profundo respeto. Pero junto a Vilas y Connors representó un cambio de época: el auge del superprofesionalismo, aunque con cifras aún ínfimas comparadas con las actuales. Las temporadas europeas de primavera y verano con Roland Garros y Wimbledon como ejes lo encontraban en plenitud. Ganó seis veces el Abierto de Francia, marca que solo Nadal superaría décadas después. Y Wimbledon fue su corona más preciada: cinco títulos consecutivos que, en su tiempo, parecían una hazaña imposible. Latidos narra cómo vivió aquellas conquistas: la concentración, el ingreso a la cancha, la tensión del público, el tie-break más memorable y la victoria sobre McEnroe, quien se tomaría revancha meses después en el US Open y al año siguiente en Wimbledon. Comenzó la ceremonia de entrega de premios. Entre el murmullo atronador, lo único que me moría por oír era: And the winner is. Caminé hacia el trofeo con la ligereza de quien da los pasos más felices de su vida. Fue como volver a correr de niño hacia el Badparken de Södertälje, ardiendo en deseos de jugar al tenis. Levanté la copa con esa misma sensación de ingravidez y, fiel a mi costumbre, la besé. Ese había terminado siendo mi gesto característico en Wimbledon. Después volví al vestuario; John estaba allí. Nos cruzamos la mirada, como antes del partido. Ni una palabra. El libro es exquisito en los relatos del tour. Evoca, por ejemplo, su primer viaje a la Argentina en 1973, con un final infortunado: en medio del silencio de la final ante Vilas lo desconcentraba un vendedor ambulante que repetía Helado, helado, y terminó lesionándose al intentar una devolución. Debió abandonar. También detalla las idas y vueltas de su relación con Guillermo: compañeros de entrenamiento al comienzo, vecinos en el mismo edificio de Montecarlo donde ambos fijaron residencia y luego distanciados, creo que por influencia de Tiriac. Años después, en el circuito de veteranos, Vilas recuperaría la amistad y el afecto de sus antiguos rivales. Fue incluso uno de los invitados al último casamiento de Borg con Patricia Ostfeldt, su actual esposa y editora del libro. Según contó en una entrevista en El País, fue ella quien lo animó a escribir estas memorias. La relación con McEnroe llegó al cine en 2017. En uno de los capítulos más interesantes, Borg relata el origen de su amistad, durante una final en Richmond, cuando McEnroe aún era el chico terrible de los escándalos. En un momento de desborde, Borg se acercó y le dijo: John, es solo un juego. Desde entonces fueron rivales feroces y, al mismo tiempo, amigos. Otro vínculo entrañable fue el que mantuvo con Vitas Gerulaitis. El libro describe con encanto al león lituano: las noches en discotecas como Studio 54 o Régines en París, los resorts exclusivos, las giras por lugares insólitos y, a la vez, la seriedad con que preparaban los torneos. Entre los aspectos más curiosos aparece su inclinación por las cábalas, la astrología y los médiums. Borg admite haber consultado a una mentalista que le anticipó que nunca ganaría el US Open. Esa fue la gran cuenta pendiente de su carrera, marcada por reiteradas frustraciones en Forest Hills y luego en Flushing Meadows. ¿Cómo puede uno dejar el tenis sin haber cumplido aún los 26 años? Esa era la pregunta que todos se hacían () Me fui encerrando cada vez más en mí mismo hasta que llegó un momento en que no quería ni salir de casa. El sentimiento de soledad crecía, a pesar de tener cerca a mi familia y a Mariana. Ella sabía que no estaba bien, pero pocos más lo advertían. El malestar me acompañaba siempre. Y anunció su retiro definitivo: Cuando se acaba, se acaba. En menos de una década ganó 66 torneos y fue número uno del mundo durante 109 semanas, cifras que aún lo sitúan entre los grandes de la era Abierta. Aquella decisión fue un corte abrupto del que asegura no arrepentirse, aunque admite que quizá habría podido tomarse un descanso y recuperar la motivación. No ocurrió. Sin planes claros para el futuro, atravesó una etapa difícil, especialmente por su caída en las drogas a comienzos de los años 90, sobre todo en Milán. Tomó conciencia del abismo tras una sobredosis que lo llevó a un hospital en Holanda. En aquellos tiempos caóticos, Vitas fue el único del mundo del tenis con quien mantuve contacto. Nadie más dio señales, ni yo tampoco. Me aislé por completo de mi antigua actividad. Cada uno seguía con su vida planificada y nadie se habría sumado a mi rutina frenética de fiesta en fiesta. También varios emprendimientos económicos fracasaron y dilapidaron parte de la fortuna acumulada. Recuerda a Helena Anliot como su primer amor. Mariana Simonescu, destacada jugadora rumana, fue su primera esposa y compañera inseparable en los años de gloria. Luego llegaron Janike Björling madre de su hijo Robin, la cantante italiana Loredana Berté y la estadounidense Kari Raymond, hasta encontrar estabilidad junto a Patricia. La incorporación a un circuito de leyendas organizado por Connors le permitió reencontrarse con la competencia y con sus antiguos rivales. Recuperó rutinas, afectos y reconocimiento, además de acompañar más de cerca a su segundo hijo, Leo, quien intentó seguir sus pasos en el tenis profesional. Latidos también relata episodios riesgosos en el mar, en la ruta o a bordo del Concorde, su amor por sus padres, modestos comerciantes suecos, y las relaciones que la fama le permitió entablar: desde familias reales hasta figuras como Mandela, Muhammad Ali, Andy Warhol, Ingrid Bergman, Elvis Presley, los Rolling Stones o Peter Frampton, con anécdotas sobre cada uno. Hoy pasa gran parte del tiempo en Ibiza. Como Robinson Crusoe, contemplo el mar desde mi pequeña isla, habiendo al fin hallado la paz que la luz y el calor brindan al cuerpo. Algunas partes de mí están algo desgastadas, sí. Pero si hay algo en lo que todos los tenistas coincidimos es en esto: ha merecido la pena. Todas esas horas dentro y fuera de la pista. Las victorias y las derrotas. El sudor y las lágrimas. Lo bueno y lo malo. Estoy profundamente agradecido. Más agradecidos aún podemos estar quienes disfrutamos de aquel tiempo de excelencia deportiva, de un auténtico campeón que, casi medio siglo después y próximo a cumplir 70 años el 6 de junio, desnuda su alma y enfrenta sus demonios. Sobre la firma Newsletter Clarín
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