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Concordia » El Heraldo
Fecha: 12/02/2026 10:32
Calles a alta temperatura y veredas congeladas El termómetro trepa, el asfalto quema y el aire vibra en las siestas interminables del verano. Pero mientras la ciudad transpira bajo el sol, las veredas muestran otra escena: locales con puertas abiertas y poca gente adentro, dueños detrás del mostrador mirando el celular, haciendo cuentas mentales, esperando un movimiento que no llega. La postal es inquietante. Afuera, 40 grados. Adentro, frío comercial. La televisión repite que la inflación desacelera, que los índices se ordenan, que los números cierran mejor que antes. Sin embargo, en la economía doméstica la sensación es distinta. El consumidor común ese que alguna vez integró con orgullo la amplia y sólida clase media argentina, admirada en la región siente que cada compra exige un cálculo más fino. La cuenta del supermercado, la cuota del colegio, el combustible, los servicios. Todo parece administrado al límite. No es solo una cuestión de precios. Es la percepción de que el dinero circula menos. Los comerciantes lo dicen en voz baja: La gente entra, pregunta, mira y se va. No importa el rubro. Indumentaria, electrodomésticos, gastronomía, materiales de construcción. Sin movimiento real de efectivo, no hay ventas que sostengan estructura, empleados, impuestos, alquileres. Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿nos acostumbramos durante años a vivir con inflación como si fuera el motor invisible del consumo? Cuando los precios subían mes a mes, muchos corrían a comprar antes del próximo aumento. El dinero quemaba en el bolsillo y se transformaba rápido en bienes. Ese vértigo, aunque dañino en el largo plazo, generaba una ilusión de movimiento permanente. Hoy, con una inflación que en teoría se modera, el consumo no despega con la misma fuerza. Tal vez porque los ingresos quedaron rezagados. Tal vez porque el miedo a no llegar a fin de mes pesa más que la tentación de gastar. Tal vez porque la clase media columna vertebral histórica del país siente que perdió poder y seguridad. En las calles calurosas de este verano se percibe algo más que altas temperaturas. Hay incertidumbre. Hay prudencia extrema. Hay comerciantes que esperan y consumidores que postergan. La economía no es solo un índice en la pantalla. Es la mesa familiar, el mostrador del barrio, la fábrica que produce, el servicio que se presta. Si no hay circulación, todo se enfría. Calles a alta temperatura y veredas congeladas. Una imagen que resume un momento. Un desafío que exige algo más que estadísticas: recuperar confianza, ingreso real y movimiento genuino. Porque sin eso, ningún termómetro económico logra reflejar lo que verdaderamente se vive.
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